Capítulo XXI - El hambre de los elfos
Por la mañana siguiente me despertaron unos golpes suaves. No eran fuertes. Ni urgentes. Pero resultaban extraños. Rítmicos. Huecos. Tardé unos segundos en comprender qué estaba oyendo.
Alguien estaba llamando a la puerta. Solo que allí no había puertas.
Los golpes provenían directamente del tronco del árbol. Como si alguien hubiera decidido fingir que aquella pared viva era madera cortada y no un ser antiguo respirando bajo mis manos.
Abrí los ojos lentamente.
La luz atravesaba las hojas de la cabaña en tonos verdes y dorados. El aire olía a humedad, corteza y algo dulce que no sabía identificar. Durante un instante no recordé dónde estaba.
Luego volvió todo de golpe. Safel. Tiqueril. El precio. Y el hambre.
Me incorporé despacio. Noté el cuerpo extraño. Más pesado. Más lento. Como si hubiera dormido demasiado. Y eso era imposible. Los vampiros no necesitaban dormir. O al menos… yo no lo había necesitado desde mi transformación.
Entonces comprendí algo inquietante. Había dormido de verdad. No había sido reposo. Había sido sueño.
Los golpes volvieron a sonar.
Me di cuenta entonces de otra cosa. Seguía sola. Séfora aún no había regresado desde la reunión con Tiqueril.
Aquello me extrañó más de lo que quería admitir. Durante todo el viaje me había acostumbrado a sentirla cerca. A veces hablando. A veces simplemente existiendo en algún punto del cielo o del bosque. Pero allí no estaba.
Y el silencio de Safel era demasiado distinto al de Rapovims. En Idrál el silencio observaba. En Safel… escuchaba.
Descendí por la escalera natural que el árbol había formado durante la noche. Seguía costándome aceptar aquello. Las paredes respiraban levemente. La madera no estaba muerta. Sentía pulsaciones suaves bajo los dedos.
Cuando llegué abajo, la vi. Y el mundo volvió a detenerse un instante. Faelidrin.
La luz de la mañana atravesaba las hojas y caía sobre su cabello negro. No reflejaba el sol como el de los otros elfos. Lo absorbía. Sus ojos marrones parecían más claros de día, cálidos de una forma peligrosa.
Me quedé mirándola más tiempo del apropiado. Ella lo notó. Pero no dijo nada. Eso lo empeoró.
— Majestad… — murmuré finalmente.
Faelidrin inclinó apenas la cabeza.
— Gilraen. Vengo por tu formación.
Su voz era tranquila. Siempre tranquila. No fría. Pero tampoco cercana. Como un río profundo.
— ¿Seréis vos quien me enseñe?
— Así es.
Sentí demasiadas cosas a la vez. Alivio. Nerviosismo. Curiosidad. Y algo más difícil de nombrar. Algo que empezaba a aparecer cada vez que ella me miraba directamente.
Me aparté un mechón de cabello detrás de la oreja para disimular el desconcierto.
— Entonces… supongo que debería sentirme honrada.
— ¿Lo supones?
Parpadeé. No esperaba la pregunta. Ella me observó unos segundos.
— Los humanos suelen decir cosas que no sienten para resultar educados.
— No estaba intentando mentir.
— Entonces no uses “supongo”.
Aquello me dejó callada. Faelidrin empezó a caminar.
— Ven.
La seguí entre los árboles.
El bosque de día era distinto al de la noche. Más luminoso. Más inmenso. Los rayos de sol descendían entre las ramas como columnas doradas. Algunas hojas brillaban ligeramente cuando el viento las rozaba.
Y entonces vi algo extraño. El árbol junto al que pasábamos comenzó a mover lentamente una de sus ramas. No por el viento. Hacia Faelidrin.
Ella rozó las hojas con la punta de los dedos mientras seguía caminando.
— ¿Lo has visto? — preguntó sin girarse.
— Sí…
— ¿Y?
— En Rea los árboles no hacen eso.
— En Rea los humanos dejaron de escucharlos hace siglos.
No supe qué responder.
Seguimos avanzando hasta llegar al mismo claro donde había conocido a Tiqueril. O eso creía. Porque allí nada parecía exactamente igual dos veces. El bosque cambiaba constantemente pequeñas cosas.
La posición de las flores. Las raíces. La luz. Como si el lugar respirara.
Y fue entonces cuando el hambre regresó. Brutal. Más rápida que cualquier otra vez. El vacío me atravesó el pecho de golpe. Me tambaleé apenas.
Faelidrin lo notó inmediatamente.
— Ya lo sientes.
No era una pregunta. Asentí lentamente.
— Anoche me alimentasteis… y aun así tengo hambre otra vez.
Ella se sentó sobre una raíz elevada y me indicó que hiciera lo mismo.
— Es natural.
— No lo entiendo. Cuando bebía sangre podía aguantar días.
— Porque la sangre vampírica no alimenta igual que la energía élfica.
Fruncí el ceño.
— ¿Es más débil?
— No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
— Es más constante.
Eso me confundió todavía más. Faelidrin apoyó una mano sobre la raíz.
— Los vampiros consumís grandes cantidades de energía de golpe.
Sus ojos se clavaron en los míos.
— Nosotros no acumulamos. Fluye.
Guardé silencio.
— Los humanos lo llaman desayuno, comida y cena — continuó—. Nosotros solemos alimentarnos tres veces al día.
— Eso suena terriblemente humano.
Por primera vez vi algo parecido a una sonrisa mínima en sus labios. Desapareció rápido.
— Los humanos copian muchas cosas sin saberlo.
Me llevé una mano al pecho. El hambre dolía distinto allí. No era sed de sangre exactamente. Era vacío.
— ¿Y si no aprendo rápido?
Faelidrin me sostuvo la mirada.
— Entonces morirás.
Así. Sin crueldad. Sin dramatismo. Solo la verdad. Y eso seguía siendo peor. Tragué saliva.
— Entiendo…
— No. Aún no.
Se levantó lentamente.
— Pero empezarás a entenderlo hoy.
El entrenamiento comenzó con algo aparentemente simple.
Respirar. Lo odié de inmediato.
— Respiras demasiado rápido — dijo Faelidrin.
— No estoy respirando rápido.
— Sí.
Fruncí el ceño.
— ¿Cómo podéis saberlo?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
— Porque el bosque empezó a tensarse cuando llegaste.
Eso me hizo mirar alrededor. Los árboles seguían inmóviles. Pero por primera vez tuve la sensación de que realmente reaccionaban a nuestra presencia.
— Cierra los ojos.
Obedecí.
— Siente primero mi energía.
Respiré lentamente. Nada. Otra vez. Nada. Intenté concentrarme como ella me indicaba. El viento. La luz. La vibración del suelo. Nada. Solo hambre. Y frustración.
— Lo estás intentando como vampira —dijo ella.
Abrí los ojos.
— ¿Y cómo debería intentarlo?
— Como Siria.
Eso me irritó más de lo esperado.
— No sé qué significa eso.
— Por eso estás aquí.
Volví a cerrar los ojos. Horas. Pasaron horas. Lo sé porque la luz cambió varias veces entre las hojas. Y yo seguía sin conseguir nada. Faelidrin nunca perdió la paciencia. Eso empezaba a desesperarme todavía más.
— No la persigas — decía.
— La estoy sintiendo.
— No. Estás intentando atraparla.
— ¿Y qué se supone que haga?
— Escuchar.
Abrí los ojos de golpe.
— ¡Eso no significa nada!
El bosque quedó en silencio. Silencio real. Faelidrin me observó unos segundos. No enfadada. Eso era peor.
— Significa exactamente eso.
Me levanté bruscamente.
— En Idrál las cosas eran más sencillas.
— No.
— Sí.
— En Idrál aprendías a controlar algo que ya eras.
Sus ojos marrones no se apartaban de mí.
— Aquí aprenderás a convertirte en algo distinto.
Eso me dejó quieta. Porque tenía razón. Y lo odiaba un poco por eso. El hambre siguió aumentando. Con ella llegaron otras cosas. Debilidad. Dolor de cabeza. La magia empezó a responder peor.
Lo descubrí cuando Faelidrin decidió cambiar de lección.
— Muéstrame tu magia.
Eso al menos me tranquilizó un poco. La magia era conocida. Segura. Pronuncié una palabra élfica sencilla. Nada ocurrió. Fruncí el ceño. Lo intenté otra vez. Una chispa mínima. Patética.
Faelidrin no pareció sorprendida.
— Tu energía y tu magia están unidas.
Respiré hondo.
— Eso ya lo sabía.
— No. Lo intuías.
Aquello me molestó.
— Hay diferencia.
— Mucha.
Me pidió repetir hechizos básicos durante horas.
Al principio funcionaban débilmente. Después peor. Finalmente, ni siquiera logré encender una pequeña llama. El miedo empezó ahí. De verdad. Porque la magia había sido constante toda mi vida. Incluso después de convertirme. Pero ahora… Desaparecía.
— No me gusta esto… — murmuré.
— Bien.
La miré.
— ¿Bien?
— El miedo obliga a escuchar.
Quise responder algo. No tuve fuerzas. Me senté sobre la hierba. El hambre empezaba a volverse insoportable. No como vampira. Como algo más primitivo. Vacío absoluto.
— Faelidrin…
Ella se acercó despacio.
— ¿Sí?
— Creo que no puedo hacer esto.
Silencio. Esperaba ánimo. Esperaba compasión. Esperaba algo. Pero ella solo preguntó:
— ¿Qué parte?
La miré confundida.
— ¿Qué?
— ¿No puedes aprender?
Una pausa.
— ¿O no puedes soportar sentirte débil?
Eso dolió más de lo esperado. Porque ambas sabíamos la respuesta. Aparté la mirada.
— En Idrál mejoraba rápido.
— Porque el poder vampírico se parece a la fuerza.
Se sentó frente a mí. Muy cerca. Demasiado cerca.
— La energía élfica no funciona así.
El viento movió ligeramente su cabello negro.
— No se conquista.
Bajó la voz apenas.
— Se permite.
No entendí del todo las palabras. Pero algo dentro de mí sí las entendió. Y eso era aún más inquietante. Seguimos hasta que la luz empezó a apagarse.
Finalmente… Lo sentí. Solo un instante. Una vibración suave bajo la piel. Como calor lejano.
Abrí los ojos bruscamente.
— ¡Lo he notado!
Faelidrin asintió.
— Sí.
Mi corazón empezó a acelerarse.
— ¿Era vuestra energía?
— Solo una parte.
Quise volver a intentarlo inmediatamente. Pero desapareció. Como agua entre los dedos. La frustración volvió con violencia.
— ¡No puedo retenerla!
— Porque sigues pensando como vampira.
— ¿Y cómo piensa un elfo?
Ella me observó largamente.
— Más despacio.
La noche empezó a caer sobre Safel. Las hojas cambiaron de color bajo la oscuridad. El bosque parecía respirar distinto. Y yo apenas podía mantenerme en pie. Faelidrin finalmente habló:
— Terminaremos por hoy.
Me levanté rápidamente.
— Pero aún no he conseguido alimentarme.
— Lo sé.
— Entonces no podemos parar.
— Sí podemos.
Fruncí el ceño.
— Estoy hambrienta.
— Mañana lo estarás más.
Eso me heló.
— Faelidrin…
— Mañana tendrás más motivos para aprender.
La miré incrédula.
— Eso es cruel.
Ella tardó unos segundos en responder.
— Sí.
No hubo disculpa. No hubo justificación. Solo verdad. Y, extrañamente… Eso hizo que confiara más en ella.