La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XIX - El bosque que observa
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Capítulo XIX - El bosque que observa

Una semana después de recorrer aldeas, bosques… y más aldeas, empecé a notar un cambio.

Al principio fue sutil. Casi imperceptible.

El verde era más intenso. El aire más húmedo. La luz… distinta.

No sabría explicarlo con palabras, pero el bosque ya no parecía un lugar por el que se pasaba. Parecía un lugar que te miraba. Y no solo eso. Parecía recordar.

— Noto un cambio en el bosque…

Mi voz fue casi un susurro, como si hablar demasiado alto pudiera molestar a algo que aún no entendía.

Séfora tardó unos segundos en responder, como si quisiera asegurarse de que yo misma llegara a la conclusión.

— Eso es porque ya no estamos en Rea…

Hubo una leve pausa.

— Hemos llegado a Safel.

Me quedé en silencio.

Observando. Procesando.

El nuevo territorio se extendía bajo nosotras como un océano verde… pero no era un bosque cualquiera. Era… profundo. Antiguo. Vivo.

Y había algo más. Algo que no podía ver… pero sí sentir.

Séfora descendió ligeramente. Lo suficiente para que pudiera apreciar detalles. Lo suficiente para que el bosque empezara a revelarse.

Y entonces lo vi. Movimiento. No eran animales. No era viento. Era algo más.

Las hojas vibraban de forma extraña. No seguían una corriente. Parecían reaccionar.

Los troncos… demasiado rectos. Demasiado… atentos. Como si fueran guardianes inmóviles.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

— Este bosque…

— No es un bosque — corrigió Séfora —. Es su reino.

Su forma de decirlo no dejaba espacio para dudas.

Seguimos avanzando. Las horas pasaron. O tal vez no. El tiempo empezó a volverse extraño allí dentro. El sol apenas atravesaba la espesura.

La luz se filtraba en haces finos, casi sólidos, que parecían quedarse suspendidos en el aire. Las sombras eran densas. Casi líquidas.

Y cuanto más nos adentrábamos, más sentía que no éramos nosotras quienes explorábamos el bosque… Sino que el bosque nos estaba examinando. Midiendo. Decidiendo.

De repente, Séfora se detuvo. No descendió del todo. Pero dejó de avanzar. El aire quedó en suspenso. Incluso mi respiración se volvió más lenta.

— Hemos llegado, pequeña…

Su tono cambió. Más firme. Más serio.

— Ahora compórtate.

Fruncí el ceño.

— ¿Aquí? Pero si todo parece igual que antes…

No terminé la frase. Porque en ese mismo instante… lo entendí. El silencio. No era natural. No había pájaros. No había insectos. Nada. Ni un solo sonido. El bosque había dejado de respirar. O quizá… había decidido escuchar.

Séfora habló. Pero no como antes. No solo para mí. Sino hacia todo lo que nos rodeaba.

— Soy Séfora, reina de los dragones de gran inteligencia…

Su voz resonó, no en el aire… sino en algo más profundo.

Como si atravesara raíces. Como si despertara ecos antiguos.

— Y llevo conmigo a Siria, vampira, y Gilraen. Pedimos audiencia con Tiqueril, reina de los elfos de gran astucia.

Silencio. Un silencio denso. Tenso. Como si el bosque estuviera decidiendo algo.

Y entonces… una voz. No venía de ningún sitio. Y de todos a la vez.

— ¿Para qué queréis ver a nuestra majestad?

No me sorprendió que respondieran. Me sorprendió que no pudiera localizar de dónde venía.

— Ya lo he dicho — respondió Séfora —. Llevo a Gilraen.

— Pero dijisteis vampira…

La voz se volvió más fría. Más afilada.

— Y vos, Séfora, ya sabéis que no deseamos juntarnos con ellos desde la última guerra.

Noté cómo la tensión se tensaba aún más. Como una cuerda a punto de romperse. El aire parecía más pesado.

— Así es, pero…

Sentí que algo dentro de mí se movía. Algo que no podía ignorar.

De forma elegante descendí de Séfora y di un paso adelante.

El suelo crujió levemente bajo mi pie… y ese pequeño sonido pareció amplificarse en todo el bosque.

— Soy Gilraen.

En ese instante, Séfora reaccionó.

— Cállate, Siria, y déjame hablar a mí. Son muy astutos…

Pero negué.

— No, Séfora. Debo hablar yo.

Respiré hondo. Y hablé. No como princesa. No como vampira. Sino como alguien que ya había visto demasiado… y que no tenía tiempo para más guerras inútiles.

— Como decía… soy Gilraen. No he venido a luchar contra vosotros ni a haceros daño.

El bosque parecía escuchar. Literalmente. Noté cómo una brisa suave me rozaba… aunque el aire estaba quieto.

— Llevo poco tiempo siendo vampira. No conozco bien las rivalidades entre elfos y vampiros…

Una pausa.

— Pero sí conozco la guerra.

Silencio.

— Y sé que si seguimos así… la perderemos todos.

Las hojas temblaron. No por viento. Por reacción.

— Vengo en son de paz.

Mi voz se volvió más firme. Más segura.

— Para que me ayudéis a traer la paz a Iria.

Tragué saliva.

— Pero no os mentiré. También soy emisaria de los vampiros.

El aire se tensó. Sentí miradas invisibles sobre mí. Evaluándome.

— Durante mucho tiempo, todas las especies han estado enemistadas. Ya es hora de que eso cambie.

Di un paso más.

— Ahora estamos en guerra otra vez. Y esta vez… el enemigo no somos nosotros.

— ¿Quién, entonces? — preguntó la voz.

— Duncan.

El nombre cayó como una piedra en el agua. Y esta vez sí hubo reacción clara. Un leve murmullo. Un susurro entre hojas.

— Si luchamos entre nosotros, jamás ganaremos. Pero si nos unimos…

Levanté la mirada.

— Podremos derrotarle.

Sentí mi corazón latir con fuerza.

— Soy Gilraen. Vampira… y también bruja.

Otra pausa.

— Antes fui la princesa de Rea e Iria.

El bosque reaccionó. Lo sentí. Como si algo antiguo despertara.

— Tal vez conocisteis a mi padre.

Respiré.

— El rey Muga.

El silencio cambió. No desapareció. Pero ya no era hostil. Era… expectante.

— Solo vengo a pediros enseñanzas.

Mi voz se suavizó.

— Para que algún día pueda derrotar a Duncan…

Y entonces…

—…y que la paz regrese a Iria.

Un instante eterno. Y entonces la voz respondió.

— Habláis bien, Gilraen.

Las palabras eran cuidadosas. Medidas.

— Pero las palabras son hojas.

Una breve pausa.

— Hermosas… y fácilmente arrastradas por el viento.

Mis labios se tensaron levemente.

— Entonces dejadme echar raíces —respondí.

El silencio se hizo aún más profundo.

— Si queréis, os lo demuestro.

Miré a mi alrededor.

— Pero creo que ya es suficiente demostración haber venido hasta aquí…

Alcé la vista hacia Séfora.

— Y hacerlo sobre una dragona.

Silencio. Un último juicio. Un último peso invisible sobre mis hombros.

Y entonces…

— Pasad.

Y el mundo cambió. Literalmente. De la nada… aparecieron. Elfos. Decenas. Quizá cientos.

Hasta ese momento habían sido invisibles.

Ocultos por una magia que no comprendía.

Mi respiración se detuvo un instante. Eran…

distintos. Más bajos que los humanos. Orejas en punta.

Piel bronceada, como la corteza de los árboles.

Sus ojos… verdes. No un verde cualquiera.

El verde de las hojas vivas. El verde del bosque.

Y su cabello… rubio. Pero no un rubio humano.

Brillaba. Como si atrapara la luz del sol y la devolviera al mundo.

Como si su pelo tuviera energía propia. Algunos me miraban con curiosidad.

Otros con desconfianza. Y unos pocos…con un rechazo que no se molestaban en ocultar.

Uno de ellos dio un paso al frente. El mismo que había hablado. Y entonces noté algo. Impaciencia. Pero también… cautela.

— Seguidme.

Miré a Séfora. Ella asintió. El suelo se sentía distinto bajo mis pies. Más blando. Más vivo. Y juntas comenzamos a caminar. El bosque se abrió ante nosotras. O tal vez…nos permitió avanzar. El camino no era un camino.

Era algo que aparecía a medida que avanzábamos. Raíces que se apartaban. Ramas que se elevaban. Sombras que se deshacían.

Unas horas después pregunté…

— ¿Cuánto falta?

Lo hice en voz muy baja, apenas un susurro.

El elfo no respondió. Seguía caminando. Silencioso. Ligero. Como si apenas tocara el suelo. Pasaron más horas. O días. Volví a perder la noción del tiempo. Pero esta vez…ya no me inquietaba. Era como si el propio bosque decidiera cuánto debía durar cada momento.

Y entonces lo entendí.

— Séfora…

— Sí.

— Esto es magia.

— Sí.

— Nos están guiando… pero también desorientando.

— También.

Miré a mi alrededor.

El bosque era siempre distinto. Y siempre igual. Un laberinto vivo.

— Para protegerse —susurré.

— Exacto.

Mientras avanzábamos, empecé a observar mejor a los elfos.

Todos compartían rasgos. Pero ninguno era igual. Todos eran bellos. Pero no de una forma humana. Era una belleza… natural. Como la de un árbol perfecto. Como la de un río en calma. Como la de un animal salvaje.

Entonces lo comprendí.

Ellos no vivían en el bosque. Ellos… eran el bosque. No lo dominaban. No lo usaban. Formaban parte de él. Como un jilguero. Como el viento entre las hojas.

Y por primera vez desde que cruzamos a Safel…entendí algo importante.

Aquí…no éramos nosotras las que decidíamos. Era el bosque. Y el bosque…ya había decidido dejarnos pasar. Aunque aún no había decidido… qué haría con nosotras después.