La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXV - El cielo entre las ramas #2
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Capítulo XXV - El cielo entre las ramas #2

En realidad, cuanto más tiempo pasaba con ella, más comprendía algo: para los elfos aprender no era una actividad separada de la vida.

Respirar, caminar, escuchar el bosque, hablar correctamente el idioma élfico, alimentarse…

todo formaba parte de lo mismo. Todo era aprendizaje.

Todo era equilibrio. Y sospechaba que aquello explicaba por qué Faelidrin parecía incapaz de hacer algo a medias.

— Primero desayunaremos — dijo en lengua élfica.

La palabra humana “desayunar” sonaba extraña en boca de los elfos. Porque incluso alimentarse lo hacían de una forma completamente distinta.

La seguí hasta una zona del claro donde sobresalía una enorme roca cubierta parcialmente de musgo verde oscuro.

Debía llevar allí siglos. Tal vez más. Faelidrin apoyó una mano sobre la piedra.

No habló inmediatamente. Primero cerró los ojos.

Y el bosque pareció guardar silencio alrededor de ella.

El viento disminuyó. Las hojas dejaron de agitarse durante un instante.

Incluso el riachuelo cercano pareció suavizar su canción.

Y entonces la princesa élfica habló en voz baja.

En élfico antiguo. No era exactamente el mismo tono que utilizaba conmigo cuando me enseñaba.

Aquello sonaba más profundo. Más íntimo.

Como una conversación entre viejos conocidos.

La roca respondió. No con palabras. Con vibración.

Con energía. Lenta. Antigua. Pesada. La sentí incluso antes de verla absorberla.

La energía fluyó desde la piedra hacia Faelidrin como pequeños hilos de luz apenas visibles. Muy distintos a la energía del riachuelo.

La del agua era juguetona. Saltarina. Casi infantil. Aquello era completamente diferente. La energía de la roca avanzaba despacio. Con paciencia inmensa. Como si el tiempo no significara nada para ella.

Y cuando Faelidrin abrió los ojos otra vez, pude notar que parte de aquella serenidad pétrea seguía adherida a su energía.

— Las rocas son más difíciles — me explicó en élfico—. Hablan despacio.

Me acerqué lentamente a la piedra. Apoyé la mano sobre ella. Fría. Muy fría. Pero debajo de aquella superficie inmóvil… había vida. O algo parecido a la vida. Una presencia tan lenta que un humano jamás podría percibirla.

Cerré los ojos. Intenté repetir lo que había hecho Faelidrin. Primero me presenté. No como Gilraen. No solo. También como Siria. Hija de Muga. Bruja. Vampira. Alguien intentando aprender. Y después pedí ayuda.

Silencio. Nada. Suspiré. Volví a intentarlo. Más despacio. Menos como alguien necesitado y más como alguien hablando realmente con la roca.

Entonces la sentí. Una vibración profunda recorrió la piedra bajo mi mano.

Y la energía empezó a llegar. Lentamente. Demasiado lentamente. Por un instante me desesperé.

El riachuelo había sido inmediato. Aquello parecía eterno.

Y entonces comprendí el error. Estaba intentando que la roca actuara como el agua.

Faelidrin abrió los ojos antes incluso de que hablara.

— La estás apresurando — dijo tranquilamente.

Fruncí el ceño.

— Pero casi no se mueve…

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

— Para ella sí.

Aquello me hizo soltar una pequeña risa agotada. Claro. Los elfos eran capaces de encontrar paciencia incluso en una piedra. Volví a concentrarme. Respiré despacio. Intenté acompasarme al ritmo de la roca. Lento. Muy lento. Y finalmente lo conseguí.

La energía pétrea empezó a entrar en mí con suavidad.

No era agradable como la del agua. Era firme.

Pesada. Estable. Como si alguien colocara lentamente cimientos dentro de mi cuerpo.

Y cuando terminé de absorberla comprendí algo curioso.

Incluso mi forma de pensar parecía más tranquila. Más estable. Parpadeé sorprendida.

— Cada energía deja algo de sí misma —explicó Faelidrin—. Por eso debes escoger cuidadosamente de quién te alimentas.

Aquella frase hizo que inmediatamente recordara la energía de ella dentro de mí. La tristeza. La delicadeza. La sensación de no pertenecer completamente. Mi corazón reaccionó demasiado rápido otra vez. Aparté la mirada inmediatamente.

Por suerte, Faelidrin no pareció notarlo. O quizá sí. Con ella nunca estaba segura.

Seguimos practicando durante horas. Y ella continuó hablándome exclusivamente en élfico.

Ya ni siquiera recurría al idioma común cuando me equivocaba.

Simplemente repetía la frase correctamente y esperaba a que la dijera otra vez.

Con paciencia infinita. A veces desesperante. A veces… extrañamente cálida.

Y, aunque seguía tropezando con algunas palabras antiguas, empezaba a pensar directamente en élfico durante ciertos momentos. Eso me asustaba un poco. Porque significaba que Safel estaba cambiándome de verdad. Pero también me hacía feliz. Lo cual era todavía más inquietante.

El problema era que aquella mañana mi mente estaba en otra parte. O mejor dicho…arriba. En el cielo. Cada vez que levantaba la vista entre las ramas y veía fragmentos de azul, algo dentro de mí se tensaba. Quería volar. Muchísimo. Y cuanto más intentaba ignorarlo, peor era.

Faelidrin me hablaba sobre distintas formas de energía.

Sobre cómo algunas criaturas compartían más fácilmente que otras.

Sobre por qué los árboles reaccionaban mejor a las emociones sinceras.

Pero yo apenas conseguía concentrarme. Porque seguía imaginando el viento bajo mis alas. La velocidad. La caída. La libertad.

Hubo un momento en que ni siquiera escuché una pregunta que me hizo.

— Siria.

Parpadeé. Faelidrin me estaba mirando directamente.

— ¿Qué acabo de decir?

Abrí la boca. La cerré otra vez. Ella suspiró apenas.

— El cielo.

No era una pregunta. Me quedé quieta unos segundos antes de asentir lentamente.

— Sí…

La princesa élfica observó las copas de los árboles sobre nosotras.

— Te sientes encerrada.

Aquello me sorprendió. Porque no había juicio en su voz. Solo comprensión.

— Un poco… —admití finalmente—. Echo de menos volar más de lo que esperaba.

Faelidrin guardó silencio unos segundos. El viento movió ligeramente su cabello negro.

— Los elfos olvidamos a veces lo importante que es el cielo para otras especies.

La miré sorprendida. Ella rara vez admitía errores.

— Safel protege — continuó—. Pero también puede parecer una jaula para quien necesita altura.

Aquella frase me golpeó suavemente el pecho. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Y, de alguna manera, el hecho de que ella también lo entendiera me alivió muchísimo. Faelidrin me observó unos segundos más.

Luego cerró el libro de hojas donde había estado mostrándome símbolos élficos antiguos.

— Por hoy basta.

Parpadeé sorprendida.

— ¿Qué?

— No vas a aprender nada más mientras tu mente siga allá arriba.

Señaló el cielo entre las ramas. Y, sinceramente…tenía razón. Eso empezaba a ser una costumbre incómoda. Suspiré con dramatismo exagerado.

— Empiezo a odiar muchísimo que siempre tengas razón.

Eso provocó algo mínimo. Una pequeña curva en la comisura de sus labios. Tan rápida que casi pensé que la había imaginado. Casi.

Faelidrin se levantó lentamente.

— Pero antes de irte…

Su tono cambió ligeramente. Más serio.

— Debes estar aquí al atardecer.

Asentí inmediatamente.

— Lo sé. La fiesta.

Ella sostuvo mi mirada.

— No puedes llegar tarde.

Fruncí el ceño levemente ante la intensidad de su voz.

— Llegaré.

— Siria.

La forma en que pronunció mi nombre hizo que le prestara atención completa inmediatamente.

— Eres Gilraen. Toda Safel te observará esta noche.

Noté un pequeño escalofrío. No precisamente agradable. Además, había dicho Safel… No Ednilrae. Safel. Eso significaba que no solo estarían presentes los elfos que ya conocía. Vendrían elfos de todo el territorio…

— Si llegas tarde… yo quedaré mal.

Aquello me sorprendió muchísimo más de lo esperado. Porque no había hablado como princesa. Había hablado como… alguien a quien realmente le importaba mi presencia allí. Y, absurdamente, aquello hizo que quisiera llegar horas antes si era necesario.

— Llegaré pronto — prometí—. Antes del atardecer.

Ella pareció relajarse apenas. Solo un poco.

Pero lo suficiente para que lo notara. Y entonces el deseo de volar regresó con tanta fuerza que prácticamente dolió.

No quería esperar más. No quería seguir bajo ramas.

Necesitaba cielo. Necesitaba aire. Necesitaba sentir otra vez quién era fuera del bosque de Safel.

Antes de que Faelidrin pudiera añadir nada más, sonreí apenas.

Luego corrí. Y salté. Durante un instante estuve suspendida en el aire.

Y después mi cuerpo cambió. La transformación llegó como un reflejo natural.

Huesos encogiéndose. Piel transformándose.

El mundo expandiéndose de golpe. Y entonces mis alas se abrieron.

El alivio fue tan intenso que casi dolió.

Batí las alas una sola vez. Y el suelo desapareció de debajo mío.

El aire me envolvió inmediatamente. Libre. Ligero. Perfecto.

Solté un chillido agudo involuntario mientras ascendía entre las ramas gigantes de Safel. Y durante unos segundos no pensé en guerras. Ni en Duncan. Ni en hambre. Ni siquiera en aprendizaje. Solo en volar. Solo en existir allí arriba.

El radar natural del murciélago empezó a dibujar el bosque a mi alrededor en ecos delicados.

Ramas. Hojas. Corrientes de aire. Y entonces percibí algo más.

Faelidrin. Seguía abajo. Inmóvil. Mirándome.

Me di cuenta inmediatamente. Y aquello hizo que mi vuelo se volviera ligeramente torpe durante un segundo.

Porque rara vez la sorprendía algo. Pero esta vez sí.

Lo sentí. Tal vez por la velocidad de la transformación.

Tal vez porque no esperaba que saliera prácticamente disparada hacia el cielo.

O tal vez…tal vez simplemente porque me estaba observando a mí.

La idea hizo que mi corazón latiera demasiado rápido incluso en forma de murciélago. Así que ascendí todavía más alto antes de que pudiera seguir pensando tonterías.