La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXI - El hambre de los elfos #3
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Capítulo XXI - El hambre de los elfos #3

Había siete palabras distintas para describir el sonido del viento entre diferentes tipos de hojas. Cinco formas de nombrar la luz dependiendo de cómo atravesara los árboles. Y ninguna palabra exacta para “posesión”. Eso me impresionó.

— ¿No tenéis una palabra para “mío”? — pregunté confundida.

Faelidrin tardó un momento en responder.

— Tenemos una palabra para “aquello que me acompaña”.

Eso me dejó callada.

— ¿Y cómo decís “esto es mío”?

Ella me miró directamente.

— Normalmente no lo decimos.

Aquello explicaba demasiadas cosas sobre los elfos. Muchísimas. Las horas siguieron pasando. Y el hambre empeorando.

Pero algo curioso empezó a ocurrir. Empecé a notar pequeñas vibraciones a mi alrededor. Primero el viento. Luego las piedras. Después el riachuelo cercano. No era energía como la de Faelidrin.

La energía de ella era cálida. Compleja. Profunda. La del viento era ligera. Rápida. Casi juguetona. La de las piedras era lenta. Antigua. Inmóvil. Y el agua…el agua parecía cantar.

Abrí los ojos bruscamente.

— Lo he sentido.

Faelidrin asintió levemente.

— ¿Qué era?

— El riachuelo.

— Bien.

Solo eso. Bien. Y aun así sentí una satisfacción absurda. Como una niña pequeña recibiendo aprobación. Aquello me molestó un poco. Y también me gustó demasiado.

El sol empezó a descender lentamente entre las hojas.

Yo estaba completamente agotada. En un momento intenté levantar una pequeña corriente mágica.

Ni siquiera apareció una chispa. Fue entonces cuando comprendí algo aterrador.

Mi magia estaba muriendo lentamente junto con mi energía.

Y el miedo volvió. De verdad. Faelidrin debió notarlo. Porque su voz se suavizó apenas.

— No está desapareciendo.

La miré.

— ¿Entonces por qué no puedo usarla?

— Porque intentas usar fuerza donde deberías usar equilibrio.

— No entiendo la diferencia.

— Lo harás.

Suspiré.

— Siempre respondéis eso.

— Porque siempre queréis entender antes de sentir.

Aquella frase se quedó flotando entre nosotras.

Y odié un poco que tuviera sentido. Al final del día seguía sin conseguir alimentarme.

Había aprendido a sentir. Pero no a absorber.

Y mi cuerpo estaba llegando al límite. Cuando emprendimos el camino de vuelta a la cabaña apenas podía caminar recta.

Tropecé dos veces. La tercera, Faelidrin me sujetó del brazo antes de caer.

Solo un instante. Pero bastó. Su mano estaba tibia.

Más de lo normal. Nuestros ojos se encontraron.

Y sentí algo extraño atravesarme el pecho.

Algo que no tenía nada que ver con el hambre.

Ella soltó mi brazo inmediatamente. Demasiado rápido. Seguimos caminando en silencio.

Cuando llegamos al árbol-cabaña, apoyé una mano sobre el tronco intentando recuperar el aliento.

Faelidrin me observaba. Y entonces lo vi.

Preocupación. Muy breve. Muy contenida. Pero real.

Aquello me asustó más que el hambre. Porque significaba que realmente estaba acercándome a un límite peligroso.

— Mañana lo conseguirás — dijo finalmente.

Quise creerla. Pero ya no estaba segura de poder hacerlo. Ella empezó a marcharse.

— Faelidrin.

Se detuvo.

— ¿Sí?

La observé unos segundos. La luz del anochecer atravesaba las hojas y se enredaba en su cabello oscuro.

— Gracias.

Hubo un pequeño silencio. Luego respondió algo tan bajo que casi no lo escuché.

— Aún no.

Y desapareció entre los árboles. Entré lentamente en la cabaña viva. El cansancio era insoportable. Me tumbé sobre las hojas sin fuerzas siquiera para pensar demasiado.

Pero antes de dormir…recordé sus ojos marrones. Y la forma en que me había sujetado antes de caer. Y por primera vez desde que llegué a Safel…el hambre dejó de ser lo único que dolía dentro de mí.

Un rayo de sol atravesó las hojas del árbol y se deslizó lentamente sobre mi rostro.

Eso fue lo que me despertó. No un ruido. No una voz. No un peligro. La luz. Abrí los ojos despacio y enseguida comprendí algo horrible. El día anterior había tenido razón. El tercero era peor. Mucho peor.

No fue una sensación inmediata. Fue una certeza lenta, aplastante, que se instaló en mi cuerpo apenas intenté moverme. No tenía fuerzas. Ni siquiera hambre. Había superado el punto del hambre normal. Mi cuerpo ya no protestaba con violencia vampírica. Ahora simplemente… se apagaba.

Intenté incorporarme. Los brazos me temblaron tanto que tuve que detenerme a mitad del movimiento. Respiré hondo. Error. Hasta respirar cansaba.

Me quedé quieta unos segundos observando el techo vivo de la cabaña. Las hojas se mecían suavemente con el viento exterior, proyectando pequeñas manchas de luz sobre las paredes de madera.

Todo era tranquilo. Demasiado tranquilo.

Y eso hacía que mi debilidad pareciera todavía más absurda.

Yo era vampira. Había sobrevivido al hambre.

A la transformación. Al miedo. A Azenor.

A Duncan. Y ahora estaba siendo derrotada por…

aprender a ser elfa. Solté una pequeña risa agotada. Sonó casi rota.

— Esto empieza a ser humillante…

Intenté mover las piernas. No respondieron bien. El cuerpo me pesaba demasiado.

Fue entonces cuando ocurrió. Las ramas del árbol empezaron a moverse.

Muy despacio. No con brusquedad. No como algo extraño o aterrador.

Más parecido a unas manos ancianas ayudando a levantarse a alguien querido.

Una rama descendió lentamente junto a mí.

Se colocó bajo mi brazo. Otra se apoyó suavemente en mi espalda.

Y entonces… me ayudaron a incorporarme. Parpadeé varias veces.

— ¿En serio…?

El árbol vibró suavemente. No era imaginación. Ya no. Ahora podía sentirlo. No solo notar movimiento. Sentir. Había algo dentro del árbol. No una mente humana. No con palabras. Pero sí intención. Cuidado. El árbol estaba cuidando de mí.

La idea me resultaba tan extraña que durante un instante olvidé incluso el agotamiento.

Me puse en pie con ayuda de las ramas. Las piernas seguían temblando. Otra rama descendió lentamente formando una especie de barandilla natural a mi lado. Me apoyé en ella. La madera estaba tibia. Como piel viva.

— Gracias… — susurré en lengua élfica.

Sentí inmediatamente una pequeña vibración recorrer el tronco.

Alegría. No sabía cómo explicarlo. Pero era eso.

Alegría. El árbol entendía mi agradecimiento.

Y se alegraba de haberme ayudado. Aquello me golpeó más fuerte de lo esperado.

Porque en Rea los árboles eran árboles. En Safel…

eran otra cosa. O quizá siempre habían sido otra cosa y los humanos simplemente nunca habían aprendido a escuchar.

Avancé lentamente hasta las escaleras. O mejor dicho…

hasta donde recordaba que estaban las escaleras.

Porque ya no lo eran. El árbol las había transformado otra vez en un tobogán curvo de madera suave.

Esperándome. Como si hubiera anticipado que hoy tampoco podría bajar sola. Eso me hizo sonreír débilmente.

— Creo que empiezas a conocerme demasiado bien…

El tronco vibró otra vez. Me dejé deslizar hacia abajo lentamente.

Cuando llegué al suelo tuve que quedarme quieta unos segundos para evitar caerme.

El mundo giraba un poco. Apoyé ambas manos sobre el tronco.

Cerré los ojos. Y esta vez lo sentí de verdad.

No solo movimiento. No solo vibraciones.

Energía. Lenta. Antigua. Profunda. El árbol estaba vivo de una forma que jamás habría imaginado.

Y no solo eso. Me estaba escuchando. Sentí algo parecido a un ronroneo recorrer la corteza bajo mis dedos.

Una respuesta. Como si aceptara mi agradecimiento.

Abrí los ojos lentamente. Y entonces la vi. Faelidrin. Esperándome a unos metros. No había escuchado llegar sus pasos. Probablemente porque los elfos no caminaban sobre el bosque. Parecía que el bosque los llevaba.

Su cabello negro caía sobre sus hombros como agua oscura. La luz del amanecer atravesaba las hojas y dibujaba reflejos verdes sobre su piel clara.

Y, absurdamente, incluso en aquel estado…mi pecho reaccionó al verla.

Eso me molestó bastante. Porque no tenía energía ni para mantenerme recta. Y aun así mi cuerpo seguía encontrando fuerzas para ponerse nervioso cerca de ella.

Faelidrin observó el árbol. Luego a mí. Después extendió una mano.

— Ven.

No preguntó si podía caminar. No preguntó cómo me sentía. Sabía la respuesta. Dudé apenas un segundo antes de aceptar su mano. Su piel estaba tibia. Más cálida que la mía. Mucho más. Y durante un instante sentí algo extraño recorrerme el cuerpo. No era energía. Pero sí… calma.

Ella empezó a caminar despacio. Ajustando el ritmo al mío.

Aquello me sorprendió más de lo que debería.

Porque Faelidrin jamás parecía hacer nada innecesario.

Y, sin embargo, estaba caminando lentamente solo por mí.

El bosque estaba especialmente silencioso aquella mañana.

O quizá era yo quien empezaba a percibir cosas distintas.

Notaba corrientes de energía débiles entre los árboles. Pequeñas vibraciones en el suelo. El movimiento del agua a lo lejos. Todo parecía conectado. Como una única respiración gigantesca.

— Estás empezando a escuchar — dijo Faelidrin de repente.

La miré confundida.

— ¿Escuchar qué?

— Safel.

Aquella respuesta habría sonado absurda en cualquier otro lugar. Allí no. Allí tenía sentido. Llegamos finalmente al claro habitual.

El riachuelo seguía cantando. Porque sí. Ya no podía pensar en él de otra forma. El agua realmente cantaba.  No con palabras. Con energía.

Faelidrin soltó mi mano lentamente. Y el frío regresó inmediatamente a mis dedos. Eso también me molestó.

Ella se sentó frente al agua.

— Hoy no aprenderás magia.

Solté una pequeña risa agotada.

— Eso es tranquilizador.

— Hoy aprenderás supervivencia.

La frase hizo desaparecer mi sonrisa. Faelidrin me observó unos segundos.

— Estás cerca del límite.

No intentó suavizarlo. Nunca lo hacía.

— ¿Cuánto tiempo me queda?