La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXII - El bosque tembló
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Capítulo XXII - El bosque tembló

Abrí los ojos lentamente, desorientada. Durante unos segundos no supe dónde estaba.

El techo sobre mí respiraba. Literalmente. Las hojas del árbol-cabaña se movían despacio sobre mi cabeza, dejando pasar pequeños fragmentos de luz verde y dorada. El aire olía a madera húmeda, savia y lluvia reciente.

Parpadeé varias veces. El claro. Faelidrin. El riachuelo. El hambre. Y entonces lo recordé. Me había desmayado.

La comprensión llegó de golpe, acompañada inmediatamente por otra sensación mucho peor. Vacío.

No tan brutal como antes de perder el conocimiento. No tan devastador. Pero seguía allí. El hambre seguía dentro de mí, desgastándome lentamente desde dentro. Como si alguien hubiera arrancado parte de mi energía… y hubiera dejado apenas la suficiente para que mi cuerpo continuara funcionando.

Me incorporé despacio. Los músculos protestaron inmediatamente.

Sentía el cuerpo extraño. Pesado. Más humano de lo habitual. Y aquello empezaba a asustarme más de lo que quería admitir.

Los vampiros no se agotaban así. Los vampiros no dormían así. Los vampiros no se desmayaban.

Apoyé una mano sobre el tronco interior del árbol y cerré los ojos unos segundos.

Entonces lo entendí. Me habían dado energía.

No demasiada. No suficiente para recuperarme.

Solo la justa para impedir que muriera. Aquello hizo que algo encajara dentro de mi cabeza.

Tiqueril nunca había querido matarme. Faelidrin tampoco.

No iban a dejarme morir. Porque yo era Gilraen.

La única posibilidad real que tenía Iria contra Duncan.

Pero también comprendí algo mucho más inquietante. No iban a evitar mi sufrimiento. Iban a llevarme al límite tantas veces como fuera necesario hasta que aprendiera. Y, de alguna manera… eso encajaba perfectamente con los elfos.

No eran crueles. Pero tampoco apartaban el dolor del camino. Respiré hondo. Mala idea. Incluso respirar seguía cansándome.

Miré hacia la abertura de la cabaña viva. Sabía que debía bajar. Faelidrin seguramente ya me estaría esperando en el claro. Y aun así… mi cuerpo se negaba.

No quería moverme. Quería quedarme allí. Dormir otra vez.

Desaparecer unas horas más dentro de aquella oscuridad tranquila donde el hambre dejaba de doler.

Y entonces…

— ¡SIRIA!

La voz explotó dentro de mi mente como un trueno. Di un pequeño respingo. Séfora. Noté inmediatamente su presencia mental. Abrumadora. Ardiente. Inmensa. Y completamente furiosa.

Abrí mucho los ojos.

— ¿Séfora…?

Durante unos segundos fui incapaz de comprenderlo. Creía que la dragona estaba lejos. Cazando en sus territorios del norte. No en Safel.

Pero ahí estaba su voz. Su mente llenó la mía de golpe, cálida como fuego vivo.

— ¡Siria! ¿Qué te ha pasado?

Su tono mezclaba demasiadas cosas a la vez: miedo, enfado, preocupación, y algo parecido al pánico. Nunca la había sentido así.

— ¿Por qué has desaparecido? — continuó—. Llevo horas intentando encontrarte.

Me quedé inmóvil. Entonces entendí algo importante. Safel. El bosque. La magia élfica.

Probablemente habían bloqueado parte de nuestra conexión mental durante esos días.

Y ahora Séfora acababa de volver a sentirme. Débil. Hambrienta. Casi rota.

— Yo… — tragué saliva—. Creo que me desmayé…

Silencio. Un silencio peligrosísimo. Y entonces:

— ¿Cómo que te desmayaste?

La furia de la dragona atravesó el vínculo mental como fuego. Pero no estaba enfadada conmigo. Eso lo sentí enseguida. El enfado iba dirigido hacia otra persona. Hacia alguien muy concreta. Faelidrin.

Cerré los ojos lentamente. ¿Cómo podía explicarle todo aquello? ¿Cómo explicarle el hambre? La energía. El miedo. La sensación constante de estar convirtiéndome en algo distinto. Las palabras no bastaban.

Así que hice algo que no había hecho nunca con Séfora.

Abrí mi mente. Y le mostré recuerdos. No todos.

Solo fragmentos. El riachuelo. Las lecciones.

Las palabras élficas. Mi caída. La debilidad.

El árbol ayudándome a levantarme. Las veces que Faelidrin me obligó a continuar aun viendo cómo me apagaba poco a poco.

Los recuerdos viajaron hacia Séfora como pequeñas llamaradas de imágenes y emociones.

Y cuanto más veía… Más aumentaba su furia. La sentía crecer. Como magma acumulándose bajo tierra. Las emociones de una dragona no eran humanas. Eran enormes. Antiguas. Devastadoras.

Y entonces ocurrió. El rugido mental de Séfora atravesó Safel entero.

— ¡FAELIDRIN!

El árbol bajo mis manos vibró violentamente.

— ¡TENEMOS QUE HABLAR!

El grito mental fue tan poderoso que no solo lo escuché.

Lo sentí. El aire tembló. Las hojas se agitaron bruscamente.

Y entonces comprendí algo todavía más increíble.

Podía sentir el bosque reaccionando. No verlo.

Sentirlo. Los pájaros alzaron el vuelo aterrorizados.

Los conejos desaparecieron bajo tierra. Los árboles tensaron su energía.

Incluso el viento pareció detenerse un instante.

Safel entero había escuchado a Séfora. Y no solo Faelidrin. También todos los elfos.

Sentí el corazón acelerarse.

— Séfora… — susurré mentalmente.

No respondió inmediatamente. Pero seguía sintiendo su ira.

Como fuego contenido detrás de una puerta demasiado pequeña.

Intenté incorporarme del todo. Mala idea.

Las piernas me temblaron inmediatamente.

Tuve que apoyarme otra vez sobre el árbol.

Y entonces sentí algo nuevo. El árbol estaba nervioso.

Aquello me dejó completamente quieta. No era imaginación.

La energía del árbol vibraba alterada por el rugido de la dragona.

Como un animal intentando decidir si huir o resistir.

Eso hizo que la magnitud de Séfora me golpeara de verdad.

Hasta ese momento yo la había visto como compañera, protectora, amiga.

Pero no pensaba suficiente en lo que realmente era.

Una reina dragona. Una criatura capaz de alterar un bosque entero con un solo pensamiento.

Tragué saliva lentamente. Y entonces sentí otra presencia acercándose.

Más ligera. Más silenciosa. Más profunda.

Faelidrin. Todavía no podía verla. Pero podía sentirla. Eso también era nuevo.

Su energía se movía entre los árboles de forma distinta a cualquier otra cosa.

No era fuego como Séfora.

Era…Agua oscura. Bosque nocturno. Silencio bajo la lluvia. La noté detenerse cerca de la entrada del árbol-cabaña. Y durante unos segundos nadie habló.

El vínculo mental con Séfora seguía ardiendo dentro de mí. Faelidrin permanecía completamente en calma.

Eso solo consiguió enfadar todavía más a la dragona.

— ¡EXPLÍCAME POR QUÉ SIRIA ESTÁ MURIÉNDOSE!

El segundo rugido mental fue aún peor. Las hojas del árbol temblaron violentamente. Yo misma tuve que cubrirme los oídos, aunque el sonido no fuera físico. Y entonces Faelidrin habló. No mentalmente. En voz alta. Tranquila.

— No se está muriendo.

Su voz atravesó el caos como agua sobre fuego.

— Está aprendiendo.

La furia de Séfora explotó inmediatamente.

— ¡SE HA DESMAYADO!

El vínculo mental ardió tanto que me dolió la cabeza.

Faelidrin no retrocedió. Ni siquiera elevó la voz.

— Sí.

Aquella respuesta fue un error. Lo supe inmediatamente. El aire alrededor del árbol empezó a calentarse. Literalmente. Séfora se estaba acercando. Muy rápido. Y muy enfadada. Intenté intervenir.

— Séfora, espera…

— Ahora no, Siria.

Su tono seguía sin ir contra mí. Pero estaba demasiado furiosa para escuchar.

Y, por primera vez desde que conocí a Faelidrin…

Sentí miedo real de lo que podía ocurrir entre ellas.

Porque ninguna iba a ceder fácilmente. Una era una reina dragona.

La otra… una princesa élfica criada en el corazón del bosque más antiguo de Iria.

Y las dos creían estar protegiéndome. Eso era precisamente lo peligroso.

Intenté bajar del todo del árbol-cabaña.

Necesitaba detener aquello antes de que empeorara.

Pero apenas di dos pasos cuando las piernas me fallaron.

Faelidrin reaccionó inmediatamente. Llegó hasta mí antes de que cayera.

Sus manos me sostuvieron con firmeza. Tibias.

Demasiado tibias.Y durante un segundo…El mundo se volvió absurdamente pequeño.

Solo ella y yo. Sus ojos marrones encontraron los míos.

Y ahí estaba otra vez. La preocupación. Más visible ahora. Más humana. Más peligrosa.

— No deberías levantarte tan rápido — dijo suavemente.

Quise responder. No pude. Porque justo en ese instante el bosque rugió. No fue Séfora. Fue Safel.

Miles de hojas se agitaron a la vez sobre nuestras cabezas. Las ramas crujieron tensándose como músculos antiguos. Los pájaros escaparon del dosel verde en bandadas desordenadas. A lo lejos escuché el sonido de pequeños animales huyendo entre raíces y arbustos.

Y entonces ella apareció. La dragona atravesó el bosque como una tormenta azul.

Sus escamas brillaban bajo la luz filtrada de Safel como brasas cubiertas de zafiro.

Cada movimiento suyo desplazaba aire caliente alrededor.

Las raíces crujían bajo sus garras. Las ramas se apartaban incluso antes de ser tocadas, como si el propio bosque entendiera que detener a una reina dragona era imposible.

Nunca la había visto así. No durante el viaje.

No en Idrál. Ni siquiera cuando hablaba de Duncan.

Aquello no era furia política. Era miedo convertido en ira.

Sus ojos estaban clavados directamente en Faelidrin.

Furia absoluta. Y debajo de ella… terror.

Porque acababa de verme débil. A mí. Gilraen. Y entonces comprendí algo estremecedor.

Séfora no estaba enfadada porque yo hubiera sufrido. Estaba furiosa porque había tenido miedo de perderme. La dragona avanzó otro paso hacia nosotras. El suelo vibró. Solo entonces me di cuenta de algo más.