La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XI - La herida invisible
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Capítulo XI - La herida invisible

Idrál no volvió a ser igual después de aquella noche. No hubo proclamaciones. No hubo decretos. Pero los susurros cambiaron de tono. Ya no eran sólo de curiosidad. Algunos eran de juicio.

Al caminar por los senderos de piedra entre los árboles, sentía las miradas deslizarse sobre mi espalda como una brisa fría. Algunos apartaban los ojos cuando los enfrentaba. Otros no. Otros querían que los viera mirar.

Una noche, mientras cruzaba el patio central para dirigirme al claro de entrenamiento, escuché la primera frase en voz suficientemente alta como para no ser un accidente.

— ¡Ahí va la híbrida!

No me detuve.

— Dicen que casi arrancó el brazo a Darel —añadió otro.

— Hoy es un brazo. Mañana será una garganta.

Las palabras no eran gritos. Eran cuchillas suaves. Me giré.

El que había hablado era un vampiro alto, de cabello rojizo recogido en una trenza fina. No era antiguo. Tampoco joven. Su postura era relajada. Su mirada, no.

— ¿Tienes algo más que añadir? —pregunté.

Sonrió apenas.

— Solo que no todos creemos que seas la solución.

Antes de que pudiera responder, otra voz intervino desde el lateral.

— Y no todos creemos que seas capaz de evaluar el futuro mejor que nuestra reina.

El que habló dio un paso al frente. Cabello oscuro. Rasgos más suaves. Mirada firme. No lo conocía.

— Karev — murmuró el otro con desdén.

— No soy yo quien decide — continuó Karev sin apartar la mirada de su interlocutor—. Pero si nuestra majestad Natasha la respalda, cuestionarla públicamente es cuestionar su juicio.

Silencio.

El vampiro de la trenza hizo un gesto ambiguo.

— Solo digo que los errores tienen consecuencias.

— Todos las tenemos — respondió Karev—. Algunos simplemente no las reconocen.

La tensión se sostuvo un instante más. Luego el vampiro ofensivo se marchó. Karev me miró. No con compasión. Con evaluación.

— No les des lo que esperan — dijo.

— ¿Y qué esperan?

— Que confirmes su miedo.

Y se fue.

Me quedé un momento inmóvil. No todos estaban en mi contra. Pero tampoco todos estaban conmigo. La herida no era visible. Pero estaba abierta.

Esa misma noche, durante el entrenamiento, las miradas volvieron. Esta vez más abiertas. Más descaradas. Intenté concentrarme. Fallé dos veces seguidas. El murciélago apareció cuando debía surgir el lobo. La frustración empezó a trepar por dentro.

Mi madre detuvo el ejercicio antes de que yo lo hiciera.

— Basta por hoy.

La decepción me dolió más que el agotamiento.

En su casa, frente a la ventana abierta, habló sin mirarme.

— Azenor fue mi maestro.

La confesión cayó despacio.

— ¿Qué?

— Él me enseñó a cazar. A resistir el hambre. A no dejar que el instinto me dominara. — Su voz no era amarga. Era exacta. — Es antiguo. No tanto como nuestra majestad Natasha. Pero ha sobrevivido a dos guerras.

Encajaba. La precisión. La frialdad. La ausencia de vacilación.

— ¿Te odia?

— No.

Dudó.

— Cree que soy impulsiva. Que dejo que el corazón gobierne mis decisiones.

La miré.

— ¿Y tiene razón?

Se volvió hacia mí.

— Sí.

No lo negó.

— Tal vez quedan restos de mi antigua humanidad.

Guardó silencio unos segundos.

— Pero a veces el equilibrio necesita algo más que cálculo. Las guerras no siempre se evitan esperando.

Comprendí entonces que el conflicto no era personal. Era ideológico. Azenor no luchaba contra mí. Luchaba contra lo que yo simbolizaba: cambio.

Otra noche, durante un ejercicio de resistencia al hambre, discutimos.

El ejercicio consistía en permanecer en el claro mientras un animal herido era liberado a unos metros. No para cazarlo. Para resistir.

Mi cuerpo temblaba. El olor era intenso.

— No puedes depender de la magia — insistió mi madre—. En combate, si algo interfiere en ella, ¿qué te quedará?

— No soy solo vampira —respondí con los dientes apretados—. Soy Gilraen.

— Y también eres carne. Y hueso. Y error.

La palabra me atravesó.

— ¡No puedes pedirme que renuncie a la mitad de lo que soy!

— No quiero que renuncies — dijo al fin, más bajo—. Quiero que sobrevivas.

El hambre me quemaba la garganta. La frustración me cerraba el pecho. Y la palabra salió antes de que pudiera detenerla.

— No quiero sobrevivir a medias, madre.

El aire se detuvo. No como profesora. No como instructora. Como mujer.

— Me has llamado madre…

Mi pulso aún estaba acelerado.

— Hace días que lo pienso — murmuré—. Solo necesitaba decirlo en voz alta.

No lloró. Pero su expresión cambió. Se acercó.

Y me abrazó. No como maestra. Como madre.

Breve. Necesario. Ansioso. Su abrazo no era perfecto.

Era contenido. Como si aún temiera romper algo.

Y cuando nos separamos, algo había sanado.

No del todo. Pero lo suficiente para que el siguiente entrenamiento ya no fuera solo disciplina. Fuera confianza.

Ese día, más tarde, al salir de su casa, antes de regresar a mi refugio, noté una figura apoyada en uno de los pilares de piedra. Azenor. No habló. No intervino. Solo observó cómo yo me alejaba. No había desprecio en su mirada. Tampoco aprobación. Había cálculo. Y algo más. Esperaba.

Y entendí que la herida invisible no era solo la división en Idrál.

Era la que se abría cada vez que yo fallaba.

Cada vez que acertaba.

Cada vez que alguien decidía de qué lado colocarse.

Idrál estaba cambiando.

Y yo no sabía aún si sería su puente…o su fractura.