Capítulo XX - El precio de la raíz
Después de caminar durante un tiempo que seguía sin saber medir, el bosque cambió otra vez. No en forma; sino en intención.
Los árboles comenzaron a separarse de manera más ordenada, como si obedecieran a un diseño que no era visible pero sí evidente.
El suelo dejó de ser irregular, ya no había raíces que obligaran a corregir el paso constantemente.
La luz, tenue hasta entonces, empezó a filtrarse con mayor claridad, como si alguien hubiera decidido que era momento de ver… o de ser visto.
Y entonces llegamos. Un claro. No especialmente grande. No imponente. Pero… correcto. Como si no hubiera sido creado. Como si siempre hubiera estado ahí esperando ese momento exacto.
En el centro, al fondo, había una elfa. No necesitaba corona. No necesitaba alzar la voz. El bosque ya la reconocía como reina. A su izquierda, ligeramente retrasada, otra elfa. A su derecha, un elfo. Detrás de ellos, formando una media luna abierta… muchos más.
No estaban alineados como un ejército. No estaban tensos. Pero tampoco relajados. Eran… presencia.
Mi mirada, sin permiso, se deslizó hacia la elfa de la izquierda. Y se detuvo. No fue una decisión. Fue algo más parecido a una caída. Era distinta. Tan distinta que por un instante dudé si realmente pertenecía a ese lugar.
Más alta. Más esbelta. Su piel no tenía el tono terroso del resto.
Era más clara. Y su cabello… Negro. No oscuro.
Negro. Como el azabache. Como la noche cerrada sin estrellas.
Sus ojos eran marrones. Pero no de un marrón apagado.
Eran cálidos. Vivos. Humanos. Y eso… no encajaba. O tal vez encajaba demasiado.
Sentí algo extraño en el pecho. No era incomodidad. No era amenaza. Reconocimiento. Como si hubiera encontrado algo que no sabía que estaba buscando. Y fue entonces cuando me di cuenta.
Nos habíamos acercado. Demasiado. La reina estaba hablando. Y yo no la había escuchado empezar.
— Bienvenida a Ednilrae, Séfora, reina de los dragones de gran inteligencia.
Su voz no era fuerte. Pero no necesitaba serlo.
El bosque la sostenía. Parpadeé. Ednilrae.
La capital. ¿Cuándo…? No recordaba haber cruzado ninguna frontera.
No recordaba haber visto ningún cambio. No recordaba haber visto ninguna casa.
No recordaba haber visto ningún hogar. ¿Cómo podíamos estar en la capital si no había hogares?
Y, sin embargo, estábamos allí. Entendí. No se entra en Ednilrae. Ednilrae decide cuándo has llegado. Aunque seguía preguntándome donde debían vivir los elfos.
— Muchas gracias, Tiqueril, reina de los elfos de gran astucia —respondió Séfora con la misma calma.
No había tensión en su voz. Pero sí respeto. Uno antiguo. Ese respeto era muy parecido al que había mostrado con Natasha. Un saludo parecido, pero diferente.
— He oído lo sucedido — continuó la reina —. Así que nos traes a Gilraen.
No era una pregunta.
— Así es — respondió Séfora—. Ya ha estado en Idrál. Ahora buscamos que adquiera lo que vosotros podéis enseñarle.
Un leve silencio. Como si algo más estuviera ocurriendo bajo la superficie.
— Así será… — dijo finalmente Tiqueril—. Siempre que esté dispuesta a pagar el precio.
La palabra cayó. No con fuerza. Sino con peso. Precio. Era la primera vez que alguien lo decía así. De forma directa. Sin suavizarlo. Sin esconderlo.
— Gilraen — añadió la reina, clavando sus ojos en mí—. ¿Cómo te llamas?
Respiré.
— Siria.
— ¿Y quién eras antes?
Había algo en la forma de la pregunta. No quería datos. Quería verdad.
— Era princesa de Rea — respondí—. Y bruja. Hija del rey Muga.
El bosque reaccionó. No con sonido. Con atención.
— Entonces eras princesa… — dijo Tiqueril—. Y algún día serás reina.
Me quedé quieta.
— ¿Yo?
No fue incredulidad. Fue rechazo.
— Sí.
— Pero ahora soy vampira…
— Eso es irrelevante.
Su respuesta fue inmediata.
— Tu pueblo no te recordará por lo que eres ahora… sino por lo que hagas.
Sus ojos no se apartaban de los míos.
— Tu padre gobernaba con corazón. Eso es lo que recuerdan. Eso es lo que falta.
Sentí algo moverse dentro de mí. Dolor. Orgullo. Responsabilidad.
— Y tú — continuó— hablas como él.
Una pausa.
— Eso es más importante que tu especie.
El silencio se volvió más denso.
— Si cumples con el precio — añadió—, no solo te enseñaremos.
Su mirada cambió. Apenas. Pero lo suficiente.
— Te ofreceré algo más.
No supe por qué… Pero lo sentí antes de que lo dijera.
— Te ofrezco formar parte de mi familia.
El mundo pareció inclinarse un instante.
— ¿Qué…?
— Aceptas… o no.
Así. Sin adornos. Sin presión. Sin insistencia. Eso lo hacía aún más real.
— Sí… claro… — respondí.
Y en el mismo instante en que lo dije… Supe que había fallado.
— Primera lección — dijo Tiqueril.
Su voz no se elevó. Pero se volvió más firme.
— Nunca aceptes algo que tiene un precio sin preguntar cuál es.
El golpe fue limpio. Directo.
Asentí, sintiendo el error arder en mi pecho.
— Disculpad, majestad… ¿cuál es el precio?
La reina sonrió. Apenas.
— Mientras estés en nuestras tierras…
Una pausa.
— No te alimentarás de ningún ser vivo.
El silencio fue inmediato. Total.
— Ni sangre. Ni animales.
El aire pareció desaparecer.
— Te alimentarás como nosotros.
Mi mente se detuvo.
— Absorbiendo la energía de lo que no vive.
No entendí. No de verdad.
— El viento. La luz. La piedra.
Eso…no tenía sentido. Di un paso atrás. Sin darme cuenta.
— Eso no es posible…
Mi voz fue más débil de lo que esperaba.
— Necesito sangre. Si no…
— Morirás — terminó ella por mí.
No había dureza. Solo claridad.
— Si eso fuera cierto… — añadió—, no estarías aquí.
Me quedé inmóvil.
— No eres solo vampira.
Sus ojos brillaron.
— Eres Gilraen.
Y entonces lo dijo.
Lo que nadie me había dicho antes con esa claridad.
— Si quieres aprender de una especie… debes vivir como esa especie.
El silencio se alargó.
Di un paso atrás. Mi cuerpo reaccionó antes que yo. Hambre. Instinto. Miedo.
No era una decisión racional. Era supervivencia. Intenté imaginarlo. Un día sin sangre. Dos. Tres. Una semana. Mi cuerpo debilitándose. Mi mente perdiendo claridad. Mi control rompiéndose. No era una teoría. Era una cuenta atrás.
— No puedo…
Y por primera vez desde que me convertí… no estaba segura de estar diciendo la verdad. O de estar huyendo.
— Entonces no estás preparada.
No había juicio. Eso lo hacía peor.
— Regresa.
Un solo paso. Y todo terminaría. No habría aprendizaje. No habría elfos. No habría guerra. Duncan habría ganado sin luchar esa guerra.
Respiré. Otra vez. Y otra.
— Lo haré.
Mi voz tembló. Pero no retrocedí.
— No sé cómo… pero lo haré. Lo prometo.
En ese momento me di cuenta de que esa promesa, era una promesa inquebrantable.
Un leve asentimiento.
— No morirás — dijo Tiqueril—. Aprenderás.
Entonces su mirada se suavizó.
— Te presento a mi familia.
Señaló al elfo a su derecha.
— Denis. Mi compañero de vida.
Luego a la elfa de la izquierda.
Y sentí el mundo estrecharse de nuevo.
— Faelidrin. Mi única hija.
La elfa de ojos marrones me observaba. Sin sonrisa. Sin rechazo. Sin prisa. Como si no estuviera juzgándome. Como si estuviera…esperando.
— Es distinta — añadió la reina—. Según nuestras creencias, los elfos distintos están destinados a grandes proezas, a no ser olvidados en la historia. Como tú que también eres distinta.
Algo en esas palabras quedó flotando entre nosotras.
— Faelidrin — continuó—. Enséñale.
La elfa no respondió. Solo inclinó levemente la cabeza.
— Respóndele a sus dudas.
Una pausa.
— Y aliméntala. Por esta vez.
Sentí el alivio mezclarse con la tensión.
— Gracias…
— No me des las gracias aún — respondió Tiqueril—. Aún no has pagado nada.
Un último silencio. Luego, más suave:
— Quizá ha llegado el momento de que las fronteras dejen de ser muros.
Después, hacia Séfora:
— Y tú, dragona, eres libre de cazar. Pero no en la capital.
— No será necesario — respondió Séfora—. Volaré al norte. Volaré a mis tierras.
Un intercambio de respeto. Antiguo. Medido.
Cuando la última palabra de Tiqueril se desvaneció, el claro no volvió al silencio.
Se disolvió. No vi cómo se marchaban. No hubo pasos. No hubo hojas moviéndose.
Simplemente…dejaron de estar. Como si el bosque los hubiera reabsorbido. Como si nunca hubieran salido de él.
Y de repente, el mundo se hizo más pequeño. Solo quedábamos nosotras. Séfora. Faelidrin. Y yo.
La elfa de ojos marrones dio un paso hacia mí. Sus movimientos eran suaves. Pero precisos. Como si cada gesto tuviera un propósito que yo aún no entendía.
— Ven — dijo.
Su voz era baja. Clara. Sin adornos.
Me detuve un instante.
— ¿Qué ocurre si fallo?
No sé por qué pregunté eso. Pero necesitaba saberlo.
Faelidrin inclinó apenas la cabeza. Como si la pregunta le resultara… curiosa.
— Fallar no es el problema.
Eso me desconcertó.
— ¿Entonces?
— El problema es no saber que estás fallando. Si fallas y sabes que lo estás haciendo aprenderás.
Una pausa.
— O morirás.
Sin dramatismo. Sin crueldad. Solo verdad.
Y, por alguna razón…eso me tranquilizó más que cualquier promesa.
Empezamos a caminar. Y entonces lo vi. Lo que antes no había visto. Lo que había estado ahí todo el tiempo. Las casas. O… lo que los humanos llamarían casas. Los árboles comenzaron a cambiar a medida que avanzábamos. No todos. Solo algunos.
Sus troncos se ensanchaban en ciertas zonas, creando cavidades suaves. Las ramas se entrelazaban formando estructuras curvas, como techos naturales. Algunas hojas eran más densas, formando paredes vivas que dejaban pasar la luz justa.
No había madera cortada. No había piedra tallada. No había nada forzado. Todo… había crecido.
— No las viste antes — dijo Faelidrin sin mirarme.
— No…
— Porque no querían que las vieras.
Eso me hizo detenerme.
— ¿Los árboles… deciden eso?
— No solos.
Siguió caminando.
— Nosotros les ayudamos a decidir.
Fruncí el ceño.
— ¿Cómo?
No respondió. Se detuvo frente a uno de los árboles.
Era alto, ancho, con una corteza profundamente marcada. Parecía antiguo. Muy antiguo.
Faelidrin apoyó suavemente la palma sobre el tronco. Cerró los ojos. Y entonces…cantó.
No fue un canto humano. No fue una melodía reconocible.
Era… lenguaje. Pero no uno que se hablara.
Uno que se sentía. Reconocí algo. Las palabras.
Pero no todas. Reconocí el idioma. El mismo que usaba para la magia.
El idioma que mi padre me había enseñado.
El idioma de los elfos. El idioma de la creación.
Las palabras no eran largas. No eran complejas para mí. Pero cada una vibraba.
Y el árbol respondió. Lo vi. Literalmente. La corteza se abrió lentamente, como si respirara. Las ramas se curvaron, formando una estructura más definida. Las hojas se densificaron, creando un espacio interior.
No había violencia en el cambio. No había esfuerzo. Era crecimiento. Guiado.
— Esto… — susurré— esto es magia.
Faelidrin abrió los ojos.
— No.
Me miró.
— Esto es escucha.
Eso me dejó en silencio.
— La magia obliga — continuó— Esto… pide.
Volvió a apoyar la mano en el árbol.
— Y a veces… el bosque responde.
Me quedé mirando aquella estructura. Aquella “cabaña” que no había sido construida. Había sido… aceptada.
— Aquí dormiréis —dijo.
Dormir. La palabra me resultó extraña.
— Los vampiros no duermen.
Faelidrin me miró de nuevo.
— Aquí… sí.
No entendí. Pero no discutí.
Dentro, el espacio era cálido. No por la temperatura. Por sensación.
El interior estaba formado por madera viva, suave al tacto. Había una superficie elevada cubierta por hojas finas, que parecían acomodarse solas cuando las tocabas. La luz entraba filtrada. Verde. Tranquila.
Faelidrin se sentó frente a mí.
— Ahora — dijo— vamos a alimentarte.
Mi cuerpo se tensó.
— No puedo…
— No vas a comer.
Me observó.
— Vas a aprender.
Se acercó un poco más. No invadía. Pero tampoco mantenía distancia.
— Cierra los ojos.
Dudé. Pero lo hice.
— Respira.
Lo hice.
— No como vampira.
Fruncí el ceño.
— Como eras antes.
Eso fue más difícil. Pero lo intenté.
— Siente.
Silencio. Al principio… nada. Luego…algo.
Un leve cosquilleo. Como si el aire tuviera textura. Como si la luz pesara.
— No lo agarres — dijo suavemente—. No es tuyo.
Respiré. Más lento.
— Déjalo entrar.
Y entonces… lo sentí. Una corriente. No era física. Pero era real.
Entró por mi pecho. Se extendió. No era sangre.
No era calor. No era sabor. No era sangre.
Era… claridad. Como si algo dentro de mí se ordenara.
Como si el ruido desapareciera. Como si, por un instante, no necesitara nada.
Era… energía. Limpia. Ligera. Diferente.
Mi cuerpo reaccionó. La tensión desapareció.
El hambre… no. Pero cambió. No desapareció. Se transformó. Abrí los ojos de golpe.
— ¿Qué…?
Faelidrin seguía mirándome.
— Eso.
Mi respiración era más profunda. Más… completa.
— Me siento…
Busqué la palabra.
— Llena.
Pero algo no encajaba.
— Y… cansada.
Eso sí que no tenía sentido.
— Eso también.
Parpadeé.
— Los vampiros no se cansan así.
— Los elfos sí.
Se levantó.
— Y ahora mismo… estás intentando ser uno.
Miré mis manos. Se sentían…pesadas.
— No entiendo.
— No tienes que entenderlo aún.
Se acercó a la entrada.
— Tienes que vivirlo.
La miré.
— ¿Y si no puedo?
Se detuvo. No se giró de inmediato.
— Entonces no estás preparada.
Una pausa.
— Pero ya has empezado.
Eso me hizo guardar silencio.
— Descansa — añadió.
— No duermo.
Ahora sí se giró. Y por primera vez…hubo algo distinto en su mirada. No suavidad. No dureza. Algo más profundo.
— Eso ya no es del todo cierto.
Se fue. Sin ruido. Sin prisa. Y me dejó sola. Séfora tampoco estaba.
Me tumbé. No porque quisiera. Porque mi cuerpo… lo pedía. Eso era nuevo. Eso era extraño. Eso era…peligroso. Cerré los ojos.
Y por primera vez desde que me convertí en vampiro…sentí cómo el mundo se alejaba. No como huida. No como defensa. Sino como descanso.
Y en ese instante, justo antes de caer en un sueño que no debería existir para alguien como yo…comprendí algo.
El precio de la raíz no era solo dejar de alimentarme.
Era dejar de ser constante. Dejar de ser inmutable. Dejar de ser vampiro…aunque fuera por momentos.
Y eso…podía ser más peligroso que morir. Porque morir es rápido.
Pero dejar de ser quién eres…puede ocurrir sin que te des cuenta.