Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas #4
Parpadeé. La miré. Ella seguía observándome con esa calma suya imposible de descifrar del todo.
— Y confío en que sabrás hacerlo — añadió.
No pude evitar sonreír un poco.
— Así es.
Me acerqué lentamente al árbol y apoyé la mano sobre el tronco. La energía bajo la corteza vibró suavemente al reconocerme. Aquello seguía maravillándome.
— No os preocupéis — respondí finalmente.
Faelidrin permaneció en silencio unos segundos. Y entonces dijo algo que no esperaba.
— ¿Sabes? Me has solucionado un problema.
Giré la cabeza inmediatamente hacia ella.
— ¿Un problema?
La princesa élfica asintió apenas. El viento movió ligeramente algunos mechones de su cabello negro. Y durante un instante pensé otra vez lo mismo que llevaba días pensando constantemente. Era preciosa. De una forma absurda. Peligrosa.
— Mañana es la Fiesta del Principio del Verano.
Parpadeé sorprendida.
— ¿Tenéis fiestas?
Aquello hizo que Faelidrin me mirara con una mezcla extraña de paciencia y ligera incredulidad.
— Claro que tenemos fiestas.
— Bueno… no sé. Los elfos parecéis demasiado tranquilos para celebrar cosas.
Eso provocó una sonrisa diminuta. Pequeñísima. Pero real.
— Celebramos muchísimas cosas.
La observé con curiosidad.
— ¿Y qué ocurre en esa fiesta?
Faelidrin caminó lentamente hacia una de las raíces del árbol y apoyó los dedos sobre la madera viva mientras hablaba.
— Celebramos el inicio del verano. El momento en que Safel entrega sus primeros frutos completamente maduros.
Sus ojos marrones se desplazaron hacia el bosque.
— Es uno de los pocos días del año en que ingerimos alimentos físicos de manera abundante.
Aquello me sorprendió muchísimo.
— ¿Los elfos comen normalmente?
— A veces.
Me miró de nuevo.
— Pero no por necesidad.
Eso seguía pareciéndome fascinante. Y extrañísimo.
— Preparamos bebidas con frutos del bosque.
Panes de raíces dulces. Frutas bañadas en miel silvestre.
Infusiones de flores nocturnas. La forma tranquila en que lo describía hizo que, por primera vez en muchísimo tiempo, algo parecido a curiosidad normal despertara dentro de mí.
No curiosidad de supervivencia. No magia. No guerra. Simple curiosidad.
— Suena… bonito.
Faelidrin guardó silencio un instante.
— Lo es.
El bosque se movió suavemente alrededor de nosotras. Y entonces añadió:
— Gilraen debe asistir.
Eso me sorprendió. Mucho.
— ¿Yo?
— Sí.
Fruncí ligeramente el ceño.
— Pero yo no soy…
Me detuve antes de terminar la frase. No sabía qué palabra usar. Elfa. Humana. Vampira. Nada encajaba completamente.
Faelidrin pareció entender exactamente lo que iba a decir.
— Precisamente por eso debes venir.
Aquello me dejó callada. La princesa continuó:
— Antes de hoy no habrías podido participar.
Miró lentamente el árbol junto a nosotras.
— No habrías podido probar nada de lo que ofrece Safel.
Y entonces comprendí la verdadera importancia de aquello.
No era simplemente comida. Era aceptación.
El bosque antes no podía alimentarme. Ahora sí.
Safel me reconocía de otra manera. Aquello me emocionó más de lo que quería admitir.
Porque desde mi transformación…todo había sido separación.
Distancia. Miedo. Personas apartándose de mí.
Yo apartándome de los demás. Pero ahora…
por primera vez… algo me estaba invitando a quedarme.
— ¿Podré participar de verdad? — pregunté más bajo.
Faelidrin asintió.
— No solo puedes.
Una pequeña pausa.
— Se espera que lo hagas.
Mi pecho se tensó suavemente. Aquellas palabras parecían pequeñas.
Pero no lo eran. Porque nadie esperaba ya cosas normales de mí.
Esperaban que luchara. Que sobreviviera.
Que derrotara a Duncan. Pero nadie esperaba que asistiera a una fiesta.
Y, absurdamente…aquello me hizo sentir más humana que cualquier otra cosa desde mi transformación.
Faelidrin continuó hablando:
— Informaré a mi madre de que puedes participar.
La forma en que dijo “mi madre” me hizo recordar algo.
Tiqueril. La reina de los elfos. Y de pronto me di cuenta de algo curioso.
Faelidrin nunca utilizaba títulos cuando hablaba de ella en privado.
No decía “su majestad”. Decía “mi madre”.
Aquello la hacía parecer mucho más cercana.
Más joven. Más real. La observé unos segundos.
Y entonces otra idea apareció en mi cabeza.
Quería verla en aquella fiesta. Quería verla fuera de las lecciones.
Fuera de la calma estricta con la que me enseñaba.
Quería saber cómo era Faelidrin cuando no estaba intentando convertirme en algo nuevo.
Y ese pensamiento fue tan peligroso que aparté inmediatamente la mirada.
Faelidrin empezó entonces a alejarse entre los árboles.
Y aquella sensación volvió otra vez. La misma de las últimas noches.
El impulso absurdo de detenerla. De decirle algo.
Algo íntimo. Algo pequeño. Algo humano. Buenas noches.
Solo eso. Dos palabras sencillas. Pero en mi pecho se sentían enormes.
Porque no quería decir únicamente “descansa”.
Quería decir: quédate un poco más. Quería decir: me gusta cuando estás aquí.
Quería decir: cuando te vas, el bosque parece más vacío.
Pero no dije nada. La observé alejarse lentamente entre las sombras verdes de Ednilrae.
Y durante un instante pensé que quizá ella tampoco quería marcharse todavía.
Porque antes de desaparecer completamente entre los árboles…
se detuvo. Solo un segundo. Muy breve. Como si hubiera esperado escuchar algo. Después siguió caminando.
Y yo me quedé sola frente al árbol-cabaña, con el corazón latiéndome demasiado deprisa por culpa de una elfa de ojos marrones y una frase tan sencilla como “buenas noches”.