Capítulo XVI - Lo que permanece cuando te vas
La noche siguiente Séfora y yo fuimos llamadas a la corte.
Cuando atravesamos las puertas de piedra negra del salón central de Idrál, algo me resultó extraño de inmediato. No había consejo. No había círculo de vampiros. No había sombras observando desde los arcos.
Solo estaba Natasha. Sentada en el trono oscuro que parecía tallado directamente del corazón de la montaña.
El ambiente era distinto. Más cercano. Más silencioso. Más… humano.
Las antorchas proyectaban una luz suave sobre la piedra pulida del suelo. El eco de nuestros pasos resonó débilmente en la sala vacía.
Natasha nos observó unos segundos antes de hablar.
— Has aprendido mucho desde que llegaste aquí, Siria.
Su voz no tenía la solemnidad habitual de las reuniones del consejo.
— No solo a ser vampira.
Incliné ligeramente la cabeza en señal de respeto.
Agradecí sus palabras con una pequeña sonrisa, aunque sabía que no nos había llamado para elogiarme. Natasha no convocaba a nadie solo para decir algo amable.
Continuó hablando.
— Tu tiempo en Idrál termina.
La frase cayó con suavidad. Pero cayó. Como una piedra que atraviesa el agua tranquila.
— Debes continuar tu camino de aprendizaje. Tu próximo destino será Safel.
— El país de los elfos — añadió Séfora.
Natasha asintió. No me sorprendió.
Antes de la prueba de Azenor ya había insinuado que mi estancia aquí no sería larga.
Aun así, al escuchar aquellas palabras sentí algo extraño en el pecho.
No era miedo. No era duda. Era nostalgia.
Demasiado pronto. Siempre sería demasiado pronto.
Pensé en mi madre. Pensé en todo lo que apenas habíamos tenido tiempo de recuperar.
Pensé en todas las conversaciones que aún no habíamos tenido.
Pero también comprendí algo que semanas atrás me habría parecido imposible. Esta vez no era un adiós. Podría volver.
Natasha continuó, recuperando el tono solemne que definía a la reina de los vampiros.
— Recuerda algo, Gilraen.
Su mirada se clavó en la mía.
— Eres una de los nuestros.
La frase tenía peso.
— Eso significa que, en los países que visites, no serás solamente Gilraen. Serás también emisaria de Rapovims. Representarás a los vampiros ante otras especies.
Una pausa.
— Espero de ti un comportamiento intachable.
Asentí. El protocolo siempre volvía. El peso de las coronas invisibles.
Séfora habló entonces.
— Si os parece adecuado, partiremos mañana al anochecer.
Natasha la miró.
— ¿Por qué?
— Más horas de oscuridad — respondió la dragona —. Los espías de Duncan tendrán más dificultades para seguir nuestro rastro.
Natasha inclinó levemente la cabeza.
— Sabia decisión.
Luego añadió con una ligera sombra de ironía:
— Además evitará despedidas demasiado… agitadas.
Entendí a qué se refería. Azenor. La tensión que todavía respiraba en Idrál.
Natasha volvió a mirarme.
— Aprovecha cada lugar al que vayas. Aprende todo lo que puedas. Necesitaremos cada conocimiento, cada habilidad.
Sus ojos se endurecieron apenas.
— Mientras tú aprendes… yo prepararé a los vampiros.
Sentí el peso de sus palabras caer sobre mis hombros. Representar a los vampiros. Aprender de cada especie. Prepararnos para la guerra.
Asentí.
— Lo haré.
Natasha nos observó unos segundos más. Luego dijo algo inesperado.
— Cuidaos.
No añadió nada más. Pero la forma en que lo dijo fue suficiente. Aquella palabra no era protocolo. No era política. Era lo más parecido a un te quiero que una reina podía permitirse decir.
Nos inclinamos. Y salimos.
La siguiente despedida sería más difícil. Mucho más.
Me despedí de Séfora en la puerta de la corte.
— Ve a descansar — dijo ella —. Mañana volaremos lejos.
Asentí. Pero no fui a descansar. Fui a casa de mi madre. Tenía que decirle que me iba.
Nimenessë ya lo sabía. Las madres siempre lo saben.
Cuando abrí la puerta de la casa, estaba sentada junto a la ventana. El bosque nocturno respiraba detrás de ella. Las sombras de los árboles se movían suavemente con el viento.
No se giró cuando entré.
— Natasha ya te lo ha dicho.
No era una pregunta.
— Sí.
Silencio. Uno de esos silencios donde caben demasiadas cosas. Me acerqué.
— Partimos mañana al anochecer.
Entonces se volvió. Sus ojos me recorrieron con una mezcla extraña de orgullo y tristeza.
— Sabía que ese día llegaría pronto.
Intenté sonreír.
— No tan pronto.
Ella negó levemente.
— Para una madre siempre es demasiado pronto.
Caminó hasta mí. Durante un momento simplemente me observó. Como si intentara memorizar cada rasgo. Luego dijo algo que no esperaba.
— Ahora sabes lo fácil que es olvidar quién eres.
Comprendí de inmediato a qué se refería. La manada. La semana perdida. Asentí.
— Sí.
— Y ahora sabes también lo difícil que es volver.
Su mano se posó en mi mejilla.
— Eso significa que has aprendido.
Respiré hondo.
— Aún tengo mucho que aprender.
— Por supuesto.
Sonrió.
— Por eso te vas.
Hubo otro silencio. Entonces metió la mano dentro de su túnica.
— Tengo algo para ti.
Sacó un pequeño objeto envuelto en tela oscura.
Lo abrió con cuidado. Dentro había un colgante.
Era antiguo. Un círculo de metal oscuro grabado con símbolos que no reconocía.
Los surcos estaban desgastados por el tiempo, como si hubieran pasado siglos desde que fueron tallados.
En el centro había una pequeña piedra rojiza.
Pero no era piedra. Era sangre. Sangre sellada.
— Este símbolo es anterior a muchos de los vampiros que conoces —explicó —. Se utilizaba cuando las distancias entre los nuestros eran demasiado grandes.
Me colocó el colgante en el cuello. Sentí el metal frío contra mi piel.
— La sangre que contiene es mía.
La miré sorprendida.
— ¿Tuya?
— De cuando era humana.
Eso me dejó sin palabras. Continuó:
— Si alguna vez estás en verdadero peligro… si no puedes regresar… si necesitas ayuda… concéntrate en esta sangre y llámame.
Fruncí el ceño.
— No conozco esa magia.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
— No te preocupes.
Sus ojos brillaron con un destello enigmático.
— La aprenderás.
Luego añadió algo importante.
— Pero solo debes usarla en caso de emergencia.
— ¿Por qué?
— Porque consumirás casi toda tu energía al hacerlo.
Una pausa.
— Y porque yo sentiré tu llamada dondequiera que esté.
Tragué saliva.
— Entonces será mejor no usarla.
— Exacto.
Guardó silencio un momento. Luego sacó otro objeto. Este era distinto. Más pequeño. Más sencillo. Un anillo de oro oscuro con un grabado apenas visible. Lo reconocí. Tardé un segundo. Pero lo reconocí.
— Era de tu padre.
Mi corazón se detuvo un instante.
— Muga lo llevaba siempre — continuó—. Cuando… cuando nos separamos, me lo dio.
Su voz tembló apenas.
— Dijo que un día debía volver a su hija.
Tomé el anillo con cuidado. Como si pudiera romperse.
— Lo he guardado todos estos años — añadió —. Esperando este momento.
Lo apreté en la mano. Me lo puse en mi mano izquierda.
— Gracias.
Pero la palabra era demasiado pequeña. Nimenessë me miró. Y entonces hizo algo que no había hecho desde que la había llamado madre por primera vez. Me abrazó. Fuerte. Como si el mundo pudiera romperse y ella quisiera impedirlo.
— Escúchame bien, Siria.
Su voz era baja. Intensa.
— Eres Gilraen.
Una pausa.
— Pero antes que eso eres mi hija.
Sentí su mano en mi cabello.
— Si algún día tienes que elegir entre salvar el mundo… o salvarte a ti misma…
Levanté la mirada.
— ¿Qué debería hacer?
Sus ojos brillaban.
— Elegirte.
Eso me sorprendió.
— El mundo puede encontrar otra heroína.
Sus dedos se cerraron en mi hombro.
— Yo no puedo encontrar otra hija.
Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
— Volveré.
— Lo sé.
— Lo prometo.
— No me prometas eso.
Me miró con una ternura feroz.
— Prométeme que vivirás.
Asentí.
— Lo prometo.
Nos quedamos así un rato. Sin hablar. Sin pensar. Solo madre e hija. Nada más. Nada menos.
Al día siguiente Séfora me avisó cuando aún era de día.
— Es hora.
Salimos juntas hacia el exterior de Idrál. El cielo comenzaba a oscurecer.
Mientras atravesábamos los últimos caminos de piedra de la ciudad, sentí algo.
Una mirada. Me detuve un instante. Entre las sombras de los árboles, una figura permanecía inmóvil.
Azenor. Sus ojos estaban fijos en mí. No había desafío en su expresión.
Pero tampoco aprobación. Solo observación.
Como si estuviera intentando decidir algo que aún no había decidido. No dijo nada. Yo tampoco.
Continuamos caminando.
Ya en la salida de la ciudad, Nimenessë nos esperaba.
No llevaba ropa de guerra. No llevaba túnica de instructora. Solo una capa sencilla. Como si quisiera despedirse no como vampira. Sino como madre.
Nos abrazamos una última vez. No dijimos nada. A veces las palabras estorban.
Me subí a lomos de Séfora. La dragona extendió las alas. Antes de alzar el vuelo miré hacia abajo.
Mi madre estaba allí. Observándome. Entonces ocurrió algo inesperado.
Nimenessë se transformó. Su cuerpo se encogió.
Su piel se cubrió de pelaje. Un lobo oscuro apareció donde había estado mi madre.
Comenzó a correr detrás de nosotros mientras Séfora ascendía.
Corría rápido. Pero Séfora volaba más rápido.
Cada vez más alto. Cada vez más lejos. Hasta que el lobo se detuvo.
Durante un segundo se quedó inmóvil. Luego levantó la cabeza hacia el cielo.
Y aulló.
El sonido atravesó el bosque. Atravesó el aire. Atravesó mi pecho.
Durante horas, mientras Séfora planeaba hacia nuestro nuevo destino, ese aullido siguió resonando en mi memoria.
No era un lamento. No era despedida. Era una promesa.
Y en algún lugar muy dentro de mí, supe que volvería a escucharlo.