La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas #2
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Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas #2

Ninguna reaccionó. Seguían completamente centradas la una en la otra.

Y entonces ocurrió algo todavía peor. Empecé a notar emociones.

No palabras concretas. No pensamientos completos.

Pero sí emociones atravesando el ambiente entre ambas.

La frustración protectora de Séfora. La calma obstinada de Faelidrin.

La preocupación de ambas. Y aquello…aquello me dejó completamente quieta.

Porque entendí algo incómodo. Las dos estaban preocupadas por mí de verdad.

Muchísimo. Solo que ninguna sabía cómo acercarse a la otra sin convertirlo en una batalla.

Y de repente…la indignación empezó a desaparecer un poco. Sustituida por algo más complicado. Cariño. Cansancio. Y una sensación extraña de estar viendo a dos criaturas antiguas intentando protegerme sin saber exactamente cómo compartir ese espacio.

Suspiré otra vez. Mucho más despacio esta vez. El riachuelo seguía cantando cerca. El viento jugueteaba con las hojas. Y yo permanecía sentada entre una dragona y una princesa élfica discutiendo silenciosamente sobre mi existencia entera.

Mi vida se había vuelto muy extraña.

Decidí que, mientras ellas seguían discutiendo silenciosamente, intentaría practicar.

Al fin y al cabo, si iba a quedarme atrapada entre una reina dragona sobreprotectora y una princesa élfica incapaz de explicar algo de forma sencilla… al menos podía aprovechar el tiempo.

Cerré lentamente los ojos. Respiré.

Y volví a intentar escuchar el bosque como Faelidrin me había enseñado. No escuchar como una humana. No escuchar sonidos. Escuchar de verdad. Al principio, obviamente, las sentí a ellas. Era imposible no hacerlo.

Séfora llenaba el claro entero con su presencia. Incluso quieta hacía ruido. El suave movimiento de sus alas. El calor escapando entre sus colmillos al respirar. El peso gigantesco de su cuerpo sobre la tierra. La dragona era como una tormenta intentando quedarse quieta.

Faelidrin, en cambio, apenas alteraba el bosque. Y aun así… también estaba allí. Silenciosa. Ligera. Profunda. No sonaba como Séfora. Faelidrin se parecía más a una corriente subterránea. Algo que no necesitaba imponerse para existir.

Seguí respirando lentamente. Más allá de ellas. Más allá de mí.

Y poco a poco… el bosque empezó a aparecer. El rumor de las hojas. El viento atravesándolas. El sonido lejano del riachuelo. Y entonces sonreí apenas. El jilguero. El mismo del día anterior. Seguía intentando conquistar el corazón de otra ave distinta.

— Pobre jilguero… — murmuré mentalmente.

Esta vez el bosque me respondió con algo parecido a diversión. O quizá fui yo proyectando emociones sobre él. Con Safel nunca estaba completamente segura.

Continué escuchando. El riachuelo cantaba. No encontraba otra palabra. Cantaba.

Su energía era rápida. Alegre. Inquieta. Saltaba entre las piedras como una criatura incapaz de permanecer quieta demasiado tiempo.

Y sin saber exactamente por qué…hice algo distinto. Algo que no había intentado nunca. En lugar de intentar absorber la energía del río…intenté hablar con él. No con palabras humanas. No exactamente.

Abrí lentamente mi mente de la misma forma que hacía con Séfora cuando nos comunicábamos mentalmente. Solo que esta vez…lo hice en lengua élfica. En el idioma de la magia.

Al principio me sentí ridícula. Porque, sinceramente, estaba intentando hablar con un río. Y aun así…continué.

— Necesito ayuda… — susurré mentalmente en lengua élfica.

El agua siguió cantando entre las piedras. Nada más. Tragué saliva. Y entonces comprendí algo. Estaba volviendo a cometer el mismo error. Seguía pensando como una vampira. Como alguien que toma. No como alguien que comparte. Respiré más despacio. Y empecé de nuevo.

Pero esta vez… me presenté. Le conté quién era.

No solo que era Gilraen. No solo que necesitaba energía.

Le hablé de mí. De verdad. Le conté que había sido humana.

Que era hija del rey Muga. Que había visto morir a mi padre.

Que había despertado convertida en algo que no entendía.

Que tenía miedo. Que estaba cansada. Que intentaba aprender sin romperme del todo.

Las palabras empezaron a salir solas. Como agua. Como si el propio idioma élfico estuviera diseñado precisamente para aquello. Para hablar con honestidad.

No sabía cuánto tiempo pasé así. Quizá minutos. Quizá más. Pero poco a poco empecé a notar algo distinto.

El río me estaba escuchando. No como una persona. No con pensamientos. Con atención. La energía del agua empezó a rozarme lentamente. Curiosa. Desconfiada. Juguetona. Y entonces…el río respondió.

La energía vino hacia mí de forma natural. Sin resistencia. Sin esfuerzo. No tuve que arrancarla. No tuve que perseguirla. Simplemente… me fue ofrecida.

La sensación me golpeó de inmediato. Abrí mucho los ojos.

La energía atravesó mi cuerpo como agua fría y luminosa al mismo tiempo.

Entró por mi pecho. Por mis brazos. Por mi respiración.

Y de golpe…el hambre desapareció. No parcialmente.

No un poco. Desapareció. El agotamiento empezó a romperse dentro de mí como hielo derritiéndose bajo el sol.

Mis músculos dejaron de pesar tanto. Mi cabeza se aclaró.

Volví a sentirme viva. De verdad. Solté una respiración temblorosa.

Y entonces comprendí. Había estado intentado robarle energía al río todo ese tiempo. Por eso no funcionaba. Porque los elfos no toman. Piden. Y antes de pedir…se presentan.

Una risa pequeña escapó de mis labios. No podía creerlo. Había sido algo tan sencillo. Tan absurdamente sencillo. Y aun así me había costado días enteros descubrirlo.

Pero entonces noté algo más. La energía del río era distinta. Muy distinta. No solo en intensidad. En personalidad. La energía del río era danzarina. Traviesa. Inquieta. Me daban ganas de moverme. De correr. De reír sin motivo. De saltar entre las piedras igual que hacía el agua.

Y entonces entendí otra cosa todavía más importante. La energía que Faelidrin me había transmitido era completamente diferente. La de ella era contenida. Profunda. Delicada. Silenciosa. Íntima. Como ella.

Mi respiración se detuvo apenas un instante. Porque de golpe comprendí algo gigantesco. La energía revela cosas de quien la comparte. No solo alimenta. Muestra. Sentimientos. Esencia. Partes ocultas.

Y entonces otra comprensión todavía más peligrosa me atravesó el pecho. Yo jamás debía compartir mi energía con cualquiera. Porque hacerlo era permitir que alguien te conociera de verdad. No superficialmente. No con palabras. Por dentro. Completamente.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

Y una parte de mí recordó inmediatamente la energía de Faelidrin dentro de mi cuerpo.

La delicadeza. La calma. La tristeza silenciosa escondida bajo su serenidad constante.

No había sido una tristeza violenta. No era desesperación.

Era algo mucho más antiguo. Más silencioso.

Como lluvia cayendo durante siglos sobre la misma piedra.

Y entonces recordé otra cosa que había sentido dentro de aquella energía.

Soledad. No una soledad física. Otra clase.

La sensación de no encajar del todo en el lugar donde habías nacido.

Aquello me golpeó más fuerte que el propio descubrimiento de la magia élfica.

Porque la entendía. Demasiado. Yo era humana…

y ya no lo era. Era vampira… pero tampoco completamente.

Ahora estaba aprendiendo a ser elfa. Y también llevaba sangre de dragón dentro de mí.

Era todas las especies. Y al mismo tiempo…

no pertenecía realmente a ninguna. No encajaba en ningún lugar.

No del todo. Y por primera vez desde mi transformación…

comprendí que quizá Faelidrin sentía algo parecido.

Ella tampoco terminaba de pertenecer completamente a los suyos.

Lo había sentido en su energía. En aquella melancolía tranquila escondida bajo cada palabra.

En la manera en que los otros elfos la miraban.

En cómo Tiqueril había hablado de ella. “Es distinta.” Yo también lo era.

Y quizá por eso, sin darme cuenta, cada vez que la miraba sentía algo más profundo que simple admiración.

Aquello no había sido solo alimentación.

Había sido intimidad. Una intimidad extraña.

Antigua. Más profunda que tocar la piel.

Porque durante unos instantes había sentido partes de Faelidrin que probablemente ella jamás expresaba en voz alta.

Y entonces comprendí algo todavía más importante.

Algo que había empezado a intuir apenas unos segundos antes, sin llegar a comprender del todo su magnitud.

Compartir energía era demasiado peligroso.

Mucho más peligroso que cualquier hechizo.

Porque significaba permitir que alguien te conociera de verdad.

No la versión que mostrabas al mundo. No las palabras cuidadosamente elegidas.

Tu esencia. Tus grietas. Tus miedos. Tus secretos. Y el conocimiento era poder.

Abrí lentamente los ojos. Orgullosa. Feliz. Abrumada. Y preparada para decirle inmediatamente a Faelidrin que por fin lo había conseguido.

Pero me detuve. Porque las dos ya lo sabían.

Séfora y Faelidrin estaban mirándome directamente.

Y, por primera vez desde que había llegado al claro aquella mañana…

ya no estaban discutiendo. La tensión entre ambas había desaparecido.

O quizá no desaparecido. Transformada. Como una tormenta que finalmente decide convertirse en lluvia.

Faelidrin fue la primera en hablar.

— Lo has logrado.

Su voz seguía siendo tranquila. Siempre tranquila. Pero esta vez detecté algo distinto debajo de la calma. Satisfacción. Muy leve. Muy élfica. Como si no se permitiera mostrarla del todo. Y aun así… estaba ahí.

Sonreí inmediatamente. No pude evitarlo.

— ¡Lo he conseguido!

La princesa inclinó apenas la cabeza.

— Sí.