Capítulo XIII - La llamada de la manada
Mi madre me observó en silencio antes de hablar.
No era la mirada de una instructora. Era la de alguien que iba a soltar una cuerda.
— Tengo una prueba para ti.
No pregunté en qué consistía. Sabía que no sería sencilla.
— Durará dos noches y dos días — continuó —. Te convertirás en lobo y vivirás con una manada salvaje. No deberán notar nada extraño en ti. Cazarás con ellos. Dormirás con ellos. Comerás con ellos. Si te aceptan como una más… demostrarás que has comprendido lo que es ser lobo.
Hizo una pausa leve.
— Si no… demostrarás lo contrario.
Sentí un cosquilleo incómodo en el estómago.
— Pero nosotros no podemos alimentarnos de comida normal.
— No nos nutre — corrigió —. No nos mata. No nos alimenta. Y no nos satisface. Tampoco nos gusta.
La palabra me resultó extraña. Gustar.
— Tendrás que comer con ellos —añadió —. Aunque no te aporte nada.
La miré.
— ¿Y si pierdo el control?
Su respuesta fue simple.
— Entonces aún no estás lista.
Eso era todo. Asentí.
— Lo haré.
Me adentré en el bosque sin volver la vista atrás.
No quería que mi madre viera el segundo de duda que me atravesó.
A los pocos pasos, dejé que el cambio me recorriera.
El murciélago ya no era una reacción de pánico. El lobo ya no era una violencia incontrolada. Ahora podía elegir. Elegí lobo.
La transformación fue más fluida que semanas atrás. Huesos que cedían con memoria, piel que se estiraba sin desgarrarse, mandíbula que encontraba su lugar.
Caí sobre cuatro patas. El suelo estaba frío. Y vivo.
Podía sentir cada vibración bajo mis almohadillas.
El bosque era distinto desde esa altura. Más amplio. Más inmediato. El mundo no se organizaba en horizontes. Se organizaba en rastros.
Decidí no usar magia. Mi madre no había puesto esa restricción. Yo sí. Quería demostrar que mis sentidos bastaban.
Olfateé el aire. Nada. Solo rastro de los lobos que convivían cerca de Idrál. No eran salvajes. No eran los que buscaba. Troté.
Primero despacio. Luego más rápido. Me alejé del territorio vampírico hasta que los olores cambiaron. Más tierra. Menos piedra. Más animal.
El sol cruzó el cielo sin que yo dejara de moverme. El hambre apareció, pero no era urgente. Era controlable.
Entonces lo sentí. Un rastro leve. Antiguo. Pero real. Me detuve. Inspiré más hondo. Ahí estaban: lobos salvajes. La excitación me recorrió como un relámpago. No era miedo. Era reconocimiento. Seguí el rastro con precisión creciente. No necesitaba correr. Necesitaba no alertar.
Los encontré al caer la tarde. Siete adultos. Tres cachorros.
La manada me vio antes de que yo me acercara del todo. Se tensaron. Uno mostró los dientes. Otro gruñó bajo. No avancé. Bajé la cabeza. Flexioné las patas. Sumisión. Esperé. El macho alfa dio un paso al frente. Era grande. Más grande que yo.
Su pelaje tenía cicatrices viejas. Se acercó lo suficiente como para olerme.
Su hocico se detuvo a centímetros de mi cuello. Yo no respiré. Olfateó. Insistió. Su mirada se endureció. Y ahí lo sentí. Algo en mí que no encajaba. No era vampira. No era humana. Pero tampoco era exactamente lobo.
El gruñido fue más fuerte. Me tumbé completamente. Vientre expuesto. Vulnerabilidad total. Si decidía atacarme, no me defendería.
No en esa forma. No en esa prueba. El silencio se alargó. Después, el alfa apartó la cabeza. Y dio media vuelta.
No era aceptación plena. Pero tampoco expulsión.
Era permiso provisional. Eso bastaba.
Las primeras horas fueron tensas. No me integré. Orbitaba. Me mantenía en los límites.
Observaba dinámicas. Quién comía primero. Quién vigilaba. Quién jugaba con los cachorros.
Las madres eran las más desconfiadas. Cada vez que me acercaba, desplazaban a las crías con el cuerpo. No insistí.
Al anochecer, la manada salió a cazar. Los seguí. No lideré. No adelanté. Me mantuve en el flanco.
Cuando cercaron un ciervo joven, entendí el ritmo colectivo. No era fuerza bruta. Era coordinación.
Yo podría haberlo alcanzado sola en segundos usando velocidad vampírica. No lo hice. Me ajusté a su cadencia.
Cuando cayó, me aproximé con el resto. El olor a sangre me golpeó. Mi hambre despertó.
Y ahí llegó el verdadero desafío. Comer carne. Arranqué un trozo. Lo mastiqué. No era desagradable. Pero no era nada. No llenaba. No calentaba. Era textura.
Los otros lobos comían con hambre real. Yo fingía saciedad.
Si me retiraba demasiado pronto, notarían diferencia.
Si me abalanzaba con demasiada intensidad, también.
Comí. Sin necesidad. Sin placer. Solo pertenencia.
Esa noche fingí dormir entre ellos. El calor de los cuerpos era distinto al vampírico. Más irregular. Más frágil.
Uno de los cachorros se acercó mientras dormía. Apoyó la cabeza en mi costado. Las madres no lo apartaron. Ese pequeño gesto fue mi primera victoria.
El segundo día fue más fácil. Jugaban. Corrían. Me dejé llevar. Olvidé la guerra. Olvidé a Duncan. Olvidé a Azenor. Olvidé incluso a mi madre.
El bosque era presente puro. Movimiento. Respiración. Manada.
Y por primera vez desde mi transformación, no era híbrida. No era elegida. No era símbolo. Era lobo. Y esa sensación fue peligrosa. Porque empezó a gustarme demasiado.
La segunda noche llegó sin que contara las horas. La tercera mañana también. Pero yo no lo supe.
Había perdido la noción del tiempo.
La mente lobo no mide días. Mide hambre. Mide luz. Mide amenaza. Nada más.
Y entonces, en mitad de una carrera, la voz atravesó mi conciencia como una cuerda tensada.
— ¡Siria!
Me detuve en seco. La manada también. La voz no era sonido. Era pensamiento. Séfora.
— ¿Dónde estás?
Parpadeé. Como si recordara algo olvidado hacía años.
— Estoy aquí.
— ¿Por qué no has vuelto?
La pregunta tardó en asentarse. Volver. Examen. Mi madre. Dos noches. Dos días.
La voz de Séfora fue más firme.
— Terminó hace una semana.
El mundo se inclinó. Una semana. Miré a la manada. A mi manada.
Los cachorros habían crecido apenas perceptiblemente. No lo había notado. No había contado. No había pensado. Solo había sido. Solo había vivido.
Un escalofrío me recorrió el lomo. Eso era lo que mi madre quería comprobar.
No si podía integrarme. Sino si podía volver.
— He perdido la noción del tiempo… —respondí mentalmente.
— Lo sé — contestó Séfora —. Pero no puedes perder la noción de quién eres.
Eso dolió más que cualquier transformación fallida. Miré al alfa, ya con nostalgia anticipada. Me sostuvo la mirada.
No había reproche. No había apego por su parte. Por la mía sí. Solo presente.
Si me iba, la manada seguiría. Si me quedaba, también. No me necesitaban. Yo si los necesitaba. Y eso marcaba la diferencia.
Me alejé unos metros.
La transformación de vuelta a humana fue extrañamente difícil.
El lobo no quería ceder. La magia tampoco.
Sentí el tirón en la columna, la resistencia en la mandíbula.
Pero forcé el cambio. Piel. Hueso. Manos. Respiré. Desnuda entre árboles. Humana otra vez.
— Dame un momento — pedí a Séfora —. Me convertiré en murciélago y volaremos.
Antes de cambiar, miré una última vez.
La manada ya no me observaba.
Habían vuelto a moverse.
Yo no era suya. Nunca lo fui.
Y, sin embargo, una parte de mí habría podido quedarse.
Esa fue la lección real.
No integrarse. Saber marcharse.
Me transformé en murciélago.
Las alas se desplegaron con facilidad.
Esta vez no huía. Regresaba.
Y mientras ascendía hacia el cielo, comprendí que había superado la prueba.
Pero también que había descubierto algo inquietante:
Ser lobo era sencillo.
Ser Siria… era mucho más difícil.