La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XVIII - Sombras sobre Rea
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Capítulo XVIII - Sombras sobre Rea

Inconscientemente, con el paso de las horas me fui relajando. Apenas veía nada de Rea desde la altura a la que volábamos. Por lo tanto, apenas podían verme a mí o a la dragona.

Debíamos de ser poco más que una pequeña mancha en el cielo. Un punto oscuro contra la luz del día, prácticamente invisible para los humanos de abajo. Todavía más si se tenía en cuenta la mala vista de los humanos.

Durante el día volábamos extremadamente alto.

Tan alto que el aire se volvía más frío y más fino, y el viento golpeaba con más fuerza las alas de Séfora.

Desde abajo sería casi imposible distinguirnos.

A veces ni siquiera yo podía ver con claridad el suelo.

Rea aparecía como una extensión de colores difusos: manchas verdes de bosque, franjas ocres de caminos, plateados ríos serpenteando entre montañas.

Séfora mantenía el vuelo con una estabilidad impresionante.

De vez en cuando descendíamos ligeramente para observar mejor el terreno… pero siempre lo justo. Nunca lo suficiente como para ser vistas.

Comprendí entonces que el cielo también tenía su forma de esconderse.

Entonces comprendí otra cosa.

Mi padre, Muga, había conseguido ser el rey de Iria porque usaba la cabeza.

No priorizaba a los humanos por delante de las otras especies.

Usaba el corazón para gobernar. Por algo era conocido como el rey de los humanos de gran corazón.

De esa forma había conseguido algo que parecía imposible: ser aceptado por todas las especies.

Y por eso había logrado convertirse en el rey de todo Iria.

Pero entonces una pregunta empezó a crecer en mi mente. ¿Cómo conseguía Duncan mantenerse en el poder? ¿Cómo podía gobernar todo Iria cuando había especies mucho más fuertes que los humanos?

Los vampiros eran más rápidos. Los elfos más sabios. Los dragones infinitamente más poderosos. Las hadas más astutas. Las sirenas dominaban los mares.

Y aun así… Duncan seguía siendo el rey.

Yo tendría ventaja. Todas las especies me enseñarían habilidades. Me transmitirían conocimientos.

Pero Duncan también debía tener algo. Algo que le permitía mantenerse en el poder.

Tal vez conocía secretos de las otras especies. Tal vez había aprendido algo de cada una de ellas. O tal vez… Tal vez estaba usando magia. Magia negra. Magia oscura. Magia suficiente como para someter a todo un mundo.

Ese pensamiento me hizo sentir un escalofrío incluso bajo el sol.

Durante varias horas seguimos volando sin hablar.

El paisaje bajo nosotras empezó a cambiar. Los bosques se hicieron más escasos. Aparecieron caminos. Campos cultivados. Pequeñas aldeas. Y entonces empezamos a ver algo que no esperaba.

Soldados. Muchos soldados. Patrullas recorriendo caminos. Torres de vigilancia en lugares donde antes no había nada.

Séfora descendió ligeramente.

— ¿Los ves? — dijo en mi mente.

— Sí.

— Demasiados.

Las patrullas avanzaban en grupos de seis o siete hombres. Todos armados. Todos atentos. No parecían patrullas normales. Parecían soldados en territorio enemigo. Pero estaban en su propio reino.

— Duncan tiene miedo — dijo Séfora.

— ¿De nosotros?

— De todo.

Seguimos observando.

Un grupo de soldados se detuvo cerca de una pequeña aldea.

Desde nuestra altura era difícil ver con claridad, pero distinguí movimiento. Discusión. Un campesino arrodillado. Uno de los soldados lo golpeó. Otro registraba su carro.

Incluso desde esa distancia pude sentir la tensión en el ambiente.

— ¿Qué están haciendo? — pregunté.

Séfora no respondió inmediatamente.

— Recaudación.

— ¿Impuestos?

— Más bien… saqueo legal.

Seguimos observando. El campesino intentó decir algo. Uno de los soldados lo empujó al suelo. Otro tomó algo del carro. Sacaron sacos. Grano. Alimentos.

Cuando terminaron se marcharon.

El campesino quedó solo en el camino. Tardó un rato en levantarse.

— Duncan necesita recursos — dijo Séfora finalmente.

— ¿Para qué?

— Para sostener el poder.

Miré de nuevo hacia el suelo.

— Mi padre nunca habría permitido eso.

— Tu padre gobernaba con amor.

— ¿Y Duncan?

La respuesta de Séfora fue breve.

— Con miedo.

Seguimos volando.

Durante horas vimos escenas parecidas. Patrullas. Controles en los caminos. Carros detenidos. Campesinos discutiendo con soldados.

Algunas aldeas parecían demasiado silenciosas. Demasiado vacías.

Y cada vez que veía algo así sentía una mezcla extraña de rabia y tristeza. Ese era mi hogar. Ese era el reino que mi padre había gobernado. Ese era el lugar donde yo había crecido. Y ahora parecía otro mundo.

Una vez incluso tuvimos que ascender todavía más. Una patrulla de arqueros vigilaba desde una colina. Uno de ellos señaló el cielo. No sabía si nos había visto… o si solo estaba mirando al azar. Pero no quisimos arriesgarnos.

Séfora batió las alas con fuerza. Ascendimos todavía más. El aire se volvió frío de nuevo. El suelo desapareció entre brumas.

— Por eso volamos tan alto de día — dijo Séfora.

— Lo entiendo.

— Por la noche será distinto.

Asentí.

El cielo empezó a oscurecer lentamente. El sol descendía. Las sombras crecían sobre Rea.

Y con ellas… nuestra libertad para movernos.

Fue entonces cuando algo me golpeó de repente. Un pensamiento. Un recuerdo. El aullido de mi madre volvió a resonar en mi memoria. Pero esta vez trajo algo más consigo. Una realización.

Séfora acababa de descubrir que quien le había robado el huevo hacía tantos años…

había sido mi madre. Mi madre era la culpable.

La culpable a la que mi padre no había querido delatar.

Y yo había sido tan estúpida… que ni siquiera le había preguntado a la dragona cómo estaba.

Me sentí ridícula. Durante todo el viaje.

Durante todo el tiempo. Ni una sola vez se lo había preguntado.

— Séfora.

— Dime.

— Acabo de darme cuenta de algo…

— ¿Qué cosa?

Respiré hondo.

— Te acabas de enterar de que quien robó el huevo fue mi madre… ¿Cómo estás?

Sentí algo curioso. Como si la dragona sonriera. Había entendido perfectamente mi malestar. Había entendido que me sentía culpable por tardar tanto en preguntarlo.

— Bien.

Su voz mental era tranquila.

— Como te dije cuando viajábamos hacia Rapovims… ya he perdonado a quien robó mi huevo.

— ¿De verdad?

— Sí.

Hubo una breve pausa.

— Entiendo que tu madre no fue una malhechora.

— ¿Entonces?

— Fue una pieza más de una complicada partida de ajedrez.

Miré el horizonte.

— La guerra.

— Exacto.

— La guerra es eso — continuó Séfora —. Una complicadísima partida de ajedrez.

Pensé en mi madre. En todo lo que había perdido. En todo lo que había sacrificado. Y comprendí que tenía razón.

Durante unos segundos volamos en silencio.

Entonces me di cuenta de otra cosa. Había algo que tampoco sabía.

— Y… tu huevo ya eclosionó?

Sentí una risa en su mente. Una risa cálida. Divertida. Una risa provocada por mi completa ignorancia en asuntos de dragones.

Es cierto que a su lado estaba aprendiendo mucho. Pero también era cierto que todavía me quedaba muchísimo por aprender.

— Sí — respondió finalmente —. Hace mucho que mi hija nació.

— ¿Tu hija?

— Valdrea.

El nombre resonó en mi mente. Valdrea. Tenía fuerza. Tenía peso. Tenía algo antiguo.

— Mi compañero Zurpa la está cuidando y educando — continuó Séfora—. Valdrea es la mayor de su generación.

— ¿La mayor? — Sí.

— Entonces…

— Entonces debe servir de ejemplo para los dragones más jóvenes.

Saboreé el nombre en silencio. Valdrea. No sabía por qué. Pero sonaba como un nombre destinado a grandes cosas.

— ¿Y Zurpa es tu… marido?

La respuesta de Séfora llegó acompañada de una sonrisa mental.

— Para nosotros un compañero es algo mucho más intenso que para los humanos un esposo o una esposa.

— ¿Más intenso?

— Vosotros podéis separaros.

— Eso es cierto…

— Podéis traicionaros.

No supe qué decir.

— Nosotros no.

Guardó silencio un momento.

— Igual que mi mente se conecta con la tuya cuando estamos cerca para comunicarnos… mi mente siempre está conectada con Zurpa.

Eso me sorprendió.

— ¿Siempre?

— Siempre.

— ¿Incluso ahora?

— Sí.

— Entonces él sabe dónde estás.

— Exactamente.

Me quedé pensativa.

— Para nosotros la única separación posible es…

La frase quedó suspendida.

— La muerte.

Sentí una ligera tristeza en su mente.

— Y es demasiado doloroso reconocer que uno de los dos deberá partir antes que el otro.

Hubo un silencio.

— Somos como una única pieza.

Me sorprendió la magnitud de lo que era una pareja para los dragones.

Entonces comprendí por qué Séfora hablaba siempre de Zurpa como su compañero.

Y de forma casi graciosa me di cuenta de otra cosa.

— Entonces de cierta forma… yo ya conozco a Zurpa.

La dragona no pudo evitar reír. Una risa profunda. Antigua.

Y con el sonido de esa risa en mi mente seguimos volando durante horas.

Bajo nosotras, el reino de Rea se extendía en silencio.

Y en algún lugar en ese reino… Duncan seguía gobernando.

Pero por primera vez desde que cruzamos la frontera… sentí que algún día eso cambiaría.