Capítulo XXII - El bosque tembló #2
A lo lejos, bandadas enteras de pájaros seguían atravesando el cielo verde de Safel huyendo en todas direcciones. Los árboles se inclinaban levemente hacia atrás. El bosque entero estaba reaccionando a la presencia de Séfora.
Y comprendí algo inquietante. Safel no estaba intentando expulsarla.
Se estaba preparando para soportarla. Faelidrin seguía sosteniéndome por el brazo.
Noté cómo la princesa élfica enderezaba apenas la espalda cuando Séfora se detuvo frente a nosotras.
No era exactamente desafío. Pero tampoco sumisión.
Las dos eran demasiado antiguas en espíritu para inclinarse fácilmente ante nadie.
El silencio se volvió insoportable. Séfora me observó primero. Sus ojos recorrieron mi rostro, mis manos temblorosas, mi dificultad incluso para mantenerme en pie. Y cuanto más me miraba… Más terrible se volvía su expresión.
— Estás consumida — gruñó finalmente.
Intenté responder algo. Faelidrin habló antes.
— Está aprendiendo.
Error. Lo sentí inmediatamente. Las pupilas de Séfora se estrecharon. El calor alrededor aumentó varios grados.
— Deja de repetir eso como si justificara cualquier cosa.
Su voz ya no resonaba solo dentro de mi mente. Ahora también vibraba físicamente alrededor. El tronco del árbol detrás de mí volvió a estremecerse. Faelidrin no retrocedió.
— La transformación exige adaptación.
— ¡NO CUANDO LA ESTÁ MATANDO!
El rugido sacudió el claro entero. Las hojas más altas temblaron violentamente. A lo lejos escuché movimiento entre la maleza. Elfos observando. Muchos. Ninguno se acercaba. Comprendí entonces que todo Ednilrae estaba pendiente de aquello. Faelidrin sostuvo la mirada de la dragona.
— No iba a morir.
— Se desmayó.
— Sí.
— ¡Y ESO TE PARECE ACEPTABLE!
La energía alrededor de Séfora se volvió sofocante. Sentí el aire arder en mis pulmones. Algunas flores cercanas comenzaron a marchitarse en los bordes.
Faelidrin respondió con la misma calma imposible:
—Lo habría sido si hubiera sido necesario.
El silencio posterior fue aterrador. Yo misma dejé de respirar un instante. Porque incluso yo sabía que aquella frase acababa de cruzar una línea peligrosísima. Las alas de Séfora se desplegaron parcialmente. El bosque entero crujió.
— Ten muchísimo cuidado con lo que dices, princesa élfica.
Faelidrin soltó lentamente mi brazo y dio un paso al frente.
— No estoy intentando provocarte.
— Entonces explícamelo mejor.
Por primera vez, la voz de la dragona dejó entrever algo más profundo que ira. Dolor.
— Explícame por qué Gilraen parece una sombra de sí misma.
Faelidrin guardó silencio unos segundos. No parecía buscar palabras. Parecía decidir cuánto revelar.
— Porque aún sigue aferrándose a ser vampira.
— Lo es.
— También es muchas otras cosas.
— Y una de ellas podría acabar muerta si sigues llevándola al límite.
— Precisamente por eso debo hacerlo.
Aquello hizo que incluso el viento pareciera detenerse. Séfora avanzó un paso. Gigantesco. Amenazador. Las raíces bajo sus patas se hundieron varios centímetros en la tierra húmeda.
— ¿Debes?
Faelidrin no se movió.
— Sí.
La dragona bajó lentamente la cabeza hasta quedar mucho más cerca de la elfa.
— Empiezo a pensar que los elfos confundís sabiduría con crueldad.
Aquello sí produjo algo en Faelidrin. Muy pequeño. Pero real. Sus ojos cambiaron apenas.
— Y yo empiezo a pensar que los dragones confundís protección con miedo.
El impacto de aquellas palabras fue inmediato. Sentí literalmente cómo la rabia explotaba dentro de Séfora. El aire se calentó de golpe. Las hojas más cercanas empezaron a secarse en las puntas.
— ¡NO VUELVAS A HABLARME DE MIEDO!
El rugido atravesó el bosque entero. Esta vez no solo huyeron animales.
Los árboles mismos tensaron su energía. Y entonces ocurrió algo que me dejó completamente helada.
El bosque respondió. No a Séfora. A Faelidrin.
Las raíces alrededor de la princesa élfica comenzaron a moverse lentamente.
No de forma agresiva. Protectora. Como si Safel entero hubiera decidido colocarse detrás de ella.
Los ojos de Séfora brillaron peligrosamente.
— ¿Ahora el bosque va a amenazarme?
— No.
La voz de Faelidrin seguía tranquila.
— Te está recordando dónde estás.
Aquello estuvo peligrosamente cerca de convertirse en un desastre. Lo sentí. La tensión era tan densa que parecía física. Y lo peor era que una parte de mí entendía a ambas. Séfora veía sufrimiento. Faelidrin veía aprendizaje. Y yo… Yo estaba atrapada exactamente en medio. Intenté hablar.
— Séfora…
La dragona ni siquiera apartó la mirada de Faelidrin.
— No, Siria.
Su voz se suavizó apenas al dirigirse a mí.
— Tú no tienes que defender esto.
Aquello me hizo fruncir el ceño inmediatamente.
Defender. Miré a Faelidrin. Seguía completamente inmóvil.
Pero ya no parecía fría. Parecía cansada.
No físicamente. Más profundo que eso. Como alguien acostumbrada a sostener decisiones difíciles aunque los demás la odiaran por ellas.
Y aquel pensamiento apareció en mi mente antes de poder detenerlo: No quería que Séfora la odiara.
La idea me desconcertó tanto que tardé unos segundos en volver a concentrarme en la discusión.
— No entiendes lo que estás viendo — dijo Faelidrin.
Séfora soltó una risa breve. Peligrosa.
— ¿Ah, no?
— No.
La princesa élfica señaló lentamente hacia mí.
— Mírala otra vez.
La dragona me miró. Y durante un instante vi cómo la furia se mezclaba otra vez con preocupación. Faelidrin continuó:
— Hace tres días no podía sentir la energía del bosque.
Silencio.
— Ahora puede sentir árboles, agua, viento… incluso emociones simples de las criaturas vivas de Safel.
Eso hizo que Séfora dudara apenas. Solo un segundo. Pero yo lo noté.
— Está cambiando demasiado rápido — gruñó finalmente.
— Porque debe hacerlo.
— ¡ES UNA NIÑA!
Aquello me ofendió inmediatamente. Hacía mucho que había dejado de ser una niña.
Muchísimo. El secuestro de Duncan había destruido aquella parte de mí hacía tiempo.
La muerte de mi padre. Mi transformación.
La guerra. El hambre. Idrál. Todo aquello me había obligado a crecer demasiado deprisa.
No entendía cómo Séfora podía seguir viéndome así.
Abrí la boca para responder. Faelidrin habló antes que yo.
— No.
Aquella respuesta llegó afilada. Precisa.
— Es Gilraen.
El silencio cayó otra vez. Y por primera vez desde que empezó la discusión… Faelidrin elevó ligeramente la voz. No mucho. Pero lo suficiente para que incluso el bosque pareciera escucharla.
— ¿Crees que Duncan le dará tiempo para crecer lentamente?
Cada palabra cayó como una piedra.
— ¿Crees que la guerra esperará a que se sienta preparada?
Séfora no respondió. Faelidrin dio un paso más.
— Yo también veo su sufrimiento.
Eso me sorprendió muchísimo. Porque era la primera vez que lo admitía tan claramente. Sus ojos marrones bajaron hacia mí apenas un instante. Y ahí estaba otra vez. Aquella preocupación silenciosa. Demasiado humana para alguien que parecía hecha de bosque y lluvia.
— Pero prefiero verla sufrir ahora…
Levantó otra vez la mirada hacia Séfora.
— …antes que verla morir cuando Duncan venga a por ella.
El claro entero quedó en silencio. Las palabras permanecieron suspendidas entre nosotras.
Y odié que tuvieran sentido. Séfora también lo entendió.
Lo vi en sus ojos. Y eso solo consiguió enfadarla más.
Porque ahora ya no podía limitarse a pensar que Faelidrin era cruel.
Ahora debía aceptar algo mucho peor. Que quizá tenía razón. La dragona bajó lentamente la cabeza.
— La estás rompiendo demasiado deprisa.
Faelidrin negó apenas.
— No.
Miró el bosque alrededor.
— La estoy obligando a descubrir qué partes de sí misma son reales.
Aquella frase me atravesó. Porque comprendí inmediatamente lo que quería decir.
La sangre vampírica. La magia. El hambre.
El sueño. Todo estaba mezclándose. Y yo ya no sabía dónde terminaba Siria y dónde empezaba Gilraen.
Séfora volvió a mirarme. Y entonces ocurrió algo inesperado. La furia en sus ojos se quebró apenas.
— Tienes miedo.
No supe a cuál de las dos se lo decía. Quizá a ambas. Faelidrin guardó silencio. Yo también. La dragona respiró profundamente. El aire caliente salió entre sus colmillos como humo azul.
— Cuando la encontré…
Su voz se volvió más baja. Más peligrosa precisamente por eso.
— Era una niña intentando sobrevivir entre monstruos.
Mi pecho se tensó.
— Cuando despertó como vampira, estuvo aterrorizada.
Otra pausa.
— Cuando aprendió a transformarse, creyó que estaba perdiéndose.
Sentí algo dentro de mí romperse un poco. Porque Séfora había estado allí en todos esos momentos. Siempre. Y nunca me había dado cuenta de cuánto había visto realmente.
— Y ahora llego aquí…
Sus ojos se clavaron otra vez en Faelidrin.
— …y la encuentro incapaz de mantenerse en pie.
Faelidrin tardó varios segundos en responder.
— Porque por primera vez está aprendiendo algo que no puede controlar.
Aquello hizo callar incluso a Séfora. La princesa élfica continuó más suavemente:
— Los vampiros dominan. Los dragones resisten. Los humanos construyen. Pero los elfos…
Sus ojos se desplazaron hacia el bosque.
— Los elfos escuchan.
El silencio volvió. Más tranquilo esta vez. Menos afilado. Y entonces Faelidrin dijo algo que me dejó completamente inmóvil.
— Siria lleva toda su vida sobreviviendo obligándose a ser fuerte.
Sus ojos marrones encontraron los míos.
— Pero nunca aprendió a recibir ayuda sin sentirse débil.
El golpe fue brutal. Porque era verdad. Completamente verdad. Y lo peor era que ella lo había entendido en apenas unos días. Desvié la mirada inmediatamente. Séfora me observó. Luego volvió a mirar a Faelidrin.
— Sigues llevándola demasiado lejos.
Faelidrin guardó silencio unos segundos. Y entonces dijo algo que cambió completamente el tono de la discusión.
— Cuando se desmayó…
La princesa élfica tragó saliva apenas. Apenas. Pero lo vi.
— Tuve miedo.