Capítulo XXV - El cielo entre las ramas
Por la mañana siguiente, la luz del sol me acarició los ojos lentamente. No fue un despertar brusco. No hubo hambre desgarrándome el pecho. No hubo aquella sensación horrible de vacío absoluto consumiéndome desde dentro. Y solo por eso… ya era distinto.
Permanecí tumbada unos segundos, observando cómo la luz atravesaba las hojas del árbol-cabaña y dibujaba sombras verdes sobre las paredes vivas. El bosque respiraba alrededor de mí con aquella calma inmensa que parecía envolverlo todo en Safel.
Tenía hambre. Sí. Pero era un hambre soportable.
Una sensación suave y constante, parecida a la que recordaba de mi vida humana antes de comer demasiado tarde.
No aquella monstruosidad vampírica que me hacía sentir que iba a romperme desde dentro.
Y aquello, aunque pequeño, era una victoria. Una victoria enorme.
Cerré los ojos otra vez durante un instante y respiré despacio.
El aire olía a hojas húmedas, madera cálida y flores lejanas.
Empezaba a reconocer incluso pequeños cambios en los aromas del bosque.
El amanecer tenía un olor distinto al atardecer.
Y la lluvia dejaba sobre Safel una energía suave y profunda que ahora era capaz de notar ligeramente bajo la piel.
Estaba cambiando. La idea seguía dándome miedo algunas veces.
Pero ya no tanto como antes. Porque empezaba a comprender que cambiar no siempre significaba perderse.
Entonces apareció otro pensamiento. Uno completamente distinto.
Abrí los ojos lentamente y miré hacia arriba, hacia las pequeñas aperturas entre las ramas del árbol.
Cielo. Apenas podía verse desde allí. Solo fragmentos pequeños de azul atrapados entre hojas infinitas.
Y de repente lo sentí. Una punzada en el pecho. Echaba terriblemente de menos volar.
El día anterior, cuando Séfora me llevó hasta el claro sobre su lomo, algo dentro de mí había despertado otra vez.
Hasta entonces había estado demasiado agotada para pensar en ello.
Demasiado débil incluso para echar nada de menos.
Pero ahora no. Ahora tenía energía suficiente para sentir ausencia. Y eso era casi peor.
Cerré los ojos un instante imaginándolo.
El viento golpeando mis alas de murciélago.
La sensación de ligereza. El cielo abierto bajo mí.
La libertad salvaje de no tocar el suelo.
Lo echaba de menos muchísimo más de lo que esperaba.
Safel era hermoso. Pero empezaba a sentirme atrapada bajo tantas ramas.
Quería cielo. Quería altura. Quería aire.
Una parte de mí incluso imaginó cómo sería lanzarme desde el árbol y transformarme a mitad de la caída.
Pero sabía perfectamente que no podía hacerlo.
Todavía no. Porque no podía perderme ni las lecciones de Faelidrin ni la Fiesta del Principio del Verano.
Y, sobre todo, porque sabía que si volvía a debilitarme demasiado Séfora y Faelidrin volverían a discutir.
Y, extrañamente…la idea de provocar otra discusión entre ellas me dolía un poco.
Suspiré lentamente y terminé incorporándome. Las hojas del lecho se acomodaron bajo mi cuerpo con suavidad.
— Gracias… —murmuré automáticamente en élfico.
El árbol vibró apenas. Ya no me sorprendía tanto. Y aquello también era extraño. Me puse en pie lentamente. Mucho mejor que los días anteriores. Mis piernas respondieron bien. No perfectas. Pero bien. Y eso bastó para hacerme sonreír un poco.
Entonces noté algo sobre mis hombros. Parpadeé confundida.
Durante la noche, varias ramas finas y flexibles habían formado una especie de manta vegetal sobre mí.
Hojas suaves entrelazadas cuidadosamente para conservar el calor.
Me quedé completamente quieta. Porque el árbol no había hecho aquello por orden de nadie.
Lo había hecho porque había querido cuidarme.
Aquello me emocionó más de lo esperado. Apoyé una mano sobre el tronco cercano.
La energía del árbol era lenta. Profunda. Antigua. Y ahora podía sentir algo más dentro de ella. Afecto. No humano. No exactamente. Pero sí algo parecido al cariño paciente de una criatura inmensa.
— Gracias por dejarme descansar aquí — susurré en lengua élfica.
La madera vibró suavemente bajo mis dedos.
Contenta. El árbol estaba contento. Aquello seguía pareciéndome increíble.
En Rea los árboles eran parte del paisaje.
Aquí eran… personas silenciosas. No con pensamientos como los humanos.
No con palabras. Pero sí con emociones lentas y enormes.
Y empezaba a entender por qué los elfos jamás cortaban árboles innecesariamente.
Porque sería parecido a herir algo sagrado.
Me acerqué lentamente hacia la abertura del árbol-cabaña y observé el bosque.
La mañana había despertado completamente.
La luz atravesaba las copas verdes en columnas doradas.
Pequeños pájaros cruzaban el aire cantando.
Y el viento movía las hojas con aquella música constante que ya empezaba a reconocer como la voz de Ednilrae.
Durante unos segundos permanecí allí quieta.
Simplemente escuchando. Y entonces lo sentí.
El bosque también me estaba escuchando a mí.
No como antes. No como una intrusa. Más bien…
como alguien a quien todavía estaba aprendiendo a conocer.
Aquella idea me hizo sonreír suavemente.
Después empecé a bajar. El árbol modificó ligeramente la inclinación de algunas raíces para facilitarme el descenso.
Ya ni siquiera necesitaba pedírselo. Parecía anticiparse.
— Empiezas a malacostumbrarme — murmuré divertida en élfico.
Las hojas se movieron suavemente alrededor de mí.
Cuando llegué al suelo, inhalé profundamente.
Y el deseo de volar volvió otra vez. Más fuerte.
Levanté la vista hacia los pequeños fragmentos de cielo entre las ramas.
Azul. Tan lejos. Fruncí ligeramente el ceño.
Porque comprendí algo incómodo. Parte de mí empezaba a amar Safel.
Pero otra parte seguía necesitando el cielo.
Y ambas cosas parecían incompatibles. Los elfos vivían hacia dentro.
Los dragones hacia arriba. Y yo… era ambas cosas y ninguna al mismo tiempo.
Aquella contradicción volvió a hacerme pensar en Faelidrin.
Ella también era distinta. Ella también parecía pertenecer y no pertenecer completamente a su pueblo.
Y el recuerdo de su energía volvió inmediatamente a mi mente.
La tristeza silenciosa escondida bajo su calma.
La sensación constante de sentirse ligeramente separada del resto.
Mi pecho se tensó suavemente. Porque cada vez entendía mejor por qué me sentía tan atraída hacia ella.
No era solo belleza. Era reconocimiento.
Nos parecíamos más de lo que parecía. Y aquello daba miedo.
Mucho miedo. Porque empezaba a importarme demasiado.
Intenté apartar esos pensamientos rápidamente.
Mala idea. En cuanto intentaba no pensar en Faelidrin, pensaba todavía más en ella.
En sus ojos marrones. En su paciencia infinita corrigiéndome.
En aquella pequeña sonrisa diminuta que aparecía a veces y desaparecía tan rápido que parecía un secreto.
En la forma en que pronunciaba mi nombre en élfico.
Cerré los ojos un instante.
— Esto es ridículo… — murmuré para mí misma.
El viento me rozó el cabello suavemente. Y, absurdamente, recordé algo que Faelidrin había dicho. “El bosque escucha.” Aquello hizo que mirara alrededor con sospecha inmediata.
— Espero que no demasiado… — susurré.
Un pequeño grupo de hojas cayó de una rama cercana.
Y tuve la horrible sensación de que Safel acababa de divertirse a mi costa.
Eso me hizo reír un poco. Una risa pequeña.
Ligera. Y comprendí algo sorprendente. Hacía muchísimo tiempo que no me reía así.
Sin miedo. Sin tensión. Simplemente porque sí.
El pensamiento de Duncan regresó inmediatamente después.
Como siempre. La guerra seguía existiendo.
El peligro seguía acercándose. Nada de aquello había desaparecido realmente.
Y aun así…Safel seguía permitiéndose mañanas tranquilas.
Fiestas. Canciones. Risas. Quizá por eso los elfos sobrevivían tanto tiempo.
Porque entendían algo que humanos y vampiros olvidaban constantemente.
Que vivir no era solamente sobrevivir.
Empecé entonces a caminar lentamente entre los árboles hacia el claro donde Faelidrin solía esperarme.
Y mientras avanzaba, fui saludando mentalmente pequeñas cosas del bosque casi sin darme cuenta.
El riachuelo. El viento. Los árboles más antiguos.
Como si poco a poco estuviera aprendiendo a formar parte de aquella conversación gigantesca que llevaba existiendo siglos antes de mí.
Y por primera vez desde mi transformación…
la idea de convertirme en algo nuevo no me aterrorizó.
Porque quizá cambiar no significaba dejar atrás quién era.
Quizá significaba aprender que podía ser más de una cosa al mismo tiempo.
Humana. Vampira. Bruja. Elfa. Dragona. Gilraen. Y quizá…quizá algún día dejaría de sentir que eso me rompía en pedazos.
Una vez llegue al claro, Faelidrin me indicó que la Fiesta del Principio del Verano comenzaría al atardecer y que pensaba aprovechar el resto del día para continuar con mis lecciones.
No parecía dispuesta a concederme descanso solo porque aquella noche hubiese celebración.