Capítulo XXII - El bosque tembló #3
Aquello hizo que incluso Séfora se quedara quieta. Porque era la primera grieta real en la calma de Faelidrin. La primera emoción completamente visible.
— Por un instante pensé que había calculado mal.
Su voz seguía siendo baja. Controlada. Pero ya no completamente serena.
— Y odié esa posibilidad.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido. Faelidrin apartó la mirada por primera vez desde que había llegado Séfora.
— No quiero que muera.
Aquello no iba dirigido a la dragona. Iba dirigido a mí.
Y lo sentí. Demasiado. Séfora también lo sintió.
Sus ojos se estrecharon ligeramente. Como si acabara de darse cuenta de algo nuevo.
Algo peligroso. El bosque permanecía inmóvil ahora.
Escuchando. Esperando. Y yo…yo ya no sabía qué me asustaba más.
La ira de Séfora. O la forma en que el pecho me dolía cada vez que Faelidrin me miraba así.
La discusión terminó casi igual de rápido que había empezado. No porque el enfado desapareciera. Sino porque ambas comprendieron que continuar solo empeoraría las cosas.
Séfora resopló lentamente entre los colmillos.
El aire caliente salió de su garganta como humo azul.
Por primera vez desde que había llegado, apartó la mirada de Faelidrin.
Y aquello, extrañamente, resultó más intimidante que sus rugidos.
Porque ya no parecía una reina dragona furiosa.
Parecía una criatura intentando contener algo mucho más peligroso.
Dolor. Sus alas se plegaron lentamente contra el cuerpo.
El bosque entero pareció relajarse apenas. Solo apenas.
— Voy a descansar.
Su voz seguía sonando tensa. Grave. Demasiado grave. Intenté detenerla inmediatamente.
— Séfora…
La dragona giró apenas la cabeza hacia mí. Y por un instante volvió a aparecer la preocupación detrás de toda aquella furia.
— Luego, Siria… luego…
Aquella vez no sonó como una orden. Sonó como súplica. Y entonces se marchó. No alzó el vuelo. Simplemente avanzó entre los árboles. Gigantesca. Silenciosa.
El bosque se abría lentamente a su paso como si Ednilrae entero respirara con cautela alrededor de ella. La observé desaparecer entre las sombras verdes hasta que ya no pude verla.
Y solo entonces me di cuenta de algo. El claro había quedado completamente en silencio. Un silencio extraño. Tenso. Como si incluso los pájaros estuvieran esperando que algo más ocurriera.
Sentí el agotamiento volver lentamente a mi cuerpo ahora que la tensión comenzaba a desaparecer.
La debilidad seguía ahí. El hambre también.
Pero había otra cosa mezclándose con todo aquello.
Confusión. Muchísima. Porque la discusión acababa de dejar demasiadas cosas dentro de mí moviéndose a la vez.
Séfora había tenido miedo de perderme. Faelidrin había admitido que también.
Y yo… yo ya no sabía cómo mirar a la princesa élfica sin sentir que algo dentro de mí se alteraba.
Respiré hondo. Mala idea.
Seguir pensando en aquello solo hacía que el corazón me golpeara demasiado rápido contra el pecho. Decidí centrarme en algo más seguro. Las lecciones. Porque al menos eso tenía sentido. O intentaba tenerlo.
Me giré lentamente hacia Faelidrin. Ella seguía observando el lugar por donde Séfora había desaparecido.
Parecía tranquila. Pero ahora empezaba a notar pequeñas grietas en esa calma perfecta.
Su respiración era ligeramente más profunda.
Sus dedos estaban tensos apenas. Y sus ojos…
sus ojos seguían más oscuros de lo habitual.
— Faelidrin…
La elfa me miró inmediatamente. Y otra vez sentí aquella absurda sensación de que el mundo se estrechaba cuando sus ojos marrones se clavaban en los míos. Aparté la mirada antes de quedarme observándola demasiado tiempo. Otra vez.
— Quiero continuar las lecciones.
Ella no respondió enseguida. Esperó. Como si supiera que no había terminado. Y no había terminado.
— Porque sé que cuanto antes aprenda… antes dejaré de encontrarme así.
Me apoyé levemente contra el árbol más cercano. Todavía me costaba mantenerme mucho rato completamente recta.
— Y también porque sé que necesito todo lo que me estáis enseñando.
Silencio. El viento pasó lentamente entre las hojas.
— Pero…
Tragué saliva.
— También es verdad que sigo alterada por lo que acaba de ocurrir.
Eso era solo una parte. La parte sencilla.
La parte segura. No dije lo otro. No dije que cada vez que Faelidrin me miraba directamente me costaba más pensar con claridad.
No dije que la discusión me había afectado tanto precisamente porque verla en peligro frente a Séfora me había hecho sentir miedo.
No dije que empezaba a recordar demasiado ciertos detalles absurdos.
La profundidad de sus ojos. La forma pausada en que hablaba.
La suavidad peligrosa de su voz. El tacto cálido de su piel sosteniéndome cuando las piernas me fallaban.
No dije nada de eso. Porque primero necesitaba entenderlo yo.
Faelidrin permaneció observándome unos segundos más. Y entonces habló.
— Entonces la lección de hoy empezará precisamente ahí.
Fruncí ligeramente el ceño.
— ¿Ahí?
Ella asintió.
— Hoy aprenderás a encontrar calma en medio de la tormenta.
Aquella frase sonó muy élfica. Demasiado élfica. Y sospeché inmediatamente que iba a odiar aquella lección. No me equivocaba. Faelidrin me condujo hasta el riachuelo.
El mismo lugar donde había terminado desmayándome horas antes.
Solo que esta vez no me pidió absorber energía.
Ni practicar magia. Ni siquiera cerrar los ojos inmediatamente.
Primero me hizo sentar. Y escuchar. Simplemente escuchar.
Al principio me pareció absurdo. El bosque sonaba igual que siempre.
Agua. Viento. Hojas moviéndose. Pero entonces Faelidrin empezó a hablar.
— No escuches como humana.
Su voz era baja. Suave. Peligrosamente suave.
— Los humanos oyen sonidos. Los elfos escuchamos intención.
Fruncí ligeramente el ceño.
— Eso sigue sin tener demasiado sentido.
— Lo tendrá.
Se sentó frente a mí. El viento movió lentamente algunos mechones negros de su cabello. Y tuve que obligarme a apartar la mirada. Otra vez.
— Cierra los ojos.
Obedecí.
— Ahora escucha.
Respiré lentamente. El riachuelo. Las hojas. El viento. Nada más.
— No.
Abrí un ojo.
— ¿No?
— Sigues oyendo solamente ruido.
Suspiré.
— Entonces explicadme qué queréis exactamente.
Faelidrin guardó silencio unos segundos. Luego señaló algo detrás de mí.
— Escucha al jilguero.
Fruncí el ceño. Pero obedecí. Había un pequeño pájaro cantando entre las ramas. Nada extraño. Hasta que…algo cambió. No en el sonido. En la sensación. Empecé a notar pequeños impulsos emocionales detrás del canto. Nerviosismo. Entusiasmo. Deseo. Parpadeé sorprendida.
— Está…
Faelidrin esperó.
— Está intentando impresionar a otro pájaro.
La elfa asintió lentamente.
— No canta porque sí.
Volví a escuchar. Y esta vez empecé a notar más cosas.
El riachuelo no solo sonaba. Parecía feliz moviéndose entre las piedras.
El viento no solo atravesaba las hojas. Jugaba con ellas.
Los árboles…los árboles eran distintos. Ellos no emitían emociones rápidas.
Su energía era lenta. Profunda. Antigua.
Como enormes criaturas medio dormidas observando el paso del tiempo.
Y durante unos segundos…realmente conseguí escuchar el bosque como ella quería.
Fue hermoso. Y abrumador. Pero entonces mi mente se desvió. Otra vez.
La discusión. Séfora llena de ira. Séfora aterrorizada.
Faelidrin inmóvil frente a ella. La forma en que la princesa élfica no había retrocedido ni un solo paso.
Y entonces otros pensamientos empezaron a mezclarse también.
Demasiado personales. Demasiado cercanos.
La profundidad de sus ojos marrones. El movimiento lento de sus manos cuando explicaba algo.
Su cabello negro moviéndose con el viento.
El calor de su piel sujetándome antes de caer.
Abrí los ojos de golpe. El corazón me golpeaba demasiado rápido.
Faelidrin seguía observándome con aquella calma insoportable.
— Tu mente se dispersó.
Gruñí por lo bajo.
— Sí, gracias. Ya lo había notado.
Ella ignoró completamente mi tono.
— Otra vez.
Volví a cerrar los ojos. Intenté escuchar. Lo conseguí durante unos segundos. Luego mi mente volvió a desviarse. Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Faelidrin seguía reconduciéndome con una paciencia casi infinita.
— Vuelve al agua.
— Escucha el viento.
— No persigas los pensamientos. Déjalos pasar.
— No luches contra ellos.
— Escucha más profundo.
Cada vez que mi mente se dispersaba, ella me guiaba de vuelta al bosque. Y aquello empezó a desesperarme. Porque cuanto más intentaba concentrarme…más consciente me volvía de todo lo que estaba intentando ignorar.
El cansancio. El hambre. La discusión. Y ella. Especialmente ella.
Llegó un momento en que abrí los ojos bruscamente.
— ¡Esto es absurdo!
Mi voz resonó más fuerte de lo que pretendía. Algunos pájaros alzaron el vuelo.
— Esto no es necesario. Es una pérdida de tiempo.
Faelidrin no reaccionó. Ni siquiera pareció sorprendida.
— No lo es.
— ¿Ah, no?
— No.
Aquella calma empezó a irritarme todavía más.
— ¿Y para qué sirve exactamente quedarme sentada escuchando pájaros mientras Duncan gobierna Iria?
Sus ojos marrones permanecieron clavados en los míos.
— Es muy sencillo.
Su voz seguía siendo tranquila.
— ¿Acaso crees que cuando estés frente a Duncan no habrá motivos para que tu mente se disperse?
Aquello me hizo callar apenas un instante. Ella continuó.
— ¿Crees que el miedo no intentará romper tu concentración?
Una pausa.
— ¿Crees que el dolor no lo hará?
Otra.
— ¿Crees que la pérdida no lo hará?
Sentí algo tensarse dentro de mí.
— Para derrotarlo — continuó— necesitas una mente capaz de permanecer donde tú decidas. No donde tus emociones quieran arrastrarte.
El silencio cayó lentamente entre nosotras. Y odié que tuviera razón. Otra vez.
Bajé lentamente la mirada.