Capítulo XIV - Lo que no debe olvidarse
Cuando mis pies tocaron la piedra de Idrál, supe que algo no estaba en su lugar.
No era el bosque. No era la noche. Era el silencio.
Mi madre me esperaba en el límite del claro. No avanzó hacia mí. No gritó mi nombre.
Solo me miró. Y esa mirada dolió más que cualquier reproche.
— Han pasado dos noches — dije antes de que hablara.
— Han pasado nueve — respondió.
El aire se volvió más denso. Séfora descendió detrás de mí, pero no intervino. Mi madre dio un paso al frente.
— ¿Sabes cuánto tiempo estuvo Azenor preguntando si habías huido?
— No huí.
— ¿Sabes cuánto tiempo estuvo Natasha calculando si tu ausencia debía interpretarse como deserción?
— No deserté.
Su voz no se elevó.
— Te diluiste.
La palabra cayó con precisión quirúrgica.
Sentí el lobo removerse dentro.
— Era parte de la prueba.
— La prueba duraba dos días.
Silencio.
— Ahora sabes lo fácil que es olvidar quién eres.
No había acusación. Había advertencia. Bajé la mirada.
— No olvidé. Solo… dejé de contar.
Mi madre negó apenas.
— Eso es olvidar, Siria. No perder la memoria. Perder la medida.
Levanté la vista.
— ¿Y qué querías? ¿Que me mantuviera mitad fuera? ¿Que nunca me entregara del todo?
— Quería que aprendieras a entrar sin desaparecer.
Eso me atravesó.
El bosque seguía siendo bosque. La manada seguía existiendo en algún punto del oeste.
Pero yo estaba aquí. Y aquí había consecuencias.
Una figura se movió entre las sombras. Azenor. No parecía molesto. Parecía satisfecho.
— Una semana — dijo con calma —. Para una criatura que afirma poder sostener varias naturalezas, resulta… ilustrativo.
No respondí.
— La estabilidad no se demuestra cuando todo es cómodo — continuó —. Se demuestra cuando el instinto seduce.
Mi madre no intervino esta vez. Me miró. Esperando.
— No me sedujo el instinto — dije —. Me sedujo la pertenencia.
Eso hizo que Azenor inclinara ligeramente la cabeza.
— Peor aún.
Sentí el impulso de responder con fuego. No lo hice.
— ¿Quieres probarme? — pregunté.
Hubo un murmullo leve entre los vampiros cercanos. Azenor sonrió apenas.
— Siempre.
Señaló el bosque.
— Transformación. Ahora.
No era una orden de combate. Era una medición.
— Lobo.
No dudé. El cambio me recorrió con fluidez. Cuatro patas. Pelaje. Respiración profunda.
— Mantén la forma — dijo él —.
Esperé el siguiente movimiento. No llegó. En su lugar, Azenor se hizo un corte limpio en la palma.
La sangre cayó sobre la piedra. El olor me golpeó como un martillo. Vampiro antiguo.
Sangre densa. Poderosa. El hambre despertó. Mi lobo dio un paso involuntario. Azenor no apartó la mano.
— Una semana entre lobos — dijo con suavidad —. Veamos si sigues siendo vampira.
Sentí el tirón interno. Lobo quería carne. Vampira quería sangre. Magia quería imponerse. Respiré. No con pulmones. Con voluntad. Di un paso atrás. Luego otro. Bajé la cabeza. No por sumisión. Por elección. La sangre seguía allí. No me lancé. Azenor observó en silencio.
— Humana —añadió entonces —.
Y de repente habló en tono humano.
Mencionó a Muga. Pronunció su nombre con exactitud. El golpe fue distinto. No físico. Emocional. Mi cuerpo vaciló.
Y aun así… No cambié de forma. No ataqué. No huí. Sostuve.
El silencio se alargó hasta volverse incómodo.
Azenor cerró la herida sin mirar la sangre en el suelo.
— Interesante — dijo finalmente.
No era aprobación. Pero tampoco era condena. Se volvió hacia mi madre.
— Aún es inestable.
— Lo somos todos — respondió ella con calma.
Azenor me miró una última vez.
— Si vuelves a desaparecer, no defenderé tu ausencia.
— No volveré a desaparecer — respondí.
Y esta vez lo sabía. Cuando se retiró, el claro se vació poco a poco. Mi madre se quedó frente a mí.
— No te castigaba por quedarte — dijo más bajo—. Temía a que te perdieras a ti misma.
Eso me desarmó más que cualquier prueba.
— No quiero ser solo lobo.
— Ni solo vampira.
— Ni solo símbolo.
Ella dio un paso y apoyó su frente en la mía.
— Entonces aprende a regresar. Siempre. Aunque nadie te llame.
Nos quedamos así un momento que no medí.
Luego caminamos juntas hacia su casa. Dentro, el ambiente era distinto al del claro. Más pequeño. Más humano. Se sentó junto a la ventana. Yo frente a ella.
— Cuando me desterraron — dijo sin mirarme — hubo noches en las que olvidé cuánto tiempo llevaba fuera. El exilio tiene esa trampa. Te acostumbras a la ausencia.
La miré.
— ¿Volviste por deber?
— Volví por amor.
El silencio fue suave esta vez.
— No te entreno para que seas fuerte — añadió—. Te entreno para que no te disuelvas en lo que amas.
Sentí algo asentarse dentro de mí. No como herida. Como eje.
Esa noche no hubo entrenamiento.
Nos sentamos en el suelo, espalda contra espalda. Sin hablar de guerra. Sin hablar de Azenor. Solo respirando el mismo aire.
De camino a la casa que compartía con Séfora, pensé en la manada. No con nostalgia. Con claridad.
Podía haberme quedado. Pero había elegido volver.
Así comprendí que, era más importante que cualquier integración perfecta.
Al día siguiente, Idrál seguía dividido. Azenor seguía observando. Natasha seguía calculando. La guerra seguía acercándose. Nada estaba resuelto.
Pero algo había cambiado. Ya no temía perderme.
Ahora sabía que podía entrar en cualquier forma… y regresar.