Capítulo XXV - El cielo entre las ramas #3
Y el cielo azul finalmente se abrió sobre mí como una promesa.
Volé. Volé sin rumbo. Sin destino. Sin necesidad de pensar hacia dónde iba. Simplemente… volé.
Expandí las alas todo cuanto pude y dejé que el viento me sostuviera. El aire atravesaba el fino tejido de mis alas de murciélago y el bosque quedó debajo de mí como un océano verde interminable.
Y entonces comprendí algo. No echaba de menos volar únicamente por la libertad.
Echaba de menos volar porque, allí arriba, lejos del suelo…
todo parecía más sencillo. Más ligero. Más soportable.
No había hambre. No había presión. No había guerra.
Ni siquiera había dudas. Solo viento. Solo cielo. Solo movimiento.
El bosque de Safel era inmenso visto desde arriba. Mucho más de lo que había imaginado caminando entre sus árboles. Las copas se extendían como un mar vivo que respiraba lentamente bajo la luz del sol. El viento viajaba entre ellas creando ondas verdes que parecían moverse igual que el agua.
Y yo… yo estaba por encima de todo aquello. Libre. La palabra volvió a mi mente una y otra vez. Libre. Batí las alas con más fuerza y ascendí todavía más. El aire se volvió más frío. Más limpio. Más salvaje. Cerré los ojos durante un instante mientras planeaba.
Y entonces lo sentí. Otra presencia alada. Pequeña. Ligera. Rápida.
Abrí inmediatamente mi percepción de murciélago y localicé el origen del sonido. Un pájaro diminuto avanzaba entre las corrientes de aire con energía caótica y feliz.
Y reconocí enseguida aquel patrón. El jilguero. El mismo jilguero de los otros días.
El pequeño cantante desesperado que parecía empeñado en conquistar el corazón de cualquier ave que respirara cerca de él.
Si los murciélagos pudieran sonreír… habría sonreído.
El jilguero me vio casi al mismo tiempo. Giró bruscamente en el aire, sorprendido. Y entonces sentí algo parecido a una explosión de entusiasmo dentro de su pequeña mente.
No eran palabras humanas. Ni élficas. Las aves no pensaban así. Sus pensamientos eran emociones rápidas mezcladas con imágenes, sonidos y sensaciones.
Alegría. Curiosidad. Reconocimiento.
“¡La criatura grande rara que escucha!”
No pude evitar reír mentalmente.
Le saludé igual que las veces anteriores. Con suavidad. Intentando adaptar mi mente al extraño lenguaje emocional de las aves.
—Hola pequeño cantor.
El jilguero dio varias vueltas rápidas a mi alrededor.
“¡Vuelas! ¡La criatura rara también vuela!”
Aquello pareció impresionarle muchísimo. Y, absurdamente, me sentí orgullosa. Volamos juntos unos segundos. Él haciendo giros imposibles alrededor de mí mientras yo planeaba entre las corrientes de aire.
Entonces noté otra emoción dentro de él. Confusión.
“Pero no vuelas como antes.”
Parpadeé sorprendida. Aquello era interesante. El jilguero me reconocía incluso en formas distintas.
— Porque antes caminaba.
“Eso parecía incómodo.”
Solté una carcajada mental.
— A veces lo es.
El pequeño pájaro descendió un poco antes de volver a subir de golpe utilizando una corriente de aire ascendente.
Todo en él parecía rápido. Saltaba de pensamiento en pensamiento igual que saltaba entre ramas.
Sin orden. Sin lógica humana. Simplemente…
viviendo. Y por primera vez comprendí realmente algo importante.
Los animales no ocultaban nada. No sabían hacerlo.
No fingían. No mentían. El jilguero era exactamente lo que parecía.
Un pequeño ser lleno de canciones, hambre, impulsos y felicidad simple. Y eso lo hacía extrañamente puro.
Durante un rato volamos sin hablar demasiado. O mejor dicho, sin intercambiar demasiadas emociones complejas.
El jilguero estaba demasiado ocupado disfrutando del aire. Y yo también.
Atravesamos zonas del bosque donde los árboles crecían tan altos que parecían tocar el cielo.
Pasamos sobre pequeños claros ocultos entre las copas donde grupos de ciervos descansaban bajo la sombra.
Incluso vimos varios elfos desplazándose entre ramas lejanas.
Ninguno pareció sorprendido de verme volar.
Tal vez ya se estaban acostumbrando a que Gilraen fuera…
extraña. Aquella idea me hizo sonreír un poco.
Entonces el jilguero volvió a acercarse muchísimo a mí. Tanto que casi chocó contra mi ala.
“¿Por qué estabas triste antes?”
La pregunta me tomó completamente desprevenida. Reducí ligeramente la velocidad.
— ¿Triste?
“Sí. Cuando caminabas entre árboles.”
Me quedé callada unos segundos. Incluso un pequeño pájaro había sido capaz de notarlo. Eso decía bastante de mí. Y probablemente demasiado de Faelidrin, que llevaba días detectando mis emociones antes incluso de que yo las entendiera.
El jilguero siguió revoloteando cerca de mí. Esperando respuesta. Pensé en mentir. Pero resultaba absurdo mentirle a un pájaro.
— Porque me sentía atrapada.
La emoción de confusión que llegó desde él fue tan intensa que casi parecía física.
“¿Atrapada? Pero podías moverte.”
Sonreí débilmente. Claro. Para un ave aquello no tenía sentido.
— A veces alguien puede moverse y aun así sentirse encerrado.
El jilguero guardó silencio unos segundos. O lo más parecido al silencio que podía guardar un jilguero. Porque incluso callado seguía transmitiendo pequeñas emociones veloces constantemente. Finalmente llegó una sensación sencilla. Comprensión parcial. No total. Pero suficiente.
“Entonces necesitabas cielo.”
Aquello me golpeó suavemente el pecho. Porque sí. Exactamente eso. Necesitaba cielo.
— Sí.
El jilguero dio un pequeño giro feliz en el aire.
“Yo también.”
Y entonces comprendí que probablemente jamás habría nadie más sincero que un pájaro. Seguimos volando. Y, poco a poco, empecé a hablarle más. No sabía por qué. Tal vez porque no juzgaba. Tal vez porque escucharle resultaba descansado después de tantos días intentando entender emociones complejas.
Le hablé de Rea. Aunque el jilguero claramente no entendía qué era un reino. Le hablé de castillos. Eso lo confundió todavía más.