Capítulo XXVI - Lo que el bosque vio #2
Y la respuesta fue una de las frases más importantes que había escuchado desde mi llegada a Safel.
— Esta guerra no se ganará con espadas.
Silencio.
La reina me miró apenas un instante antes de continuar:
— Pero aun así… forjadla.
Aquello me produjo un escalofrío. Porque entendí exactamente lo que quería decir. La espada no sería la solución. Yo debía serlo. Y eso era muchísimo más aterrador que cualquier arma. El herrero élfico inclinó lentamente la cabeza y retrocedió entre los árboles.
Entonces Tiqueril alzó ligeramente la vista hacia las copas inmensas de Safel. Y por primera vez desde que comenzó a hablar… sonrió. Muy poco. Pero suficiente para transformar completamente su rostro.
— Que empiece la Fiesta del Principio del Verano.
El viento atravesó el claro. Miles de hojas se agitaron a la vez. Y entonces la reina terminó diciendo:
— Cantad para que florezcan las flores.
Otra pausa.
— Cantad para que las crías sobrevivan.
Y entonces el bosque respondió. No los elfos.
El bosque. Primero fueron los árboles. Un murmullo profundo recorrió Safel entero, como una respiración gigantesca naciendo bajo tierra.
Después llegó el viento. Luego las voces.
Cientos de voces élficas comenzaron a cantar al mismo tiempo bajo el cielo del anochecer.
De la nada comenzaron a aparecer alimentos por todo el claro. O, al menos, eso fue lo que me pareció al principio.
Frutos de colores imposibles colgaban ahora de bandejas vivas formadas por raíces entrelazadas.
Algunas ramas descendían lentamente ofreciendo pequeñas bayas azuladas que brillaban tenuemente bajo la luz del anochecer.
Flores abiertas servían como recipientes naturales para líquidos dorados, verdes o violáceos.
Y el aroma…El aire entero de Safel cambió. Olía a fruta madura, miel salvaje, hojas frescas, flores nocturnas y algo más difícil de identificar. Algo dulce y antiguo que parecía mezclarse con la propia energía del bosque.
Parpadeé varias veces, completamente sorprendida. Porque nadie había traído nada. No había cocineros entrando. Ni mesas apareciendo. Ni sirvientes transportando comida. Simplemente… el bosque estaba ofreciendo un banquete.
Debí quedarme demasiado tiempo mirando alrededor, porque Faelidrin se acercó ligeramente a mí antes de hablar en voz baja.
— Hemos cantado a los árboles y a los arbustos para que compartieran parte de sus frutos esta noche.
Miré nuevamente las ramas inclinándose suavemente hacia los elfos.
Y entonces comprendí algo más. No habían arrancado los frutos.
Los árboles los estaban entregando. Aquello hizo que el pecho me vibrara suavemente.
Seguía habiendo momentos en Safel capaces de hacerme sentir como una niña descubriendo magia por primera vez.
Faelidrin tomó uno de los pequeños frutos azulados de una rama cercana con muchísimo cuidado. Casi con reverencia.
— Debes agradecer al bosque todo lo que comas hoy antes de dormir.
Asentí inmediatamente.
— Lo haré.
Y me sorprendió darme cuenta de que lo decía completamente en serio.
Semanas atrás aquello me habría parecido extraño.
Incluso exagerado. Ahora no. Ahora sabía que aquellos árboles podían sentir.
Que el río podía escuchar. Que las piedras podían responder.
Dar las gracias ya no parecía una costumbre élfica extravagante.
Parecía educación básica. Porque sería absurdo recibir algo de alguien vivo… y no agradecerlo.
Observé alrededor otra vez. Los elfos se movían por el claro con una calma elegante imposible de describir del todo.
No había empujones. Ni ruido excesivo. Ni ansiedad por la comida.
Incluso en una celebración seguían pareciendo parte del bosque.
Algunos reían suavemente mientras compartían frutos.
Otros cantaban todavía en pequeños grupos dispersos entre las raíces gigantes.
Varias luces doradas flotaban lentamente entre las ramas superiores, iluminando el claro como estrellas atrapadas entre hojas.
Todo parecía irreal. Hermoso de una forma tranquila. Y entonces Faelidrin añadió algo más:
— También debes tener cuidado con la bebida.
La miré inmediatamente.
— ¿Cuidado?
Ella asintió con total serenidad.
— Sí.
Esperé una explicación. No llegó. Fruncí ligeramente el ceño.
— Eso no aclara absolutamente nada.
Por un instante pareció que iba a responderme. Pero finalmente simplemente tomó una copa vegetal formada por pétalos endurecidos y me la tendió.
— Solo… ve despacio.
Aquello no ayudó en absoluto a mi tranquilidad.
Miré el contenido del recipiente con sospecha inmediata.
El líquido era dorado, pero cambiaba ligeramente de color cuando la luz lo atravesaba.
A ratos parecía ámbar líquido. A ratos miel derretida.
Y desprendía un aroma dulcísimo mezclado con algo fresco que me recordó vagamente a lluvia de verano.
— Faelidrin.
Ella arqueó apenas una ceja.
— ¿Sí?
— Eso tiene exactamente el aspecto de algo que terminaría siendo una muy mala idea.
Y, para mi absoluta desgracia, aquello provocó una de aquellas pequeñas sonrisas diminutas suyas. Breve. Casi secreta. Pero suficiente para alterar completamente mi capacidad de pensar con normalidad durante unos segundos.
— Probablemente lo sea — admitió tranquilamente.
La miré horrorizada.
— ¡¿Y aun así me la das?!
— Eres Gilraen.
Como si aquello explicara algo. Suspiré exageradamente.
— Empiezo a sospechar que esa frase os sirve para justificar cualquier cosa.
— A veces.
Había humor en su voz. Muy leve. Pero real. Y aquello seguía siendo peligrosísimo para mi estabilidad mental. Decidí distraerme centrándome en la comida. Al principio fui cautelosa. Muchísimo.
Una parte de mí seguía esperando que mi cuerpo vampírico rechazara cualquier alimento sólido.
Después de todo, los vampiros sobrevivían gracias a la sangre.
Y aun así… El olor era demasiado tentador.
Tomé primero un pequeño fruto rojizo parecido a una mora alargada.
La piel era suave y cálida bajo mis dedos.
Cuando le di un pequeño mordisco, el sabor explotó inmediatamente en mi boca.
Cerré los ojos de pura sorpresa. Era dulce.
Pero no de una forma empalagosa. Tenía pequeños matices ácidos mezclados con algo floral y fresco que jamás había probado antes.
Y entonces ocurrió algo todavía más inesperado.
No me sentó mal. Ni dolor. Ni rechazo. Ni aquella sensación incómoda que sentía algunas veces intentando comer comida humana tras convertirme en vampira.
Nada. Mi cuerpo aceptó el fruto perfectamente.
Más aún. Lo disfrutó. Abrí los ojos lentamente.
Y entendí. No era solamente vampira. Era Gilraen.
La idea seguía resultando extraña incluso dentro de mi propia cabeza. Pero allí, rodeada de árboles conscientes y comida nacida directamente de la magia élfica… empezaba a comprenderlo de verdad.
Sí, mi parte vampira necesitaba sangre. Pero también existían otras partes dentro de mí.
La sangre élfica. La magia antigua. Todo aquello convivía dentro de mi cuerpo de formas que todavía apenas entendía.
Y, aparentemente, mi parte élfica estaba encantada con la comida de Safel.
Aquello me hizo sonreír involuntariamente.
Seguí probando cosas. Frutos verdes con sabor a menta y miel.
Pequeñas semillas doradas que explotaban en la boca dejando calor agradable en la lengua.
Flores translúcidas rellenas de néctar dulce.
Incluso había una especie de crema azulada servida dentro de hojas enormes que sabía vagamente a leche, frutas y algo parecido al invierno.
Todo era diferente. Extraño. Hermoso. Y, sobre todo… vivo.
Nada sabía procesado o cocinado como en las ciudades humanas.
La comida élfica parecía conservar todavía la personalidad del bosque.
Algunos frutos transmitían energía juguetona.
Otros calma. Otros una especie de felicidad ligera imposible de explicar.
Y cuanto más consciente me volvía de las energías… más podía sentir esas diferencias.
— ¿Lo notas? — preguntó Faelidrin observándome.
Asentí lentamente mientras sostenía una pequeña baya plateada entre los dedos.
— Cada cosa tiene… emociones distintas.
La princesa élfica pareció satisfecha.
— Porque siguen conectadas al bosque incluso después de ser entregadas.
Miré nuevamente el fruto. Aquello era fascinante. Los humanos comían. Los elfos parecían conversar incluso mientras se alimentaban. Y entonces recordé la bebida. La observé otra vez con creciente sospecha. Seguía brillando dentro del recipiente vegetal.
Faelidrin, muy sabiamente, no dijo nada. Lo cual me hizo desconfiar todavía más. Finalmente suspiré.
— Si muero, pienso perseguirte como fantasma el resto de tu larguísima vida élfica.
— Lo tendré en cuenta.
La muy traidora seguía pareciendo divertida. Tomé un pequeño sorbo. Y el mundo explotó. No encontré otra forma de describirlo.
El sabor atravesó mi boca como fuego dulce y relámpagos al mismo tiempo. Primero apareció el dulzor intenso de la fruta madura. Luego calor. Después algo frío. Finalmente, una sensación chispeante que recorrió toda mi garganta hasta el pecho.
Abrí muchísimo los ojos. Porque aquello no solo tenía sabor. Tenía energía. Energía salvaje. Viva. Era como beber luz líquida mezclada con verano.
Y, durante un instante absurdísimo, entendí perfectamente por qué Faelidrin me había advertido. Porque daban ganas inmediatas de beber muchísimo más. El líquido dejaba una sensación eufórica y cálida recorriendo el cuerpo. Ligera. Alegre. Peligrosamente agradable.
— ¿Qué… es esto? —pregunté completamente aturdida.
Faelidrin observó tranquilamente mi reacción.
— Fermento de frutos solares.
Parpadeé.
— Eso no explica absolutamente nada.
— Los frutos se dejan absorber ciertas energías del verano antes de prepararlos.