Capítulo XXI - El hambre de los elfos #2
Volvimos caminando lentamente entre los árboles. Yo iba agotada. Ella parecía no cansarse nunca.
En mitad del camino me detuve.
— ¿Por qué vos sois distinta?
Faelidrin no frenó inmediatamente. Luego giró apenas la cabeza.
— ¿Distinta cómo?
— El cabello. Los ojos. La piel…
Silencio. Por primera vez desde que la conocía pareció incómoda. Solo un instante.
— Los elfos creemos que algunos nacemos tocados por algo diferente.
— ¿Magia?
— Destino.
Eso me hizo sonreír levemente.
— Eso suena peligroso.
Ella me miró de reojo.
— Lo es.
Seguimos avanzando.
— ¿Y qué se supone que significa vuestro destino?
— No lo sé.
Una pausa.
— Los destinos importantes suelen entenderse demasiado tarde.
Aquella frase se me quedó clavada.
Cuando llegamos a la cabaña viva, mis piernas temblaban. Literalmente. Faelidrin lo notó. Pero no me ayudó. Y entendí que era deliberado. Quería que llegara sola.
Antes de entrar, la elfa apoyó la mano sobre el tronco del árbol. Susurró algo en el idioma de la magia. Las ramas se movieron lentamente. Pequeñas luces comenzaron a aparecer entre las hojas.
— ¿Qué es eso?
— El árbol sabe que estás débil.
Parpadeé.
— ¿Lo sabe?
— Claro.
Aquello seguía pareciéndome imposible. Entramos. El interior estaba cálido. Demasiado cálido. Me senté lentamente sobre el lecho de hojas. La cabeza me daba vueltas. Faelidrin seguía de pie observándome.
— ¿Y ahora qué?
— Ahora dormirás.
Solté una risa seca.
— Los vampiros no duermen.
Ella sostuvo mi mirada.
— Tú sí.
— Eso sigue sin tener sentido.
— Muchísimas cosas dejan de tenerlo cuando cambias.
La observé en silencio.
— ¿Vos también cambiasteis?
Esa pregunta sí la sorprendió. Lo vi claramente. Pero respondió.
— Todos cambiamos.
— No parece que os guste hablar de vos.
— No parece que a ti te guste escuchar ciertas respuestas.
Eso me hizo callar. Otra vez. Faelidrin se acercó finalmente a la entrada.
— Mañana será peor.
— Eso no ayuda demasiado.
— No pretendía ayudarte.
La miré. Y entonces añadió algo más suave:
— Pretendía prepararte.
Después salió. Sin ruido. Sin despedirse. Y me dejó sola con el hambre. Me tumbé lentamente. Mi cuerpo pesaba demasiado. El sueño volvió a acercarse. Pero antes de cerrar los ojos comprendí algo que no había querido aceptar.
Los vampiros tenían hambre de sangre. Los elfos tenían hambre de equilibrio. Y yo…yo estaba atrapada entre ambas cosas. Con el vacío creciendo dentro de mí.
Y con una elfa de ojos marrones enseñándome, poco a poco, que sobrevivir no siempre significa alimentarse. A veces significa aprender a vaciarte sin romperte.
Al día siguiente desperté antes de que Faelidrin viniera a buscarme. No fue un despertar normal. Fue más parecido a emerger lentamente desde el fondo de un lago oscuro.
Abrí los ojos y durante unos segundos no recordé dónde estaba. Sentía el cuerpo pesado. Extrañamente pesado. Como si cada hueso hubiera aumentado de tamaño durante la noche. Como si el propio árbol hubiera decidido colocar raíces dentro de mí mientras dormía.
Y entonces llegó el hambre. No de golpe. Peor. Lenta. Profunda. La debilidad empezó a extenderse por mi cuerpo como agua helada infiltrándose entre grietas. Respirar ya no era automático. Incluso mover los dedos requería un esfuerzo absurdo. Me incorporé muy despacio.
Las hojas que formaban el lecho se movieron suavemente bajo mi peso, acomodándose para facilitarme el movimiento. Aquello seguía pareciéndome imposible. Todo en Safel parecía vivo. Incluso las cosas que en otros lugares serían simples objetos.
Me quedé sentada un momento, intentando reunir fuerzas. No funcionó. El hambre vampírica era brutal. Violenta. Directa. Pero aquello…aquello era distinto. No era solo hambre. Era agotamiento. Vacío. Como si mi cuerpo estuviera olvidando lentamente cómo seguir existiendo.
Apoyé una mano sobre la pared interior del árbol y me puse de pie como pude. Las piernas me temblaron inmediatamente.
— Esto es ridículo… — murmuré para mí misma.
Di un paso. Luego otro. Llegué finalmente hasta la abertura donde comenzaban las escaleras naturales. Y me quedé paralizada.
El día anterior aquellas escaleras me habían parecido normales. Hermosas, incluso. Integradas perfectamente en el interior del árbol. Ahora parecían un precipicio. Miré hacia abajo. Demasiados peldaños. Demasiada distancia. Sentí vértigo.
Por primera vez desde que me convertí en vampira… tuve miedo de caerme de unas simples escaleras.
Apoyé la frente contra la pared viva del árbol y cerré los ojos unos segundos.
Podría quedarme allí. Esperar. Tal vez Faelidrin subiría a buscarme.
Pero incluso mientras ese pensamiento aparecía en mi mente…
supe que no sucedería. La elfa no me permitiría rendirme de esa manera.
Y, peor aún…yo tampoco quería rendirme. Porque sabía algo aterrador.
Si aquel segundo día estaba así…el tercero sería mucho peor.
Abrí los ojos lentamente. Y entonces se me ocurrió una idea. Una idea absurda. Muy absurda. Pero Safel entero parecía funcionar mediante cosas absurdas.
Miré el tronco del árbol frente a mí. Respiré hondo. Yo no sabía cantar a los árboles como los elfos. No sabía escuchar como ellos. No sabía vivir como ellos. Pero sí conocía el idioma de la magia. El idioma élfico.
El idioma que mi padre me había enseñado cuando todavía era una niña humana sentada junto al fuego en el castillo de Rea.
Recordé su voz corrigiendo mi pronunciación.
“Las palabras élficas no se lanzan, Siria. Se sienten.”
En aquel momento no lo había entendido. Ahora empezaba a hacerlo. Muy lentamente.
Apoyé una mano temblorosa sobre el tronco. La corteza estaba tibia. Eso seguía resultándome extraño.
— Necesito ayuda… — susurré en lengua élfica.
Las palabras sonaron torpes. Demasiado humanas. Esperé. Nada. Sentí una oleada de vergüenza absurda. Probablemente parecía una niña hablando sola con un árbol.
— No tengo energía para bajar… — continué, sintiéndome todavía más ridícula—. Y si no bajo… Faelidrin se enfadará conmigo.
Silencio. El árbol no reaccionó. O al menos eso pensé.
Cerré los ojos y seguí hablando. No con órdenes.
No con magia. Simplemente… hablando. Expliqué cómo me sentía.
El vacío. El cansancio. La sensación constante de estar rompiéndome poco a poco.
Y mientras hablaba…algo cambió. Lo sentí antes de verlo.
Una vibración suave bajo la palma de mi mano.
Abrí los ojos. Las escaleras estaban moviéndose. Retrocedí un paso por puro instinto.
La madera viva empezó a curvarse lentamente.
Los peldaños se unieron entre sí formando una superficie lisa y alargada.
Parpadeé. Un tobogán. El árbol acababa de convertir las escaleras en un tobogán.
Me quedé mirándolo completamente desconcertada.
Luego…no pude evitar reírme. Una risa débil. Agotada. Pero real.
— Gracias… — murmuré inmediatamente en lengua élfica.
La superficie del árbol vibró suavemente bajo mis dedos. Como un gato satisfecho. Eso me hizo sonreír todavía más.
Me senté con cuidado y me dejé deslizar hacia abajo.
Cuando llegué al suelo, las piernas casi me fallaron igualmente, pero al menos seguía viva.
Y entonces noté algo. Alguien me observaba.
Levanté lentamente la mirada. Faelidrin estaba a unos metros de distancia.
Quieta. En silencio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Tal vez lo había visto todo. Tal vez llevaba escuchándome hablar con el árbol desde el principio.
Sentí calor en las mejillas inmediatamente.
— Yo… —empecé.
Ella levantó ligeramente una mano. No para detenerme. Solo como gesto tranquilo. Y entonces vi algo extraño en su expresión. Orgullo. Muy leve. Casi invisible. Pero estaba ahí. Como si hubiera aprobado algo importante. Solo duró un instante. Después volvió esa calma suya imposible de leer.
— El árbol te ayudó — dijo.
Asentí lentamente.
— Creo que sí.
— No.
Sus ojos marrones se clavaron en mí.
— Lo hizo.
Aquella afirmación me recorrió la piel de forma extraña. Faelidrin empezó a caminar.
— Ven. Hoy será más difícil.
Suspiré.
— Eso empieza a convertirse en vuestra frase favorita.
— Y tú empiezas a sobrevivir más tiempo.
No supe si aquello pretendía ser amable.
Con ella nunca estaba segura. La seguí por el bosque.
Aquel día Safel parecía distinto. O quizá era yo quien estaba cambiando.
Empezaba a notar pequeñas cosas. La forma en que el viento rodeaba ciertos árboles.
Cómo algunas hojas parecían girarse hacia Faelidrin cuando pasábamos.
Cómo el bosque entero reaccionaba a su presencia.
Y también empezaba a notar otra cosa. El agotamiento volvía mis emociones más intensas.
Todo me afectaba demasiado. La luz. Los sonidos.
La cercanía de la elfa. Cuando llegamos al claro, apenas podía mantenerme recta. Faelidrin lo notó inmediatamente.
— Hoy no practicaremos magia primero.
Asentí agradecida. El día anterior casi había colapsado intentando lanzar hechizos sin energía. La elfa se sentó frente a mí sobre una raíz cubierta de musgo.
— Cierra los ojos.
Obedecí.
— ¿Qué sentís? —preguntó en lengua élfica.
Tardé un segundo en comprender la frase. Me estaba hablando completamente en su idioma. Abrí los ojos.
— Eso no es justo.
— La guerra tampoco lo es.
Volví a cerrarlos con un suspiro. Intenté responder en élfico. Mi pronunciación seguía siendo torpe.
— Siento… viento.
Faelidrin corrigió inmediatamente una palabra. Luego otra. Después otra. Cada vez que fallaba, me hacía repetir la frase completa. Y pronto comprendí algo terrible. Mantener una conversación en lengua élfica requería casi tanta concentración como lanzar magia. Especialmente agotada.
— Otra vez — dijo.
Gruñí por lo bajo. Ella fingió no oírlo. Pasaron horas así. Escuchando. Repitiendo. Corrigiendo. Aprendiendo. Faelidrin me enseñó palabras antiguas relacionadas con la naturaleza. Conceptos que los humanos ni siquiera tenían.