Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas #3
Y entonces Séfora soltó una pequeña risa cálida dentro de mi mente. Una risa mucho más ligera que toda la ira anterior.
— También has conseguido detener la discusión entre nosotras.
Parpadeé sorprendida.
— ¿Qué?
La dragona observó a Faelidrin unos segundos antes de continuar.
— Has hecho desaparecer el problema.
Eso me desconcertó todavía más. Miré a Faelidrin buscando una explicación. Ella suspiró suavemente.
— Séfora creía que iba a llevarte demasiado lejos.
La dragona resopló entre los colmillos.
— Porque estabas haciéndolo.
— Y ahora ya no.
El silencio que siguió fue completamente distinto a los anteriores. Menos agresivo. Más cansado. Más parecido a dos personas aceptando una tregua temporal porque ambas habían comprendido algo importante.
Volví a mirar a Faelidrin. Seguía sin entender una cosa.
— Ahora que sé cómo funciona… parece muy sencillo.
Ella arqueó apenas una ceja.
— ¿Sí?
— Sí.
Fruncí el ceño.
— ¿Por qué no me lo explicaste antes? ¿Por qué no me dijiste que solo tenía que pedirle ayuda al río y presentarme primero?
Faelidrin sostuvo mi mirada durante varios segundos. Y respondió exactamente lo que temía que respondería.
— Porque era algo que debías descubrir por ti misma.
Suspiré exageradamente.
— Empiezo a sospechar que los elfos disfrutáis viendo sufrir a los demás mientras aprenden.
Eso hizo que Séfora soltara una carcajada mental enorme. El sonido cálido de su risa atravesó el vínculo que compartíamos y, por primera vez en días, sentí que la dragona volvía a relajarse de verdad.
Faelidrin, en cambio, solo respondió:
— No.
Una pequeña pausa.
— Disfrutamos viendo cuándo finalmente lo entienden.
Aquello me hizo rodar los ojos. Pero también sonreír un poco. Porque odiaba admitirlo…pero probablemente tenía razón.
Los elfos no enseñaban respuestas. Obligaban a encontrarlas. Y lo peor era que funcionaba.
Séfora terminó incorporándose lentamente.
El claro entero pareció encogerse un poco cuando desplegó parcialmente las alas. Incluso después de tantos días viajando con ella, seguía impresionándome el tamaño real de una dragona adulta. La luz del bosque resbalaba sobre sus escamas azuladas como reflejos sobre agua profunda.
— Bien — dijo dentro de mi mente—. Ahora que ya no pareces a punto de desmayarte otra vez… os dejaré continuar.
Parpadeé sorprendida.
— ¿Te vas?
— Por ahora.
Sus ojos azulados se clavaron un instante en Faelidrin. No había hostilidad esta vez. Pero sí advertencia. Y también algo parecido al respeto. Pequeño. Muy pequeño. Pero real.
— Gracias por cuidar de ella — dijo finalmente la dragona.
Faelidrin tardó apenas un segundo en responder.
— Gracias por traerla hasta aquí.
Aquello me dejó completamente quieta. Porque era la primera vez que las veía hablarse así. Sin tensión. Sin orgullo. Simplemente sinceras. Y, extrañamente…eso me emocionó un poco. Porque ambas eran poderosas. Antiguas. Peligrosas. Y aun así… estaban intentando entenderse por mí.
Séfora alzó el vuelo poco después. El viento generado por sus alas agitó hojas y ramas alrededor del claro, el riachuelo alteró su corriente unos segundos.
Los pájaros levantaron el vuelo. Y durante un instante la enorme figura azul de la dragona atravesó el cielo verde de Safel como un fragmento viviente del océano.
La observé desaparecer entre las copas de los árboles.
Hasta que Faelidrin habló otra vez.
— Bien.
La miré.
— Bien… ¿qué?
— Ahora empieza la parte difícil.
Gemí dramáticamente.
— Claro. Cómo no.
Eso provocó algo casi imperceptible. Una sonrisa diminuta en la comisura de sus labios.
Duró apenas un instante. Pero yo la vi. Y, absurdamente…
eso me afectó muchísimo más de lo que debería.
Porque empezaba a darme cuenta de algo peligroso.
Yo quería provocarle más sonrisas. Aunque fueran tan pequeñas. Aunque duraran tan poco.
Faelidrin se acercó lentamente al riachuelo. La seguí. El agua continuaba danzando entre las piedras como si nada importante hubiera ocurrido. Y sin embargo… para mí acababa de cambiarlo todo.
— Lo que has hecho hoy cambia muchas cosas —dijo ella.
Me arrodillé cerca de la corriente.
— ¿Por qué?
Faelidrin se agachó junto al agua.
— Porque ahora entiendes el verdadero fundamento de la magia élfica.
Fruncí el ceño.
— ¿Pedir las cosas amablemente?
— Sí.
La respuesta fue completamente seria. Y eso me hizo reír.
— No puede ser tan simple.
Faelidrin apoyó los dedos sobre el agua. La corriente rodeó inmediatamente su piel como si estuviera saludándola. No obedeciéndola. Saludándola. Aquella diferencia era importante. Muchísimo.
— Los humanos creen que la magia consiste en imponer voluntad.
Me miró.
— Los vampiros creen que la magia consiste en dominar.
Sus dedos siguieron acariciando el agua.
— Los elfos creemos que consiste en establecer relaciones.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotras. Y lentamente…empezó a tener sentido. Muchísimo sentido. Miré el bosque alrededor. Las hojas. El viento. El agua. Todo parecía responder a los elfos no porque fueran más fuertes…sino porque existía confianza.
— Por eso vuestra magia es tan poderosa… — murmuré.
Ella asintió lentamente.
— No obligamos al mundo a obedecernos.
Sus ojos marrones encontraron los míos.
— Le pedimos ayuda.
El bosque entero pareció respirar alrededor de aquellas palabras. Y entonces Faelidrin añadió algo más.
— Si llegas a dominar verdaderamente el idioma élfico… podrás hacer casi cualquier cosa.
— ¿Cualquier cosa?
— Casi.
Una pequeña pausa.
— Porque el idioma de la magia no es solo un lenguaje.
La corriente siguió fluyendo entre sus dedos.
— Es una forma de relacionarse con el mundo.
Aquello me recorrió la piel lentamente. Y comprendí algo que jamás había entendido cuando mi padre me enseñaba aquellas palabras junto al fuego en Rea.
Los elfos no eran poderosos porque conocieran hechizos más complejos.
Eran poderosos porque el mundo confiaba en ellos.
Y eso…eso era muchísimo más impresionante.
Parpadeé. A partir de ese momento, Faelidrin cambió completamente la forma de dirigirse a mí. Dejó de hablarme en lengua común. Y empezó a hablarme únicamente en élfico. Al principio aquello fue agotador. Muchísimo más agotador de lo que esperaba.
El idioma de los elfos no funcionaba como el humano. Las palabras no solo significaban cosas. También transmitían intención, emoción y dirección. A veces una misma palabra cambiaba completamente dependiendo del tono, de la respiración o incluso del silencio que la acompañaba.
Y aquello me obligaba a concentrarme constantemente.
— La pronunciación — me corregía Faelidrin con infinita paciencia—. Has dicho “escuchar el río”.
Fruncí el ceño.
— Eso era lo que quería decir.
Ella negó suavemente con la cabeza.
— No. Has dicho “vigilar el río”.
Suspiré exageradamente.
— En mi defensa, ambos implican prestar atención.
Eso provocó una pequeña chispa divertida en sus ojos marrones. Muy pequeña. Pero empezaba a aprender a verla.
— Para los humanos quizá — respondió—. Para nosotros son cosas muy distintas.
Continuamos caminando junto al riachuelo.
Y mientras avanzábamos, seguí practicando.
A veces tropezaba con palabras sencillas.
Otras veces conseguía construir frases completas y Faelidrin inclinaba apenas la cabeza, satisfecha.
Y, absurdamente…cada vez que lograba impresionarla un poco, sentía una felicidad ridícula crecer dentro de mí.
El bosque también parecía distinto ahora. No físicamente. Yo era distinta.
Por primera vez podía sentir pequeñas corrientes de energía moviéndose entre las raíces y las hojas. No constantemente. No con claridad absoluta. Pero sí lo suficiente para notar que Safel nunca estaba realmente en silencio.
El bosque hablaba continuamente. Las hojas susurraban. Las ramas crujían con lentitud anciana. El viento jugaba. El agua cantaba. Y yo… empezaba a entender fragmentos de aquella conversación gigantesca. A veces incluso me descubría respondiendo mentalmente a pequeñas cosas sin darme cuenta.
Una corriente de aire me apartaba el cabello del rostro y yo murmuraba “gracias” automáticamente en élfico. El agua salpicaba mis manos y le sonreía como si fuera una persona. Y lo más extraño era que aquello ya no me parecía absurdo. Me parecía natural. Muy natural.
Cuando el sol empezó a descender entre las copas de los árboles, Faelidrin me acompañó de regreso a mi árbol-cabaña.
El bosque al atardecer era todavía más hermoso.
La luz atravesaba las hojas en tonos dorados y verdes.
Pequeñas partículas brillaban suspendidas en el aire.
Y durante unos segundos olvidé completamente la guerra.
Duncan. La sangre. El hambre. Todo. Solo existía Safel respirando lentamente a mi alrededor.
Entonces vi mi árbol-cabaña. Y me detuve.
Una comprensión me golpeó de repente. Tan sencilla.
Tan evidente. Y aun así no la había entendido hasta ese instante.
Yo ya conocía el secreto de la alimentación élfica antes de aprenderlo realmente.
Porque cuando el árbol me ayudó por primera vez…
yo ya lo había hecho correctamente. Había usado el idioma de la magia.
No le había ordenado nada. No había intentado imponer mi voluntad.
Solo le había hablado. Le había explicado cómo me sentía.
Le había pedido ayuda. Y el árbol había respondido.
No porque yo fuera poderosa. Porque había querido ayudarme.
Aquello me dejó completamente quieta. Y entonces entendí otra cosa todavía más profunda.
Toda mi vida había usado la magia humana.
Incluso después de convertirme en vampira, seguía intentando dominar la magia.
Controlarla. Forzarla. Pero los elfos no hacían eso.
Ellos construían vínculos. Confiaban. Escuchaban. Y el mundo respondía.
La voz de Faelidrin interrumpió lentamente mis pensamientos.
— Confío en que antes de acostarte te alimentarás.