Capítulo XXIII - La hija de la dragona #3
El silencio volvió a llenar lentamente la cabaña viva.
Fuera, el viento movía suavemente las hojas de Safel.
Podía escucharlo. Podía sentir incluso pequeñas corrientes de energía recorriendo el árbol bajo nosotras.
Y por primera vez comprendí algo con absoluta claridad.
Los elfos no me estaban enseñando únicamente una forma distinta de alimentarme.
Me estaban enseñando disciplina. Paciencia.
Control. A no elegir siempre el camino más rápido solo porque era posible.
Y eso… probablemente era todavía más importante que la propia energía.
Séfora siguió observándome largamente. Notaba perfectamente que no estaba convencida.
Que seguía queriendo discutir. Probablemente una parte de ella quería obligarme directamente a aceptar.
Porque los dragones eran protectores por naturaleza.
Y verme debilitándome día tras día debía resultarle insoportable.
Sus enormes garras se tensaron apenas sobre el tronco.
— Sigues estando demasiado cerca del límite.
Su voz sonó más baja ahora. Más seria.
— Lo sé.
— Y aun así prefieres continuar sufriendo.
— Prefiero aprender correctamente.
Aquello produjo un silencio extraño entre ambas. Uno más profundo. Porque creo que las dos comprendimos algo en ese instante. Yo estaba cambiando. No físicamente. Más adentro.
La Siria que había despertado aterrorizada como vampira probablemente habría aceptado inmediatamente la ayuda.
Habría escogido sobrevivir primero. Sin pensar demasiado en el precio.
Pero ahora… Ahora empezaba a entender lo que Faelidrin intentaba enseñarme realmente.
Y aquello era muchísimo más inquietante de lo que parecía.
Porque significaba que empezaba a pensar un poco como los elfos.
Séfora debió comprenderlo también. Porque algo en su mirada cambió. Orgullo. Muy leve. Muy silencioso. Y también tristeza. Como si acabara de darse cuenta de que yo seguía creciendo… hacia lugares donde ella no siempre podría seguirme.
La dragona apartó ligeramente la mirada.
Y entonces noté algo extraño. Un pensamiento cruzó fugazmente su mente.
No llegó a compartirlo conmigo. Pero sentí el peso emocional que llevaba detrás.
Miedo. No un miedo inmediato. Algo más antiguo.
Más profundo. Como si estuviera pensando en otra pérdida.
En otra criatura a la que no pudo proteger completamente.
Valdrea. O quizá…todos los dragones que ya no existían.
La idea desapareció rápidamente. Séfora volvió a mirarme. Y esta vez ya no insistió.
— Entonces duerme, pequeña.
La forma en que pronunció “pequeña” consiguió deshacer parte de la tensión acumulada dentro de mí.
Suspiré lentamente. El cansancio regresó de golpe.
Muchísimo más fuerte ahora que la conversación empezaba a apagarse.
Sentía el cuerpo pesado otra vez. Demasiado pesado.
Séfora debió notarlo inmediatamente. Porque su voz se suavizó aún más.
— Descansa.
Sus enormes ojos azulados descendieron hacia mí con una ternura inmensa y peligrosa.
— Lo necesitas.
Asentí lentamente. Ya no tenía fuerzas ni para discutir. Pero entonces la dragona añadió algo más:
— Aunque esta noche…
Hubo una pequeña pausa.
— Recuéstate a mi lado.
Parpadeé suavemente.
— ¿Qué?
Una pequeña risa grave vibró dentro de la cabaña viva.
— No voy a dejar que sigas perdiendo calor sola.
Aquello me hizo sonreír apenas. Porque entendí inmediatamente lo que quería decir. Los dragones eran criaturas cálidas. Literalmente cálidas. Su temperatura corporal era muchísimo mayor que la humana. Y también muchísimo mayor que la vampírica.
Cuando volaba junto a Séfora durante las noches frías siempre terminaba sintiendo aquel calor inmenso envolviéndome. Un calor extraño. Protector. Antiguo. Como refugiarse junto a una montaña viva.
La dragona acomodó lentamente una de sus alas alrededor del borde exterior del árbol-cabaña.
— No puedo darte energía.
Sus ojos brillaron suavemente.
— Pero al menos puedo ayudarte a no gastar tanta.
Aquello me golpeó directamente el pecho. Porque esa era exactamente la forma de querer de Séfora. No era delicada como los elfos. Ni verbal como los humanos. Los dragones cuidaban sosteniendo. Protegiendo. Cubriendo con alas aquello que consideraban suyo.
Y por primera vez comprendí completamente algo. Aquello…aquello era un abrazo dragón.
Noté un pequeño nudo en la garganta.
— Me parece bien.
La dragona soltó aire lentamente, satisfecha. No añadimos más palabras durante unos segundos. No hacían falta.
Fuera, Safel seguía respirando lentamente alrededor de nosotras. El bosque parecía más tranquilo ahora. Como si incluso los árboles hubieran comprendido que la tormenta había terminado.
Me moví despacio sobre el lecho de hojas hasta acercarme más al lado donde descansaba Séfora.
El calor llegó inmediatamente. Suave al principio.
Después profundo. La diferencia de temperatura era tan grande que mi cuerpo reaccionó casi de inmediato relajándose.
Y comprendí entonces lo agotada que estaba realmente.
Muchísimo más de lo que quería admitir. Séfora observó mi reacción con atención.
— Mejor.
No era una pregunta. Asentí lentamente.
— Mucho.
La dragona cerró parcialmente los ojos. Parecía más tranquila ahora que podía verme descansando.
Y yo…yo también me sentía extrañamente tranquila. Protegida. Como si por unas horas pudiera dejar de ser Gilraen. Dejar de ser la elegida. La futura enemiga de Duncan. La mezcla imposible entre especies. Y simplemente…ser Siria. Solo Siria.
El silencio volvió lentamente. Pero ya no era incómodo. Era cálido. Cerré los ojos despacio. Y entonces noté algo más. La respiración de Séfora. Lenta. Profunda.
El árbol acompañaba aquel ritmo moviendo suavemente las hojas sobre nosotras.
Y durante un instante tuve la sensación extraña de que Safel entero estaba intentando acunarme.
Antes de quedarme dormida, un pensamiento cruzó lentamente mi mente. Faelidrin.
Me pregunté qué pensaría si me viera ahora mismo durmiendo junto a una dragona gigantesca como si fuera la cosa más normal del mundo.
Y, absurdamente…sonreí.
Después el cansancio terminó de arrastrarme.
Y apenas cerré completamente los ojos… el sueño me reclamó de inmediato.
Cada vez caía más rápido. Cada vez más profundo.
Como si mi cuerpo hubiera decidido recuperar de golpe todos los años en los que los vampiros no necesitaban dormir.
Y mientras el calor de Séfora me envolvía lentamente…por primera vez en muchos días… el hambre dejó de doler durante unas horas.