La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXI - El hambre de los elfos #4
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Capítulo XXI - El hambre de los elfos #4

La pregunta salió antes de poder detenerla. Hubo silencio. El viento movió ligeramente las hojas sobre nuestras cabezas.

— No lo sé.

Eso me asustó más que cualquier número. Porque significaba que realmente podía morir. Y ella lo sabía.

Faelidrin apoyó una mano sobre la tierra.

— Por eso debes dejar de intentar absorber energía como vampira.

Fruncí el ceño.

— No sé hacerlo de otra manera.

— Exactamente.

Me señaló el riachuelo.

— Los vampiros toman.

Luego señaló el bosque.

— Nosotros recibimos.

Aquella diferencia parecía pequeña. Pero no lo era. Cerré los ojos lentamente. Intenté sentir el agua. La energía seguía allí. Cantando. Moviéndose. Pero cada vez que intentaba absorberla… desaparecía. Como si escapara de mí.

— Porque intentas atraparla — dijo Faelidrin suavemente.

Apreté los dientes.

— Pues explícame cómo hacerlo mejor.

Silencio. Abrí los ojos. Ella seguía mirándome con esa calma desesperante.

— ¿Te enfadas conmigo?

— Sí.

— Bien.

Parpadeé.

— ¿Bien?

— El enfado es más útil que la desesperación.

Eso me dejó callada. Faelidrin se acercó lentamente al riachuelo. Metió los dedos en el agua.

— Los humanos creen que la energía es poder.

La corriente rodeó suavemente sus dedos.

— Los vampiros creen que es necesidad.

Me miró.

— Los elfos creemos que es intercambio.

Aquella palabra quedó suspendida entre nosotras. Intercambio.

— Nada existe solo para ser tomado —continuó—. Ni siquiera el viento.

Volvió a cerrar los ojos. Y entonces lo sentí. La energía del riachuelo empezó a moverse hacia ella. No como una absorción. No como un robo. Más parecido a… un permiso.

El agua ofrecía parte de sí misma. Y Faelidrin la aceptaba. Sin violencia. Sin hambre.

Aquello era completamente opuesto a la naturaleza vampírica. Y quizá por eso me resultaba tan difícil. Pasaron horas. Intentándolo. Fallando. Otra vez. Y otra. Mi cuerpo empeoraba progresivamente.

A media tarde ya apenas podía mantener la concentración. Las palabras élficas empezaban a mezclarse en mi cabeza. Los sonidos del bosque parecían demasiado lejanos.

Y el hambre… el hambre había cambiado otra vez.

Ya no dolía. Ahora vaciaba. Como si alguien estuviera arrancando lentamente piezas de mí. Faelidrin debió notarlo. Porque interrumpió la lección.

— Descansa.

Negué inmediatamente.

— No.

— Siria.

— No.

La miré directamente.

— Si paro ahora… mañana será peor.

Por primera vez vi algo distinto en su expresión. Duda. No sobre mí. Sobre qué debía hacer. Finalmente habló.

— Entonces cambiaremos de lección.

Me senté junto al riachuelo intentando recuperar el aliento.

Faelidrin empezó a hablar. En lengua élfica.

Lenta. Clara. Obligándome a concentrarme.

Al principio pensé que seguiríamos practicando idioma.

Pero entonces entendí. Me estaba contando la historia de los elfos.

Descubrí que eran muchísimo más antiguos que los humanos. Muchísimo.

Safel ya existía cuando las primeras aldeas humanas apenas eran grupos dispersos alrededor del fuego.

Los elfos recordaban guerras que para los humanos eran solo leyendas.

Recordaban el nacimiento de ciudades desaparecidas.

El cambio de los ríos. Incluso épocas donde los dragones aún cruzaban el cielo en bandadas.

— ¿Y nunca habéis querido gobernar Iria? — pregunté agotada.

Faelidrin negó lentamente.

— Gobernar exige velocidad.

Fruncí el ceño.

— ¿Y?

— Nosotros vivimos demasiado tiempo.

Aquella respuesta me desconcertó. Ella continuó.

— Los humanos cambian rápido. Eso les permite sobrevivir.

Miró el bosque.

— Nosotros cambiamos despacio. Por eso permanecemos.

Guardé silencio. Porque empezaba a entender. Los elfos no conquistaban porque para ellos el tiempo funcionaba distinto. Una guerra humana podía durar una generación. Para ellos… apenas unos años. Seguimos hablando.

O mejor dicho, ella hablaba y yo intentaba no perderme entre las palabras élficas mientras mi cerebro parecía derretirse lentamente por el agotamiento.

Había momentos en que dejaba de entender frases completas.

Y entonces Faelidrin repetía. Sin impaciencia.

Sin burlas. Con una paciencia infinita. Eso me desesperaba aún más.

Porque quería hacerlo bien. Quería demostrarle que podía aprender.

Que no era solo una vampira intentando sobrevivir. El sol empezó a descender lentamente.

La luz dorada atravesaba el agua del riachuelo haciendo que pareciera líquida de fuego.

Y entonces ocurrió.

Estaba intentando sentir la energía del agua otra vez. Muy débilmente. Muy despacio. Y durante un segundo…lo conseguí.

Sentí una pequeña corriente entrar en mí. Ligera. Fría. Suave. Abrí los ojos sobresaltada.

— ¡Lo hice!

Faelidrin sonrió apenas. Apenas. Pero lo hizo. Y aquella pequeña sonrisa me golpeó el pecho de una forma completamente absurda. Intenté repetirlo inmediatamente. Error. La energía desapareció otra vez. Y el agotamiento regresó de golpe. Más fuerte. Mucho más fuerte.

El mundo empezó a desenfocarse. Parpadeé.

El riachuelo parecía demasiado lejano. Escuché la voz de Faelidrin.

Pero no entendí las palabras. Intenté responder.

No pude. El cuerpo dejó de reaccionar bien.

Y entonces comprendí algo aterrador. Había llegado al límite.

Intenté incorporarme. Mala idea. Todo giró.

La luz desapareció. El sonido del agua se distorsionó.

Durante un instante vi el rostro de Faelidrin acercándose rápidamente hacia mí. Sus ojos marrones ya no estaban tranquilos. Había miedo. Miedo real.

Por primera vez desde que me convertí… sentí miedo real de no volver a despertar.

Y eso fue lo último que vi, los ojos temerosos de la elfa.

Después…todo se volvió negro.