La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas
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Capítulo XXIV - El silencio de las antiguas

A la mañana siguiente me despertó el sol acariciándome el rostro.

La luz atravesaba lentamente las hojas del árbol-cabaña, deslizándose sobre mí en tonos verdes y dorados. Durante unos segundos permanecí inmóvil, con los ojos todavía cerrados, simplemente sintiendo el calor suave de aquella mañana en Ednilrae.

Y entonces llegó el resto. El hambre. El agotamiento. La debilidad. Todo seguía allí. O quizá incluso peor.

Mi cuerpo pesaba demasiado. Como si cada noche estuviera perdiendo partes de mí que ya no lograba recuperar del todo. Respiré despacio, intentando reunir fuerzas incluso antes de moverme.

Pero aun así… Aun así, aquella mañana había algo distinto.

Dormir junto a Séfora me había reconfortado de una forma que no esperaba.

El calor de la dragona seguía rodeándome incluso después de despertar.

Como si parte de él hubiera quedado atrapado entre mis huesos.

Había sentido su cariño. Su protección. Y en el estado en el que estaba…

eso significaba muchísimo más de lo que quería admitir.

Abrí lentamente los ojos. Séfora seguía allí. La enorme dragona azul descansaba alrededor del árbol-cabaña como si siempre hubiera pertenecido a Safel. Sus escamas reflejaban pequeños fragmentos de luz entre las hojas, creando destellos azulados sobre la madera viva.

Parecía dormida. Hasta que uno de sus enormes ojos se abrió lentamente. Me había notado despierta inmediatamente.

— ¿Cómo has descansado, pequeña?

Su voz resonó suavemente dentro de mi mente, todavía adormecida por el sueño.

Dudé unos segundos. Porque no quería mentirle. Pero tampoco quería preocuparla más.

— Bien… — murmuré—. Supongo que bien…

Uno de los ojos de Séfora se entrecerró apenas.

— Sé sincera.

Suspiré lentamente. Con ella siempre era inútil intentar ocultar demasiado.

— He dormido mejor que otras noches al tenerte aquí…

Eso sí era completamente cierto.

— Pero mi hambre y mi falta de energía siguen igual. O peor.

Noté cómo la dragona tensaba apenas las alas. Muy poco. Pero lo suficiente para que comprendiera inmediatamente que seguía enfadada con la situación. No conmigo. Con Safel. Con Faelidrin. Con todo aquello que me estaba debilitando.

Aun así, esta vez no discutió. Solo permaneció observándome unos segundos antes de responder:

— Me alegro de que te haya ayudado dormir juntas.

La frase fue sencilla. Demasiado sencilla. Y precisamente por eso comprendí algo importante.

Séfora estaba evitando deliberadamente hablar otra vez del hambre. De mi agotamiento. De la discusión del día anterior. Había decidido contenerse. Probablemente por mí. Eso consiguió enternecerme más de lo que esperaba.

La dragona volvió a mover ligeramente las alas.

— Ahora sube, pequeña.

Parpadeé.

— ¿Subir?

— Te llevaré al claro.

Abrí los ojos con sorpresa.

— Puedo ir yo…

Aunque incluso pronunciándolo no soné demasiado convencida. Séfora soltó una pequeña exhalación divertida entre los colmillos.

— Lo sé.

Mentía. Las dos lo sabíamos. Podría llegar caminando. Sí. Probablemente tardando muchísimo más de lo normal y agotándome a mitad del trayecto. Pero llegaría. Aun así, la dragona continuó:

— Pero quiero llevarte yo.

Me incorporé lentamente sobre el lecho de hojas.

— ¿Por qué?

Los ojos azulados de Séfora brillaron apenas.

— Quiero ver tu clase.

Aquello sí logró sorprenderme completamente. Me quedé mirándola varios segundos.

— ¿Vas a quedarte?

La dragona inclinó ligeramente la cabeza.

— Sí.

Eso no tenía sentido. Durante mi estancia en Rapovims jamás había permanecido observando mis entrenamientos. Ni con Nimenessë. Ni con Natasha. Ni con los otros vampiros. Séfora siempre me había dejado aprender sola. Por eso aquello resultaba tan extraño. Y también… un poco preocupante.

— ¿Por qué? — pregunté otra vez.

La dragona sostuvo mi mirada unos segundos demasiado largos.

— Tal vez aprenda algo.

Mentira. Absoluta. Lo sentí inmediatamente.

Séfora nunca había sabido mentirme demasiado bien emocionalmente.

Y ahora que mis sentidos élficos empezaban a despertar…

menos todavía. Había otro motivo. Uno importante.

Pero no quería decírmelo. Y honestamente…

yo tampoco tenía fuerzas para discutir otra vez.

No después del día anterior. No después de todo.

Así que simplemente asentí lentamente.

— De acuerdo.

Me puse en pie como pude. El árbol-cabaña pareció reaccionar inmediatamente a mi dificultad.

Las ramas cercanas se movieron ligeramente, facilitándome el equilibrio.

Séfora observó aquello en silencio. Y por un instante me pareció notar algo extraño en su mirada.

Celos. Muy pequeños. Muy absurdos. Como si no terminara de gustarle que el propio bosque estuviera cuidándome.

La idea fue tan extraña que casi sonreí. Me acerqué lentamente hasta ella y subí sobre sus lomos. El calor de sus escamas me envolvió inmediatamente. Y apenas unos segundos después… Séfora alzó el vuelo.

El mundo desapareció bajo nosotras. Y entonces lo sentí.

Libertad. La sacudida me atravesó tan de golpe que casi me dolió.

El viento golpeando el rostro. La velocidad.

La inmensidad del cielo verde de Safel abriéndose alrededor.

No me había dado cuenta de cuánto echaba de menos volar hasta aquel instante.

Hasta que el cuerpo volvió a recordar lo que era elevarse sobre el mundo.

Mi corazón se tensó. Porque comprendí algo doloroso.

No tenía energía suficiente para transformarme en murciélago.

Ni siquiera había vuelto a intentarlo. Y una parte de mí empezaba a echar muchísimo de menos mis propias alas.

Séfora debió sentirlo. Porque redujo ligeramente la velocidad.

No mucho. Solo lo suficiente para prolongar el vuelo unos segundos más.

Aquello me hizo sonreír débilmente. La dragona no dijo nada.

Pero entendía demasiadas cosas sin necesidad de palabras.

El trayecto duró menos de un minuto. Y aun así…

cuando aterrizamos en el claro sentí una nostalgia absurda.

Como si acabara de despedirme de algo importante.

Faelidrin ya estaba allí. Esperándome. Como siempre. No sabía cómo lo hacía. Nunca llegaba tarde. Nunca aparecía desde el lugar equivocado. Simplemente… estaba. Como si el propio bosque le avisara de cada uno de mis movimientos antes incluso de que ocurrieran.

La princesa élfica permanecía de pie junto al riachuelo. El viento movía lentamente su cabello negro entre las hojas verdes de Ednilrae. Y otra vez sentí aquella absurda opresión en el pecho al verla. Aquello empezaba a resultar preocupante.

Séfora aterrizó suavemente. Mucho más suavemente de lo que una criatura de su tamaño debería ser capaz. Ni siquiera el riachuelo alteró demasiado su canción. Descendí lentamente de su lomo.

Y entonces ocurrió algo extraño. Muy extraño.

Séfora y Faelidrin se quedaron mirándose.

Sin hablar. Sin moverse. Solo mirándose.

Al principio pensé que simplemente seguían tensas por la discusión del día anterior.

Pero los segundos siguieron pasando. Y ninguna apartaba la mirada. Me quedé observándolas confundida.

Un minuto. Dos. Tres. El silencio empezó a volverse rarísimo.

Finalmente terminé sentándome sobre una raíz cercana, demasiado agotada para seguir de pie mientras ambas parecían convertirse en estatuas.

Y entonces lo comprendí. O mejor dicho…lo comprendí demasiado tarde. Me maldije internamente en cuanto caí en la cuenta. Estaban hablando. Mentalmente. Delante de mí. Sobre mí. Y ni siquiera me estaban incluyendo en la conversación.

Abrí mucho los ojos. La indignación llegó de golpe.

Porque no era difícil imaginar el contenido de aquella discusión silenciosa.

Séfora. Faelidrin. Las dos antiguas. Las dos poderosas.

Discutiendo otra vez sobre qué era lo mejor para mí como si yo no estuviera sentada justo delante.

Abrí la boca inmediatamente. Dispuesta a detener aquello.

A decirles que dejaran de hablar de mí como si fuera una niña pequeña.

O peor. Como si fuera un problema que resolver.

Pero ninguna palabra salió. Me detuve antes.

Porque una parte de mí comprendió inmediatamente algo muchísimo más frustrante.

No serviría de nada. Ni mi enfado. Ni mi protesta.

Ni mi orgullo herido. Séfora y Faelidrin eran demasiado parecidas en algunas cosas.

Cuando decidían algo… era dificilísimo moverlas.

Y además…además estaba agotada. Demasiado agotada incluso para discutir correctamente.

Suspiré lentamente y me dejé caer un poco más contra la raíz. Intentando ignorarlas. No funcionó.

Porque cuanto más las observaba… más evidente resultaba la intensidad de aquella conversación silenciosa.

Faelidrin seguía completamente inmóvil. Serena. Pero ahora que empezaba a conocerla mejor podía detectar pequeños cambios casi invisibles. La tensión mínima en sus hombros. La forma en que sus dedos se flexionaban apenas junto a la tela de su ropa.

Mientras tanto, Séfora permanecía completamente rígida.

Sus ojos azulados no se apartaban ni un instante de la princesa élfica.

El aire alrededor de la dragona estaba ligeramente más caliente de lo normal.

Aquello solo ocurría cuando intentaba contener emociones intensas.

Probablemente enfado. Otra vez. Y aun así…

ninguna elevaba la voz. Porque ni siquiera estaban hablando físicamente.

El bosque entero parecía escucharlas. Esperando.

Aquello habría sido casi cómico si no fuera tan intimidante.

Las dos daban miedo de maneras completamente distintas.

Séfora imponía. Faelidrin… permanecía. Y de alguna forma eso también resultaba aterrador. Me llevé lentamente una mano al rostro.

— Esto es absurdo… — murmuré para mí misma.