Capítulo XVII - El cielo de Rapovims
Continuamos nuestro viaje con el recuerdo del aullido todavía grabado en mí.
Durante las primeras horas de vuelo apenas hablamos. No hacía falta.
El sonido de las alas de Séfora cortando el aire nocturno era constante, profundo, como el latido de un corazón gigantesco que marcaba el ritmo del mundo. Bajo nosotras, el bosque de Rapovims se extendía como un océano oscuro salpicado de claros plateados por la luna.
Aún podía escuchar en mi memoria el último aullido de mi madre. No había sido un sonido triste. Había sido una promesa. Y esa promesa viajaba conmigo. Y lo seguiría haciendo durante mucho tiempo.
Durante un rato simplemente volamos.
El viento era frío a esa altura, pero el cuerpo de Séfora generaba una corriente extraña, cálida y estable. Cuando me transformaba en murciélago y volaba junto a ella, descubrí algo inesperado. Volar junto a un dragón era fácil. Demasiado fácil.
No tenía que luchar contra las corrientes de aire.
Séfora abría el cielo delante de mí como si fuera un río invisible.
Las turbulencias desaparecían antes de alcanzarme, desviadas por el enorme batir de sus alas.
Al contrario. Había incluso una ligera corriente que me empujaba hacia adelante.
Como si el propio aire quisiera seguirla.
Al principio me limitaba a seguirla en silencio. Pero con el paso de las noches empecé a disfrutarlo. Me transformaba en murciélago y ascendía junto a ella, dejando que el viento pasara bajo mis alas. La primera vez que lo hice me sorprendió algo. No tenía miedo.
Cuando me transformé por primera vez, el vuelo había sido huida. Ahora era otra cosa. Era libertad. El cielo nocturno de Rapovims era inmenso. Las estrellas parecían más cercanas desde allí arriba, como si uno pudiera alcanzarlas con la mano o con el ala.
Una noche volamos durante horas sin hablar. Finalmente fue Séfora quien rompió el silencio.
— Te estás acostumbrando.
Su voz llegó a mi mente con la calma habitual de la dragona.
— ¿A qué?
— A volar.
Giré un poco en el aire antes de responder.
— Es extraño.
— ¿Extraño?
— Sí.
Miré el cielo.
— Nunca pensé que volar pudiera ser… tranquilo.
Sentí una especie de risa suave en la mente de Séfora.
— Los humanos siempre creen que el cielo es peligro.
— ¿Y no lo es?
— Solo si tienes miedo de caer.
No respondí.
Durante unos segundos me limité a planear junto a ella.
— ¿Tú tienes miedo de caer? —pregunté.
— Los dragones aprendemos pronto que todo lo que sube acaba cayendo algún día.
— Eso no suena muy tranquilizador.
— No pretende serlo.
Hubo un pequeño silencio.
— Pero también aprendemos otra cosa.
— ¿Cuál?
— Que mientras volamos… el mundo es nuestro.
No dije nada más. Pero sonreí.
Las noches siguientes empezaron a tener un ritmo propio. De día viajábamos muy alto. Más alto de lo que jamás había volado antes. Desde allí arriba el mundo parecía distinto.
Los bosques de Rapovims se extendían como un mar oscuro e infinito. Los ríos brillaban como serpientes de plata que atravesaban la tierra. En algunos puntos se veían los claros donde los vampiros habían construido asentamientos discretos.
Desde arriba apenas se distinguían. Y eso era intencionado.
Los vampiros no dominaban el bosque. Convivían con él.
Como ya había aprendido en la capital, sus ciudades no destruían la naturaleza.
Se escondían en ella. Vistas desde el cielo, apenas eran una variación del paisaje, como si el bosque mismo hubiera decidido acomodarlas entre sus raíces.
— Natasha siempre insistió en eso —dijo Séfora una tarde mientras planeábamos sobre un valle profundo.
— ¿En qué?
— En que el poder no necesita exhibirse.
— Azenor no estaría de acuerdo.
Séfora no respondió de inmediato.
— Azenor cree en el control.
— ¿Y Natasha?
— Natasha cree en el equilibrio.
Eso me hizo pensar.
— ¿Y tú?
Sentí una pausa más larga.
— Yo creo en la supervivencia.
Por las noches descendíamos un poco. No demasiado. Lo suficiente para ver mejor el mundo.
A veces cruzábamos zonas donde el bosque se abría y dejaba ver lagos oscuros donde la luna se reflejaba como un espejo roto.
Otras veces atravesábamos montañas cubiertas de nieve donde el viento era más duro y el aire más fino.
Una noche descendimos tanto que pude escuchar los sonidos del bosque. Animales moviéndose. Ramas quebrándose. El rumor lejano del agua. El mundo respiraba debajo de nosotras.
— ¿Quieres probar algo? — preguntó Séfora de repente.
— ¿Qué?
— Cazar desde el aire.
Eso despertó algo en mí.
— ¿Desde el aire?
— Como murciélago.
La idea me intrigó.
— Nunca lo he hecho.
— Entonces es buen momento para aprender.
Descendimos lentamente.
El bosque bajo nosotras estaba oscuro, pero mis sentidos vampíricos lo percibían con claridad. Olores. Calor. Movimiento.
Había algo moviéndose entre los árboles. Un oso.
— No uses magia — dijo Séfora.
— No pensaba hacerlo.
— Bien.
Me lancé.
El aire silbó alrededor de mis alas mientras descendía. Durante un instante todo fue velocidad. El suelo se acercaba demasiado rápido. El oso levantó la cabeza. Salté. Cuando volví a elevarme, la sangre ya estaba caliente en mi garganta.
Séfora descendió a mi lado.
— Nada mal.
— No me mires así — respondí mentalmente.
— ¿Así cómo?
— Como si estuvieras evaluándome.
— Siempre lo estoy.
No pude evitar reír.
Los días pasaron. No sabría decir cuántos. El tiempo en el cielo funciona de forma extraña. De forma parecida a cómo pasaba siendo una loba… Pero, a la vez, de una forma distinta. Solo hay dos momentos claros. Oscuridad. Y luz.
Una noche, mientras volábamos bajo un cielo completamente despejado, miré hacia el horizonte.
— ¿Cuánto falta?
— Poco.
— ¿Para Safel?
— No.
— ¿Entonces?
— Para salir de Rapovims.
Eso me hizo guardar silencio.
El hogar de los vampiros había quedado atrás lentamente durante el viaje. Pero aún seguíamos dentro de sus fronteras. Pronto dejaríamos de estarlo.
— ¿Te preocupa? — preguntó Séfora.
— Un poco.
— Es normal.
— No es solo eso.
— ¿Qué más?
Miré hacia el sur.
— Rea es mi hogar.
— Lo fue.
— Sigue siéndolo.
— Aunque Duncan gobierne.
— Aunque Duncan gobierne.
Hubo un silencio largo.
— ¿Tienes miedo de lo que encontraremos?
Tardé unos segundos en responder.
— Tengo miedo de reconocerlo.
Esa noche decidimos detenernos. No hablamos mucho antes de tomar la decisión. Fue una de esas cosas que se entienden sin palabras. Séfora descendió lentamente hasta un claro amplio en mitad del bosque.
El suelo estaba cubierto de hierba húmeda. El aire olía a tierra y hojas. Era un lugar tranquilo.
Pero también era el último lugar verdaderamente seguro que encontraríamos durante un tiempo.
Volví a mi forma humana mientras Séfora plegaba sus enormes alas.
— Buena elección — dije mirando alrededor.
— Lo sé.
— ¿Sabes qué?
— Que estás pensando lo mismo que yo.
— ¿Que debemos alimentarnos antes de cruzar la frontera?
— Exacto.
Asentí. En Rea todo sería distinto. Más peligroso. Más incierto. Allí gobernaba Duncan.
Y Duncan no toleraba la existencia de criaturas como nosotras. Ni vampiros. Ni dragones. Ni nada que escapara al control humano.
— ¿Crees que ya sabe que existo? — pregunté.
Séfora me miró.
— Seguramente.
— Eso es tranquilizador.
— No pretendía tranquilizarte.
Suspiré.
— Genial.
— Pero hay algo que debes recordar.
— ¿Qué?
— Duncan te teme.
— Eso es optimista.
— No.
Sus ojos brillaron ligeramente.
— Es lógico.
La miré.
— Todavía no soy tan poderosa.
— No te teme por lo que eres ahora.
— ¿Entonces?
— Te teme por la promesa de lo que podrías llegar a ser.
Eso me dejó pensativa.
Cazamos. No fue difícil. El bosque de Rapovims estaba lleno de vida.
Pero incluso mientras me alimentaba sentía algo extraño.
Una sensación de frontera.
Como si el mundo estuviera cambiando lentamente.
Después de cazar nos sentamos en silencio. El cielo estaba despejado. Las estrellas parecían infinitas.
— Mañana cruzaremos a Rea — dije.
— Sí.
— No me gusta la idea.
— A mí tampoco.
— Pero debemos hacerlo.
— Exacto.
Me tumbé sobre la hierba.
El cielo parecía inmenso.
— ¿Sabes qué es lo curioso? — dije.
— ¿Qué?
— Antes de todo esto… pensaba que el mundo era pequeño.
— Los humanos tienden a creer eso.
— Mi padre me hablaba de otros lugares.
— Muga sabía muchas cosas.
Sonreí.
— Sí.
Luego miré las estrellas.
— Pero incluso él no conocía todo esto.
— Nadie conoce todo el mundo.
— Supongo.
Cerré los ojos un momento.
— ¿Estás lista? — preguntó Séfora.
— No.
— Bien.
Abrí los ojos.
— ¿Bien?
— Los que creen estar listos suelen ser los primeros en morir.
No pude evitar reír.
— Entonces estamos en buena posición.
— Exactamente.
A la mañana siguiente volamos muy alto. Más alto que nunca.
Desde allí el bosque parecía un tapiz oscuro que se extendía hasta el horizonte. En algún punto más allá de esas montañas… terminaba Rapovims.
Y comenzaba Rea. Mi hogar. Mi antiguo hogar. El reino que ahora gobernaba Duncan.
Mientras volábamos hacia esa frontera invisible, comprendí algo que no había querido admitir.
El viaje realmente empezaba ahora.
Y por primera vez desde que dejamos Idrál… sentí que el mundo podía ser mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Pero también mucho más grande.
Y en ese instante, volando junto a Séfora bajo el cielo abierto, comprendí otra cosa.
No estaba sola. Y eso lo cambiaba todo.