La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIII - La hija de la dragona #2
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Capítulo XXIII - La hija de la dragona #2

Sus ojos brillaron suavemente.

— Desde el momento en que acepté completamente que eras mi segunda hija… el vínculo apareció.

El silencio cayó lentamente entre nosotras. Y por primera vez desde que desperté como vampira…sentí algo parecido a pertenecer realmente a algún lugar. No por sangre. No por destino. Sino porque alguien había decidido elegirme igualmente. Noté un nudo extraño en la garganta.

— Entonces… ¿puedes hacer lo mismo con Valdrea?

La dragona asintió.

— Siempre.

Aquello me pareció increíble. Y hermoso. Y entonces otra idea golpeó mi cabeza de repente.

— ¿Y yo?

Séfora parpadeó.

— ¿Qué pasa contigo?

— ¿Yo también podré hacerlo?

La dragona me observó largamente. Pensando.

— Creo que sí.

Mi corazón dio un pequeño salto absurdo.

— ¿De verdad?

— Pero necesitarás aprender primero la parte dragón de lo que eres.

Fruncí ligeramente el ceño.

— ¿La parte dragón?

Séfora soltó una pequeña risa grave.

— Siria… eres Gilraen.

Aquella palabra seguía resultando enorme incluso después de todo.

— No perteneces solo a una especie.

Su voz se volvió más profunda.

— Las perteneces a todas.

Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda. Porque cada vez comprendía mejor lo que eso significaba realmente. No era solo aprender habilidades. Era cambiar. Transformarme. Convertirme poco a poco en algo que jamás había existido antes.

— La sangre de los dragones también forma parte de tu destino —continuó Séfora—. Y ahora además… Sus ojos azulados se suavizaron otra vez.

— Tienes una madre dragona.

Aquello me golpeó directamente en el pecho. Y antes de poder pensar demasiado en ello… hablé.

— Quiero aprender.

Séfora inclinó ligeramente la cabeza.

— ¿Aprender qué?

— Todo.

Respiré hondo.

— Quiero poder hablar contigo siempre.

La dragona soltó una especie de risa grave que hizo vibrar ligeramente las paredes del árbol.

— Pequeña…

Y ahí estaba otra vez. Aquella palabra. Pequeña. Normalmente me habría molestado. Pero cuando lo decía Séfora…solo conseguía hacerme sentir protegida.

— Primero necesitas recuperar tus fuerzas.

El entusiasmo que había empezado a crecer dentro de mí se apagó un poco. Porque una parte absurda de mi cabeza había imaginado que podría aprenderlo inmediatamente. Esa misma noche. Como si bastara con querer algo muy fuerte para conseguirlo. Bajé lentamente la mirada.

— De acuerdo…

Séfora me observó apenas un segundo antes de comprender exactamente lo que me ocurría. Siempre lo hacía.

— No te entristezcas.

Volví a mirarla. La dragona acomodó lentamente una de sus enormes garras junto al árbol-cabaña.

— Llevas aprendiendo sobre dragones desde hace mucho más tiempo del que crees.

Fruncí ligeramente el ceño.

— ¿Qué quieres decir?

— Que ya te he enseñado cosas.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

— Aunque no te dieras cuenta.

Eso me hizo parpadear confundida. Séfora continuó:

— Te enseñé a mirar el cielo. A comprender las corrientes de aire. A escuchar el viento antes de volar.

Sus ojos brillaron suavemente.

— Los dragones no dominamos el aire solo con fuerza. Lo entendemos.

Y entonces recordé todos aquellos vuelos.

Todas aquellas veces que Séfora me había explicado cómo cambiaban las corrientes.

Cómo leer tormentas. Cómo sentir la presión del aire antes de una caída.

En aquel momento pensé que solo intentaba enseñarme a sobrevivir volando.

Pero ahora comprendía que era algo más. Mucho más.

— Una de nuestras mayores habilidades es volar — continuó—. Pero volar no consiste únicamente en mover alas.

Sus ojos se clavaron en mí.

— Consiste en aprender cuándo debes luchar contra el viento… y cuándo dejar que te sostenga.

Y otra vez. Otra frase que claramente no hablaba solo de volar. Los dragones empezaban a parecerse muchísimo a los elfos en algo. Ambos enseñaban utilizando más significados de los que parecía. Resoplé suavemente.

— Todos habláis demasiado raro.

Séfora soltó una carcajada grave. Real. Y el árbol entero vibró levemente con el sonido.

— Eso es porque empiezas a entendernos.

Y, extrañamente…creo que tenía razón.

La dragona volvió a mirarme en silencio. Pero no era un silencio vacío.

Séfora nunca observaba de forma superficial. Notaba cómo me analizaba con los ojos… y también con la mente. Sentía su presencia rozando suavemente mis pensamientos, no invadiéndolos, sino recorriéndolos con la misma atención con la que un dragón estudia el cielo antes de emprender el vuelo.

Evaluándome. Midiendo cuánto quedaba de mí en pie. Y, probablemente, cuánto faltaba para que volviera a desplomarme. Sus enormes ojos azulados descendieron lentamente hacia mis manos temblorosas. Después volvieron a mi rostro.

— Siria… —dijo finalmente—. Quiero proponerte algo.

Hubo una pequeña pausa.

— Más bien pedirte un favor.

Aquello me sorprendió tanto que incluso olvidé el cansancio durante un instante. Parpadeé.

— ¿Un favor?

La palabra sonó extraña saliendo de labios de una reina dragona. Séfora rara vez pedía algo. Normalmente simplemente sabía lo que debía hacerse. Ella inclinó apenas la cabeza.

— Sí.

Esperó un momento antes de continuar. Como si estuviera escogiendo cuidadosamente las palabras.

— Los elfos solo te permiten absorber energía de aquello que no está vivo, ¿correcto?

Asentí lentamente.

— Sí.

— Ni animales.

— No.

— Ni plantas.

— No.

Sus ojos se estrecharon apenas.

— Solo viento, agua, piedra… ese tipo de cosas.

— Exacto.

La dragona soltó aire lentamente entre los colmillos. Entonces habló con una calma que me puso inmediatamente en alerta.

— Bien.

Se acomodó un poco más alrededor del árbol-cabaña.

— Absorbe energía de mí.

El silencio cayó de golpe. Parpadeé lentamente.

— ¿Qué…?

— Tengo energía suficiente para ambas.

Su voz era completamente seria.

— Y tú estás a punto de desfallecer otra vez.

Aquellas palabras atravesaron directamente el cansancio y encontraron algo mucho más peligroso dentro de mí.

Tentación. Porque tenía razón. Y lo peor era que ambas lo sabíamos.

Si había conseguido sentir durante unos segundos la energía del riachuelo…

la de Séfora sería muchísimo más fácil. La energía de la dragona era inmensa.

Ardiente. Viva. La sentía constantemente incluso sin intentarlo.

Era imposible no sentirla. Como estar junto a una hoguera gigantesca durante el invierno.

Mi cuerpo reaccionó inmediatamente a la propuesta.

El hambre despertó. No hambre de sangre.

Algo diferente. Necesidad. Vacío buscando llenarse.

Cerré lentamente las manos sobre las hojas del lecho para intentar controlar aquella sensación.

— Séfora…

La dragona continuó antes de que pudiera responder.

— No morirías de hambre.

Sus ojos seguían clavados en los míos.

— Recuperarías fuerzas.

Y entonces añadió algo todavía peor:

— Probablemente podrías hacerlo perfectamente.

Eso era exactamente lo que me aterraba. Porque tenía razón.

Podía hacerlo. Lo sabía. Mi cuerpo entero lo sabía.

La energía de Séfora prácticamente me llamaba.

Bastaría con alargar la mano. Respirar. Escuchar.

Y tomar. El pensamiento fue tan intenso que inmediatamente aparté la mirada.

No quería siquiera imaginarlo demasiado.

Porque cuanto más lo hacía… más razonable parecía.

Y eso era peligrosísimo. Suspiré lentamente.

— No puedo hacer eso.

La dragona frunció apenas el ceño.

— ¿Por qué no?

La miré otra vez.

— Porque sería hacer trampa.

Séfora soltó aire lentamente.

— Siria…

— No.

Negué con más firmeza esta vez.

— Los elfos fueron muy claros.

Mi voz salió más cansada de lo que quería.

— Debo aprender a alimentarme únicamente de aquello que no está vivo.

La dragona apoyó lentamente la cabeza sobre una de sus enormes patas delanteras.

— Pero yo te lo estoy ofreciendo.

Aquello hizo que dudara otra vez. Porque había algo muy distinto entre robar energía…

y recibirla voluntariamente. Y Séfora no solo me lo ofrecía.

Quería ayudarme. Quería protegerme. Quería evitar que volviera a sufrir.

El problema era precisamente ese. Que aceptarlo sería fácil.

Demasiado fácil. Bajé lentamente la mirada.

— No quitaría ninguna vida — continuó la dragona—. No habría daño real.

Y entonces añadió algo todavía más suave:

— Solo compartiríamos energía.

Mi corazón se tensó un poco. Porque entendía perfectamente lo que significaba eso para ella. Los dragones compartían. Protegían. Cuidaban mediante vínculos. Aquello era su forma de abrazar incluso antes de tocar. Pero aun así… Negué lentamente.

— Gracias, Séfora.

Levanté otra vez la mirada hacia ella.

— Pero sería fallar igualmente.

La dragona permaneció completamente inmóvil. Esperando. Y yo continué antes de perder el valor.

— Sería lo mismo que si decidiera convertirme en murciélago y salir a cazar un animal escondiéndome de los elfos.

La expresión de Séfora cambió apenas.

— No es lo mismo.

— Sí lo es.

Tragué saliva lentamente.

— Porque el problema no es solamente alimentarme.

Apoyé una mano sobre mi pecho.

— El problema es aprender.