La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXV - El cielo entre las ramas #4
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Capítulo XXV - El cielo entre las ramas #4

“¿Por qué vivir en piedra cuando hay árboles?”

Aquello me hizo reír tanto que perdí altura durante un segundo. También le hablé de Séfora. La emoción inmediata del jilguero fue puro terror.

“¡La criatura gigante azul!”

— No da tanto miedo.

El jilguero transmitió exactamente la sensación mental equivalente a “estás completamente loca”.

Y tuve que admitir que quizá entendía su punto de vista.

Luego, sin darme cuenta, terminé hablando de Faelidrin.

Y aquello fue distinto. Porque apenas pronuncié mentalmente su nombre, el jilguero reaccionó inmediatamente.

“¡La silenciosa!”

Parpadeé sorprendida.

— ¿La conoces?

“Camina como bosque.”

Aquella descripción me dejó completamente quieta unos segundos. Porque era perfecta. Faelidrin realmente caminaba como bosque. Como si perteneciera tanto a Safel que el propio suelo la reconociera. El jilguero siguió transmitiendo emociones rápidas mientras volaba junto a mí.

“Da miedo cuando está enfadada.”

Eso me sorprendió muchísimo.

— ¿Faelidrin? Nunca grita.

“Precisamente.”

Aquello me hizo pensar demasiado. Y quizá el jilguero tenía razón.

Faelidrin nunca necesitaba elevar la voz.

Su calma podía ser mucho más intimidante que la ira.

Durante un rato guardé silencio. Pero el jilguero no.

Porque los jilgueros parecían físicamente incapaces de callarse demasiado tiempo. Entonces apareció otra pregunta.

“¿Por qué tu corazón cambia cuando piensas en la silenciosa?”

Y casi dejé de volar. Batí las alas bruscamente intentando recuperar estabilidad mientras sentía un calor absurdo recorriéndome incluso en forma de murciélago.

— ¿Qué?

“Tu energía cambia.”

Maldije mentalmente. Claro. Los animales percibían esas cosas muchísimo mejor que los humanos. El jilguero siguió revoloteando inocentemente a mi alrededor. Completamente ajeno al caos que acababa de provocar dentro de mí.

“¿Es porque quieres volar con ella?”

Abrí la boca. La cerré. Y decidí cambiar de tema inmediatamente.

— Necesitas un nombre.

La emoción del jilguero cambió tan rápido que parecía imposible. Entusiasmo absoluto.

“¿Un nombre?”

— Sí.

“¿Qué es eso?”

La pregunta me hizo pestañear. Claro. Los animales no utilizaban nombres. Se reconocían de otras maneras. Por energía. Por canto. Por presencia. Intenté explicárselo lo mejor que pude.

— Es… una forma especial de llamar a alguien concreto.

El jilguero pareció pensar aquello durante varios segundos. Lo cual probablemente era un récord histórico para él.

“¿Y eso significa que me reconocerás, aunque no cante?”

Sonreí.

— Sí.

Aquello le encantó. Lo sentí inmediatamente. Alegría pura.

“¡Entonces quiero uno!”

Me quedé pensando mientras volábamos juntos entre corrientes de aire doradas por el sol. Y entonces lo supe. Jazz. Porque todo en él era improvisado. Caótico. Musical. Impredecible. Como una canción feliz incapaz de quedarse quieta.

— Te llamarás Jazz.

El jilguero giró varias veces sobre sí mismo en el aire.

“¡Jazz!”

Parecía fascinado con el sonido.

“¡Jazz Jazz Jazz!”

Y durante los siguientes minutos se dedicó a repetir mentalmente su nuevo nombre con entusiasmo absurdo.

Hasta que terminé riéndome otra vez. Sí.

Definitivamente le pegaba muchísimo. A partir de ese momento ya no fue solo un pájaro curioso.

Se convirtió en mi amigo alado. Y la idea me llenó el pecho de una felicidad inesperadamente cálida.

Porque aquella nueva vida me estaba arrebatando muchísimas cosas.

Pero también me estaba dando otras que jamás habría imaginado.

Un árbol que me cuidaba. Una dragona que me trataba como a una hija. Una princesa élfica capaz de desordenarme el corazón con una sola mirada. Y ahora…un jilguero llamado Jazz.

Seguimos volando juntos durante horas. Sin rumbo. Sin objetivos. Simplemente existiendo entre el viento y el cielo.

Hasta que finalmente mi percepción de murciélago detectó algo. El cambio de la luz. El descenso del sol. La cercanía del atardecer. Y recordé inmediatamente la advertencia de Faelidrin.

No podía llegar tarde. Especialmente no aquella noche.

— Tengo que irme — le transmití a Jazz.

La emoción inmediata del jilguero fue decepción dramática.

“¿Ya?”

— Volveremos a volar.

Eso lo animó enseguida.

“¡Entonces está bien!”

Los animales realmente tenían una forma muchísimo más sencilla de vivir. Y quizá eso era algo bueno.

Descendí hacia el claro unos minutos antes del atardecer. Y allí estaba ella. Esperándome.

Faelidrin permanecía de pie junto al riachuelo, inmóvil, con el cabello negro moviéndose suavemente bajo el viento del anochecer.

Y cuando me vio descender… algo en su expresión cambió apenas. Alivio. Muy pequeño. Pero real.

Aterricé suavemente sobre una raíz y recuperé mi forma humana. Todavía sentía el corazón lleno. Por el vuelo. Por el cielo. Por Jazz. Por aquella libertad que tanto había necesitado. Y mientras caminaba hacia la princesa élfica comprendí algo más.

Aquella nueva vida seguía siendo aterradora. Pero también estaba empezando a llenarse de vínculos inesperados.