La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXII - El bosque tembló #4
42%

Capítulo XXII - El bosque tembló #4

— Entonces… ¿esto es entrenar mi mente?

— No.

Parpadeé.

— ¿No?

— Es enseñarte que tu mente no eres tú.

Aquella frase me desconcertó completamente. Faelidrin se inclinó ligeramente hacia el riachuelo.

— Los pensamientos aparecen.

Sus dedos rozaron apenas el agua.

— El miedo aparece.

— La ira aparece.

Levantó la mirada hacia mí.

— Pero tú decides a qué le entregas atención.

Guardé silencio. Porque algo en aquellas palabras se quedó resonando dentro de mí.

Seguimos entrenando. Durante horas. Y poco a poco…

algo empezó a cambiar. No dejé de distraerme.

Pero cada vez tardaba menos en volver. Cada vez conseguía permanecer más tiempo escuchando realmente el bosque.

Cinco segundos. Luego diez. Luego un minuto.

Después varios. Y cuanto más conseguía hacerlo…

más hermoso se volvía Safel. Porque el bosque dejaba de parecer simplemente un lugar.

Y empezaba a sentirse como una inmensa red viva.

Los árboles intercambiaban energía entre sí.

El viento llevaba emociones diminutas de una criatura a otra.

El agua transportaba recuerdos del bosque entero.

Y por primera vez entendí algo importante.

Los elfos no vivían en Safel. Formaban parte de él.

Por eso Faelidrin podía parecer tan tranquila incluso frente a Séfora.

Porque nunca estaba sola. El bosque entero estaba con ella.

Aquella idea me produjo una extraña mezcla de admiración…

y celos. No entendía por qué celos. Y eso me molestó bastante.

Cuando el sol comenzó a descender entre las hojas, me di cuenta de algo.

Llevaba varios minutos escuchando el bosque sin distraerme. Sonreí levemente. Orgullosa.

— Lo estoy consiguiendo.

Faelidrin me observó unos segundos.

— Empiezas a conseguirlo.

Y ahí estaba otra vez. Aquella capacidad suya para convertir cualquier logro en “todavía no es suficiente”. Resoplé.

— ¿Alguna vez os parece suficiente algo?

La esquina de sus labios se movió apenas. Casi una sonrisa.

— Muy pocas veces.

Aquello, absurdamente, me hizo sentir ganas de seguir intentándolo. Y odié un poco que tuviera ese efecto sobre mí. Cuando finalmente dimos por terminada la lección, el bosque ya estaba teñido por la luz anaranjada del atardecer.

El camino de regreso fue silencioso. No incómodo. Simplemente tranquilo. Yo seguía agotada. Pero menos alterada. Como si escuchar el bosque hubiera calmado parte del caos dentro de mí. Cuando llegamos a mi árbol-cabaña, Faelidrin se detuvo.

— Debes descansar.

Asentí lentamente. Pero luego miré hacia arriba. Y después hacia el bosque.

— No voy a subir aún.

Ella frunció apenas el ceño.

— ¿Por qué?

— Porque tengo una conversación pendiente con Séfora.

Silencio. Faelidrin entendió inmediatamente a qué me refería.

— Puedes hablar con ella mañana.

Negué.

— No quiero.

Ella me observó unos segundos.

— Estás agotada.

— Lo sé.

— Necesitas dormir.

— Lo sé.

— Entonces sube.

— No.

Aquello la hizo suspirar apenas. Y por primera vez desde que la conocía… pareció ligeramente frustrada. Muy ligeramente.

— Siria…

— Tengo que hablar con ella.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba. Porque era verdad. Necesitaba hablar con Séfora. Necesitaba entender algunas cosas. Y también necesitaba que dejara de sentirse culpable.

Faelidrin me sostuvo la mirada varios segundos. Finalmente… cedió.

— Está bien.

Aquello me sorprendió. Ella apoyó lentamente una mano sobre el tronco del árbol. Y empezó a cantar en lengua élfica. El árbol respondió inmediatamente.

Las ramas comenzaron a moverse lentamente sobre nuestras cabezas. El tronco vibró suavemente. Otras raíces cercanas empezaron a conectarse con él bajo tierra.

Podía sentirlo. Los árboles estaban compartiendo fuerza. Compartiendo energía. Compartiendo espacio. La cabaña empezó a expandirse lentamente. Las paredes interiores crecieron hacia afuera. Nuevas ramas se entrelazaron formando una plataforma mucho más amplia.

Lo observé fascinada.

— El árbol reforzará su estructura con ayuda de los demás —explicó Faelidrin—. Habrá espacio suficiente para Séfora.

La miré sorprendida.

— ¿Harán eso solo porque lo pedisteis?

Ella negó levemente.

— Lo harán porque entienden que la dragona está preocupada.

Aquello volvió a dejarme en silencio. Porque incluso después de todo… Safel seguía ayudando a Séfora. Cuando terminó, Faelidrin apartó lentamente la mano del tronco.

— Pero tendrás esa conversación tumbada.

La miré.

— ¿Eso era una orden?

— Sí.

No pude evitar una pequeña sonrisa cansada.

— Cada vez sonáis más como Natasha.

— Eso ha sido un insulto bastante grave.

Solté una pequeña risa. Y ella…ella sonrió apenas. Muy apenas. Pero esta vez sí la vi claramente. Y sentí el corazón hacer algo completamente absurdo dentro de mi pecho.

Faelidrin volvió a recuperar enseguida su expresión tranquila habitual.

— Descansa mientras esperas a Séfora.

Asentí lentamente. Ella empezó a girarse para marcharse.

Y entonces sentí el impulso. Decirlo. Buenas noches.

Dos palabras absurdamente pequeñas. Pero importantes.

Porque de repente quería saber cómo sonaría eso entre nosotras.

Quería saber si ella respondería. Quería saber…

Demasiadas cosas. Abrí ligeramente la boca.

Y me detuve. Porque de repente todo aquello me pareció peligrosamente íntimo.

Demasiado. Así que no dije nada. Y ella tampoco.

Faelidrin se alejó entre los árboles sin despedirse.

Sin mirar atrás. Y aun así…yo seguí observando el lugar por donde había desaparecido durante varios segundos más de los necesarios. Muchísimos más.