La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XII - El primer muerto
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Capítulo XII - El primer muerto

La guerra no empezó con un ejército. Empezó con un cadáver.

Lo encontraron al amanecer, cuando la niebla aún cubría los límites occidentales de Rapovims. Un guardia regresó solo. No hablaba. Solo señaló hacia el bosque.

El explorador yacía entre las raíces de un roble antiguo.

Degollado. La herida era limpia. Precisa.

No había lucha alrededor. No había señales de persecución.

Solo sangre. Y el símbolo.

El emblema de Duncan ardía grabado en su pecho con hierro candente. La piel aún desprendía un leve humo cuando llegamos.

El mensaje era claro. No era una caza. Era una advertencia. Nos veían. Sabían dónde estábamos. Sabían cómo encontrarnos. Y habían querido que lo supiéramos.

El cuerpo fue llevado al centro de Idrál.

Nadie hablaba en voz alta. El silencio no era duelo. Era cálculo. Azenor fue el primero en romperlo.

— Reconocimiento.

No elevó la voz. No necesitaba hacerlo.

— Un soldado humano no se adentra tanto sin orden directa — añadió—. Duncan está midiendo nuestras defensas.

Natasha no lo contradijo. Pero tampoco mostró emoción.

— No habrá represalias abiertas. No aún.

El murmullo fue más intenso que la noche en la que empezó el conflicto. Esta vez no eran susurros aislados. Eran bloques.

— ¿Esperaremos a que haya más?

— ¿Cuánto más debemos tolerar?

— ¿Y si ya han penetrado más allá del límite?

Azenor dio un paso al frente.

— Entonces debemos prepararnos.

No era desafío. Era exigencia. Natasha lo miró largo rato.

— Prepararnos no es precipitarnos.

— Y esperar no es proteger — replicó él.

La tensión no estalló. Pero se asentó. Como polvo fino.

Yo observaba el cuerpo. No lo conocía bien. Lo había visto dos veces. Me había mirado con desconfianza la noche del incidente. Y ahora estaba muerto.

Por un momento, una idea se filtró en mi mente como veneno:

Si no hubiera venido a Idrál… ¿seguiría vivo?

Mi madre notó mi rigidez.

— No cargues con lo que no te pertenece — susurró.

Pero la duda ya había nacido. Y eso era suficiente.

El funeral se celebró esa misma noche. Los vampiros no enterraban. Liberaban. El cuerpo fue colocado sobre una plataforma de piedra. No había llanto. No había gritos. Solo una solemnidad antigua.

Natasha habló primero.

No sobre venganza. Sobre memoria. Azenor habló después. No sobre dolor. Sobre vigilancia.

Cuando el fuego lo envolvió, el humo ascendió entre los árboles en una espiral oscura.

Algunos lo siguieron con la mirada. Otros la desviaron hacia mí.

En algunos ojos ya no era Duncan el culpable.

Algunos culpaban al cambio. Y era más fácil culpar a alguien que veían que culpar a una sombra.

Duncan se encontraba a muchos kilómetros de distancia.

Yo estaba allí. Para algunos, la culpable de esa muerte era yo.

La verdadera pregunta era si yo también empezaría a creerlo.

Después de esa noche, Natasha fue clara.

— Acelerad su entrenamiento.

No lo dijo mirándome.

Lo dijo como quien da una orden estratégica. Y el entrenamiento dejó de ser duro. Se volvió brutal.

Transformación bajo presión extrema. Sin previo aviso.

Mi madre me obligaba a cambiar de forma en mitad de una carrera. A mitad de un salto. A mitad de una caída.

— La guerra no espera a que estés lista.

Combate en inferioridad. Tres vampiros contra mí. No para herirme. Para desestabilizarme.

— Si no puedes controlar tu instinto rodeada de sangre, no podrás hacerlo en guerra.

Magia mientras sostenía forma animal.

Una noche me obligó a mantener forma de lobo mientras invocaba fuego desde la boca. El calor me abrasó por dentro. Sentí cómo la magia intentaba quebrar la forma.

Dolió. Funcionó.

Otra noche sostuvo un cuchillo frente a mi garganta mientras yo permanecía transformada.

— Si el miedo te hace cambiar de forma sin querer, estás muerta.

Aprendí. Pero también entendí algo más. Azenor no conspiraba. Debatía. Reunía a los suyos en el ala oriental de Idrál. No en secreto. A plena vista. Neutralidad frente a intervención. Preservación frente a riesgo. No todos estaban dispuestos a apoyar una guerra abierta por una híbrida.

Idrál ya no era refugio. Era tablero. Y yo no era reina. Era una pieza que podía inclinar la partida hacia la estabilidad… o hacia la fractura.

Una noche, mientras el humo residual del funeral aún parecía flotar en el aire, observé desde el balcón de piedra cómo los vampiros se movían por la ciudad.

Pequeños grupos. Conversaciones bajas. Miradas largas. El equilibrio era frágil. Más frágil de lo que Natasha admitía. Mi madre se colocó a mi lado.

— La guerra ya no es posibilidad — dijo—. Es proceso.

Miré hacia el bosque. Duncan había enviado un mensaje. Y había funcionado. No nos había debilitado físicamente. Nos había dividido.

El humo del explorador ascendió por última vez entre los árboles.

No era final. Era anuncio.

Y comprendí algo que me heló la sangre más que cualquier transformación fallida:

La primera batalla no se libraría contra Duncan.

Ya se estaba librando. Aquí. Dentro de Idrál.

Y aún no sabía de qué lado terminarían todos.

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