Capítulo XXIII - La hija de la dragona
Esperé tumbada tal y como me había ordenado Faelidrin. Aunque “ordenado” no era exactamente la palabra correcta.
Los elfos no parecían dar órdenes de la misma forma que los humanos. Ni siquiera como Natasha. Faelidrin simplemente pronunciaba las cosas con una tranquilidad tan absoluta que el mundo entero parecía asumir que tenía razón. Y lo peor era que normalmente la tenía.
Suspiré lentamente.
El interior de la cabaña seguía respirando a mi alrededor. Las paredes de madera viva emitían pequeñas vibraciones suaves, como el ronroneo lento de una criatura gigantesca dormida bajo tierra. El árbol seguía despierto. Lo sentía. Y aquello todavía me parecía imposible.
Me acomodé mejor sobre el lecho de hojas mientras intentaba ignorar el vacío que seguía devorándome lentamente desde dentro.
El hambre había cambiado otra vez. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había cambiado aquella sensación.
Empezaba a resultarme agotador. Cuando creía que comenzaba a comprenderla, volvía a transformarse.
Y siempre era más intensa que antes. Ya no era aquella desesperación brutal de los vampiros recién transformados.
Ahora era algo más profundo. Más silencioso.
Más agotador. Como si mi cuerpo estuviera esperando algo que todavía no sabía darle.
Cerré los ojos. Intenté escuchar el bosque como Faelidrin me había enseñado.
El viento. El riachuelo. Las raíces bajo tierra.
Por un instante incluso conseguí sentir el sueño lento de los árboles.
Pero mi mente volvió rápidamente a otro lugar.
A Séfora. A su furia. A la forma en que el bosque entero había temblado cuando rugió mentalmente el nombre de Faelidrin. Y después…a Faelidrin. Otra vez.
Suspiré más fuerte. Aquello empezaba a ser ridículo.
Nunca me había costado tanto controlar mis pensamientos.
Y lo peor era que cuanto más intentaba no pensar en la princesa élfica…
más aparecía. Sus ojos marrones. Su calma imposible.
La forma en que seguía sosteniéndome incluso cuando discutía con una reina dragona.
Y aquella frase. “No quiero que muera.” Cerré los ojos con más fuerza.
El corazón me golpeó una vez demasiado fuerte contra el pecho.
Idiota. Ni siquiera sabía exactamente qué estaba sintiendo.
Solo sabía que cada vez que Faelidrin desaparecía entre los árboles… una parte de mí quería seguirla. Y eso era peligrosísimo.
Un sonido enorme interrumpió mis pensamientos.
Las ramas exteriores crujieron suavemente.
El aire cambió. Abrí los ojos inmediatamente.
Séfora estaba llegando. La dragona descendió entre las enormes copas de Ednilrae con una suavidad casi irreal para una criatura de su tamaño.
Sus alas azuladas apenas rozaron algunas ramas al plegarse lentamente.
El árbol vibró bajo su peso. Pero no con dolor.
Más parecido al esfuerzo de alguien sosteniendo algo inmenso con cuidado.
Comprendí entonces que Faelidrin había dicho la verdad.
Los demás árboles estaban ayudando. Podía sentirlo bajo tierra.
Raíces entrelazadas compartiendo fuerza unas con otras. Safel entero sosteniendo a Séfora.
La dragona aterrizó frente a la entrada de la cabaña y me observó unos segundos en silencio.
Y por primera vez desde que la conocía… parecía cansada.
No físicamente. Más profundo. Como si aquellas horas de preocupación hubieran pesado más que cualquier vuelo.
Sus enormes ojos azulados recorrieron mi rostro lentamente.
Comprobando. Asegurándose de que seguía viva. De que seguía allí. Finalmente habló.
— Querías hablar conmigo…
Su voz resonó grave dentro de la cabaña viva. Intenté incorporarme un poco más. Mala idea. El cuerpo volvió a protestar inmediatamente. Séfora lo notó. Siempre lo notaba todo.
— No te levantes — gruñó suavemente.
Y ahí estaba otra vez. Aquella mezcla extraña entre dragona aterradora y madre sobreprotectora. No pude evitar sonreír apenas.
— Desde la reunión con la reina Tiqueril desapareciste…
Séfora soltó aire lentamente entre los colmillos.
— Fui a Gardrenos a alimentarme.
Su voz se suavizó apenas.
— Y Valdrea se acercó a verme.
Aquello consiguió apartar mi mente de Faelidrin inmediatamente.
— ¿Pudiste verla?
La dragona asintió lentamente. Y algo cambió completamente en su expresión. Calidez. Orgullo. Una ternura inmensa y antigua. Era extraño ver emociones tan suaves en una criatura capaz de hacer temblar un bosque entero.
— ¿Cómo está?
Séfora acomodó lentamente el cuerpo alrededor del árbol-cabaña, intentando ocupar el menor espacio posible. Incluso así seguía pareciendo gigantesca.
— Bien.
Hubo una pequeña pausa.
— Preparándose para la guerra.
La alegría en su voz se mezcló con tristeza.
— Zurpa la está formando.
Fruncí ligeramente el ceño.
— Todavía no ha vivido ninguna guerra, ¿verdad?
— No.
Sus ojos se desplazaron un instante hacia las hojas exteriores de Ednilrae.
— Y ojalá hubiera podido seguir así más tiempo.
Aquella frase me atravesó suavemente. Porque comprendía perfectamente lo que quería decir. Nadie quería aprender sobre guerras. Simplemente terminaban alcanzándote.
— Pero está aprendiendo rápido — continuó Séfora—. Más rápido de lo que me gustaría.
Sonrió apenas. Una sonrisa cansada.
— Se parece demasiado a mí.
No pude evitar devolverle la sonrisa.
— Me alegro de que hayas podido verla.
La dragona guardó silencio. Luego añadió en voz más baja:
— La echaba muchísimo de menos.
Aquello hizo que algo cálido se moviera dentro de mi pecho.
Porque por un instante Séfora ya no parecía una reina dragona.
Solo una madre. Y comprendí algo importante.
Las criaturas más poderosas de Iria seguían sufriendo exactamente por las mismas cosas que todos los demás.
El miedo a perder. La distancia. El amor. Tragué saliva lentamente.
— ¿Cuándo noté tu conexión… ya estabas regresando?
Séfora me observó unos segundos.
— No.
Fruncí el ceño inmediatamente.
— ¿No?
— Estaba todavía en el extremo sur de Gardrenos.
Parpadeé confundida. Eso era imposible. Normalmente nuestra conexión mental solo funcionaba cuando estábamos relativamente cerca. Y Gardrenos estaba lejísimos.
— Entonces… ¿cómo…?
La dragona permaneció observándome en silencio. Y por primera vez desde que empezó la conversación… pareció ligeramente incómoda. Aquello me sorprendió muchísimo. Séfora rara vez dudaba antes de hablar. Finalmente soltó aire lentamente.
— Cuando vi a Valdrea… comprendí algo.
Sus ojos azulados se suavizaron apenas.
— Yo ya no tengo una sola hija.
Sentí el corazón detenerse un instante.
— Séfora…
Ella continuó antes de que pudiera decir nada.
— Te he visto nacer como Gilraen.
Su voz resonó más baja ahora. Más íntima.
— Te vi aterrorizada en aquel bosque cuando apenas entendías qué eras.
Las imágenes aparecieron inmediatamente en mi cabeza. El miedo. La sangre. La oscuridad. Séfora encontrándome. Salvándome. Guiándome.
— Y ahora te estoy viendo crecer.
Sus ojos se clavaron directamente en los míos.
— Y te he cogido muchísimo cariño, Siria.
Noté calor subir inmediatamente a mis mejillas.
Porque la verdad era que yo también llevaba tiempo sintiéndolo.
Muchísimo tiempo. Solo que nunca me había atrevido a ponerle nombre.
Séfora había estado ahí desde el principio.
Protegiéndome. Enseñándome. Cuidándome incluso cuando fingía no hacerlo.
Cuando me regañaba. Cuando me obligaba a aprender.
Cuando se enfadaba conmigo. Siempre estaba ahí.
Como…Como una madre. Aquello me golpeó con tanta fuerza que tardé varios segundos en responder.
— Yo…
La dragona apartó ligeramente la mirada.
Y aquella pequeña inseguridad resultó muchísimo más impactante que toda su furia anterior.
— No tienes que responderme.
Fruncí el ceño inmediatamente.
— ¿Qué?
— Entenderé que no sientas lo mismo.
Aquello me dolió más de lo esperado.
— Séfora…
Ella continuó hablando antes de que pudiera interrumpirla.
— Puedo verte como una hija sin necesidad de que tú me veas como una madre.
Me incorporé un poco más pese al cansancio.
— No es eso.
La dragona volvió a mirarme.
— Entonces, ¿qué es?
Tragué saliva lentamente. Y decidí ser sincera.
— Es simplemente que nunca había sabido ponerlo en palabras.
Silencio.
— Pero el sentimiento que tengo hacia ti es exactamente el mismo.
La expresión de Séfora cambió completamente.
No fue una sonrisa. Fue algo mucho más profundo.
Alivio. Y durante un instante volvió a parecer inmensa y peligrosa.
Pero ya no aterradora. Ahora parecía… hogar.
Noté algo cálido apretándome el pecho. Y entendí de golpe cuánto miedo había tenido de perderla durante todo el viaje sin admitirlo nunca.
— Entonces supongo que eres… mi madre falsa.
Séfora inclino ligeramente la cabeza.
— ¿Falsa?
— No me diste la vida. Pero aun así estás aquí.
Los ojos de Séfora se suavizaron apenas.
— Entonces la sangre no entiende realmente qué significa ser madre
Pero seguía sin comprender algo. Y aquello seguía girando dentro de mi cabeza.
— Aunque todavía no entiendo una cosa…
Séfora inclinó apenas la cabeza.
— ¿Cuál?
— ¿Qué tiene que ver eso con que pudieras sentirme desde tan lejos?
La dragona guardó silencio unos segundos. Luego habló lentamente.
— ¿Recuerdas lo que te expliqué sobre los vínculos de los dragones?
Asentí. Claro que lo recordaba. Los compañeros de vida. La conexión mental. La imposibilidad de ocultarse realmente entre ellos.
— La conexión con nuestros hijos es parecida.
Parpadeé sorprendida.
— ¿Parecida?
— Más débil.
Se acomodó lentamente alrededor de la cabaña.
— Podemos guardar secretos a nuestros hijos. Y ellos a nosotros.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
— Por suerte.
Eso me hizo reír suavemente.
— Pero si lo deseamos… podemos sentirlos desde la distancia.
Noté cómo mi corazón volvía a acelerarse lentamente.
— ¿Y comunicaros también?
— Sí.