La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXVI - Lo que el bosque vio
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Capítulo XXVI - Lo que el bosque vio

No hicieron falta palabras.

En cuanto recuperé mi forma humana, Faelidrin comenzó a caminar entre los árboles con aquella elegancia silenciosa que parecía imposible de imitar. No me miró. No me indicó que la siguiera. Ni siquiera pronunció mi nombre.

Pero sabía que debía hacerlo. Había algo en el ambiente que exigía silencio. Algo antiguo. Como si el propio bosque estuviera preparándose para algo importante.

Aun así, tuve que contenerme. Porque me moría de ganas de contarle lo de Jazz.

Mi mente seguía llena del vuelo, del cielo abierto, de las conversaciones absurdas con el pequeño jilguero y de la felicidad extraña que me había dejado aquella tarde. Una parte de mí quería caminar junto a Faelidrin y contarle absolutamente todo.

Que Jazz ahora tenía nombre. Que aparentemente Faelidrin daba miedo a los pájaros. Que el jilguero había notado cómo cambiaba mi corazón cuando pensaba en ella. Ese último pensamiento casi consiguió que tropezara. Lo aparté inmediatamente de mi cabeza. O al menos lo intenté.

Seguí a la princesa élfica entre los árboles mientras el cielo comenzaba lentamente a teñirse de tonos anaranjados y dorados. El bosque entero parecía distinto al del resto de días. Más despierto. Más atento.

Las hojas susurraban unas con otras bajo el viento del atardecer. A lo lejos escuchaba cantos élficos dispersos entre las ramas. Algunos suaves. Otros graves y profundos. Como si diferentes partes de Safel estuvieran afinándose lentamente antes de un gran acontecimiento.

Y entonces comprendí algo. Los elfos no preparaban las fiestas decorando espacios. Preparaban el bosque entero. Aquello me produjo un pequeño escalofrío. Continuamos avanzando.

El camino habría parecido un laberinto para cualquier humano.

Incluso para mí lo parecía a ratos. Raíces gigantes atravesaban el suelo.

Troncos inmensos ocultaban senderos enteros.

Algunas ramas descendían formando arcos naturales cubiertos de flores blancas.

Pero Faelidrin caminaba sin vacilar ni una sola vez.

Y poco a poco empecé a darme cuenta de algo todavía más extraño.

Safel se apartaba para ella. Las raíces se acomodaban ligeramente antes de que pisara.

Algunas ramas descendían formando caminos más cómodos.

Incluso las hojas parecían abrir pequeños claros para dejar pasar mejor la luz a su alrededor.

El bosque la reconocía. No como reina. No como dueña. Como parte de sí mismo. Y aquello hizo que volviera a preguntarme cuántos años habría pasado Faelidrin caminando entre aquellos árboles para llegar a formar un vínculo tan profundo.

Finalmente llegamos. Y me detuve inmediatamente. Porque aquello no se parecía a ninguna fiesta humana que hubiese visto jamás. Ni siquiera sabía si “fiesta” era la palabra adecuada.

El claro era inmenso. Muchísimo más grande que el lugar donde entrenaba con Faelidrin. Los árboles formaban un círculo gigantesco alrededor de una zona abierta cubierta de hierba plateada que brillaba suavemente bajo la luz del atardecer.

Y todos los elfos estaban allí. O al menos tantos que mi mente fue incapaz de contarlos.

La reina Tiqueril ya esperaba en el centro del claro junto a su compañero.

Ambos vestían túnicas ceremoniales mucho más elaboradas que las habituales.

Tejidas con tonos verdes oscuros, plateados y dorados que parecían cambiar ligeramente con la luz.

Pero lo más impresionante no eran las ropas.

Era la presencia. Tiqueril parecía todavía más antigua allí.

Más inmensa. Como si el propio Safel se concentrara alrededor de ella.

Muchos otros elfos permanecían dispersos entre los árboles y las raíces gigantes. Algunos estaban sobre ramas altísimas observando desde arriba. Otros parecían prácticamente fusionados con las sombras del bosque.

Y aun así seguían llegando más. Aparecían silenciosamente desde todas direcciones.

Caminando entre raíces. Descendiendo desde las ramas.

Emergiendo entre la vegetación con una elegancia casi irreal.

Hubo un momento en que comprendí algo fascinante.

No era que no pudiera contarlos. Era que los elfos estaban hechos para confundirse con el bosque.

Donde yo veía hojas, de repente descubría un rostro observándome tranquilamente.

Donde creía que solo había sombras, aparecía una figura élfica inmóvil.

Safel no era simplemente su hogar. Era una extensión de ellos mismos.

Y entonces noté algo más incómodo. Muchas miradas estaban clavadas en mí.

No hostiles. Pero sí intensas. Curiosas.

Expectantes. Gilraen. La palabra parecía moverse silenciosamente entre las miradas, aunque nadie la pronunciara.

Faelidrin avanzó hasta colocarse a un lado de Tiqueril.

Y entonces se detuvo. Mirándome. Comprendí inmediatamente que debía colocarme junto a ella.

Aquello me tensó al instante. Porque ese lugar…

no parecía corresponderme. Era el lugar reservado para figuras importantes.

Para líderes. Para miembros de la familia real élfica.

Y yo seguía sintiéndome una intrusa medio perdida que apenas unos días atrás se estaba desmayando intentando absorber energía de un río.

Me coloqué igualmente junto a Faelidrin.

Noté algunas miradas intensificarse inmediatamente.

Mi corazón empezó a latir un poco más rápido.

Todavía me faltaba muchísimo por aprender.

Muchísimo. Y, sin embargo, allí estaba. Al lado de una reina.

Al lado de una princesa. Representando algo que apenas comenzaba a entender.

El cielo siguió oscureciéndose lentamente sobre Safel. Nadie hablaba alto. Nadie corría. No había música todavía. Solo silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era… reverencia. Como si todos estuvieran esperando algo sagrado.

Y entonces Tiqueril avanzó un paso. No necesitó elevar la voz. Cuando habló, el bosque entero pareció escucharla. Lo hizo en élfico antiguo.

Mucho más profundo y complejo que el que Faelidrin utilizaba conmigo normalmente.

Algunas palabras escapaban completamente a mi comprensión.

Otras apenas lograba intuirlas. Pero entendí suficiente.

Y lo que entendí me estremeció. La reina habló primero de la primavera.

De cómo el bosque despedía una estación que había permitido nuevos nacimientos, nuevas raíces y nuevas canciones.

Habló de flores que solo existían durante unas pocas semanas y desaparecían hasta el año siguiente.

Habló de criaturas pequeñas que habían sobrevivido su primer invierno.

Habló de cómo incluso los árboles más antiguos seguían celebrando el regreso de la luz.

Y mientras hablaba… el bosque reaccionaba.

Literalmente. Las hojas vibraban suavemente.

El viento parecía acompasar sus movimientos con las palabras de Tiqueril.

Incluso las flores cercanas empezaron lentamente a abrirse un poco más.

Nunca había visto algo parecido. Los elfos no daban discursos. Conversaban con el mundo.

Después Tiqueril habló del verano. De la nueva estación. De la abundancia. De la vida creciendo con fuerza.

Pero entonces el tono cambió ligeramente.

Y comprendí que estaba entrando en algo mucho más importante.

La reina habló de cambio. Dijo que los elfos no amaban los cambios rápidos.

Que Safel era paciente. Antiguo. Lento. Que los elfos preferían siglos de estabilidad antes que unos pocos años de caos.

Pero también dijo algo más. Que el mundo estaba cambiando igualmente.

Con ellos o sin ellos. Y que ignorar ese cambio no impediría que llegara.

Noté tensión entre algunos elfos. Muy leve. Pero real.

Entonces Tiqueril pronunció mi nombre.

O más exactamente:

— Gilraen.

El claro entero quedó todavía más silencioso. Mi estómago se tensó. La reina me miró directamente. Y durante unos segundos sentí el peso completo de Safel sobre mí.

— Su destino ya ha comenzado.

Aquello lo entendí perfectamente.

— Y el destino de Iria se moverá junto al suyo.

El viento atravesó el claro lentamente. Tiqueril continuó hablando.

Habló de Duncan. No con odio. Aquello me sorprendió muchísimo.

Los humanos siempre hablaban de sus enemigos con rabia.

Los vampiros con desprecio. Los elfos no.

Tiqueril hablaba de Duncan como se habla de una tormenta o de un incendio forestal.

Como de algo terrible… pero real. Algo que debía detenerse. No odiarse.

Y entonces dijo algo que me hizo contener la respiración.

— Todo elfo que pueda ayudar a Gilraen… deberá hacerlo.

Aquello cambió el ambiente inmediatamente.

Porque aquello no era simbólico. Era una orden real.

Una declaración política. Safel acababa de posicionarse oficialmente a mi lado.

Y comprendí de golpe el peso de aquello.

No solo me estaban enseñando. Se estaban comprometiendo.

Arriesgándose. Por mí. Mi pecho se tensó suavemente.

Y justo entonces ocurrió algo inesperado.

Uno de los elfos dio un paso adelante desde entre los árboles.

Era alto incluso para un elfo, con cabello plateado extremadamente largo y dedos llenos de pequeñas cicatrices antiguas.

No llevaba armas. Pero sí colgaban de su cintura varias herramientas metálicas extrañas.

Su energía era distinta a la de los demás.

Más vibrante. Más cálida. Más parecida al fuego contenido dentro de una fragua.

Cuando habló, su voz sonó grave y tranquila.

— Puedo cantarle una espada.

Aquello recorrió el claro entero como una pequeña onda. Parpadeé confundida. ¿Cantar una espada? Miré rápidamente a Faelidrin. Ella parecía completamente tranquila, como si aquello tuviera sentido. Lo cual probablemente significaba que lo tenía.

El elfo continuó:

— Una hoja que resista la magia de Duncan.

Tiqueril lo observó largamente antes de responder.