La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo X - La grieta en la corte
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Capítulo X - La grieta en la corte

Mire a mi madre de forma insegura, no sabía si íbamos a hacer la lección con tantos ojos observando.

— Que miren — dijo mi madre sin alterarse—. Aprender a ser observada también es parte de tu formación.

No discutí. Pero entendí. No entrenaba solo mi cuerpo. Entrenaba mi legitimidad.

Esa noche trabajábamos la transformación en lobo.

La transición ya no me resultaba imposible, pero seguía siendo inestable. El murciélago era ligereza. El lobo era peso. Fuerza en las patas, mandíbula, instinto terrestre.

El murciélago representaba la huida. Igual que mi primera transformación.

El lobo… exigía quedarse.

Cerré los ojos.

Sentí el hueso reorganizarse. La piel tensarse. Las uñas crecer. La columna comprimirse y expandirse a la vez.

El dolor era distinto al de otras noches. Más profundo. Más estructural. Por un instante lo logré.

Cuatro patas. Pelaje claro, recordando el color de mi propio cabello. Respiración profunda.

El suelo bajo mis garras se sentía distinto. Más cercano. Más real.

Mi madre asintió apenas.

— Mantén la forma. No la fuerces.

Ese era el problema. No era adoptarla. Era sostenerla. Porque debajo del lobo latía el murciélago. Y debajo de ambos… la magia. Y la magia no toleraba ser ignorada.

Sentí cómo algo se deslizaba por dentro, queriendo imponerse. Como si una corriente eléctrica recorriera mis músculos, buscando salida.

Intenté resistir. Intenté estabilizar la transformación. Intenté demostrar que podía controlarla. Escuché un leve ruido. Algún vampiro se había movido apenas un instante. Efímero. Rápido. Suficiente para distraerme. Fue entonces cuando perdí el control.

Mi cuerpo se fracturó en sensaciones contradictorias.

Las alas intentaron desplegarse desde un torso que ya no era humano. Las garras se alargaron demasiado. El hocico se deformó. El lomo se arqueó con un crujido antinatural.

Escuché un murmullo entre los árboles.

El dolor fue inmediato. Pero no fui la única en sufrirlo.

Un movimiento a mi derecha. Un vampiro joven que observaba demasiado cerca.

Demasiado confiado. Intenté retroceder. Demasiado tarde.

Mi garra, descontrolada, le atravesó el antebrazo.

La piel cedió. El hueso crujió. El olor a sangre explotó en el aire. Y el hambre respondió.

Silencio. Absoluto.

El joven cayó hacia atrás, no muerto, pero herido.

Yo me quedé inmóvil.

Mitad lobo. Mitad otra cosa.

La sangre era demasiado cercana.

Demasiado viva. Demasiado tentadora.

Por un segundo, sentí cómo el instinto quería imponerse.

Y ese segundo fue el más peligroso.

— ¡Siria! — la voz de mi madre atravesó el claro—. Controla la forma.

Me aferré a esa orden como a un ancla.

Respiré. No con el lobo. Con la mente.

Forcé la estructura a recomponerse.

Hueso. Carne. Piel.

El proceso fue lento. Doloroso. Humillante.

Volví a ser humana.

La sangre del joven vampiro manchaba la hierba.

Y no todos apartaban la mirada.

El claro ya no era un espacio de entrenamiento.

Era una escena de juicio.

Y entonces apareció él.

No salió de entre los árboles.

No descendió desde ninguna rama.

Simplemente estaba allí.

Como si siempre hubiera estado.

Alto. Delgado. Cabello oscuro recogido hacia atrás. Rasgos severos. Antiguos. Su presencia no imponía por volumen, sino por densidad.

Sus ojos no me miraban con curiosidad. Me medían.

— Interesante — dijo con voz baja—. Así comienza siempre.

No alzó la voz. No hizo falta.

Mi madre tensó la postura.

— Azenor.

El nombre cayó como advertencia.

Él no apartó la mirada de mí.

— La sangre mezclada nunca es estable — continuó—. Lo vimos hace siglos. Lo vemos ahora.

Un murmullo más firme recorrió el claro.

El joven herido intentó incorporarse. Otro vampiro lo ayudó. La herida ya comenzaba a cerrarse, pero la sangre seguía visible.

Azenor señaló el suelo.

— Hoy ha sido uno de los nuestros. Mañana, ¿quién será?

Algunos vampiros asintieron. Otros desviaron la mirada. Nadie defendió en voz alta.

— Fue un accidente —intervino mi madre con firmeza—. Está aprendiendo.

—Aprendiendo —repitió Azenor—. ¿Y cuánto costará ese aprendizaje?

Dio un paso hacia mí. No amenazante. Evaluador.

— Eres humana. Eres vampira. Eres algo más. Y cada parte tira en una dirección distinta.

Sentí que algo en mí quería responder con magia. Quería demostrar. Quería imponerse. No lo hice.

— Estoy aprendiendo a controlar lo que soy —respondí.

— Eso no es respuesta. Es esperanza —replicó con frialdad—. Y para empezar… no deberías ni existir.

El murmullo creció. Más abierto esta vez. Algunos ya no disimulaban. Otros cruzaban los brazos. Otros simplemente observaban. División. Eso era lo que estaba naciendo.

Y yo era la grieta.

Entonces la presencia cambió. No fue ruido. Fue presión.

Natasha apareció entre los árboles como si la noche misma la hubiese convocado.

— Basta.

El silencio fue inmediato. Incluso el viento pareció detenerse. Todos inclinaron la cabeza. Azenor lo hizo un segundo más tarde que los demás.

— ¿Cuestionas mi decisión? — preguntó Natasha sin elevar la voz.

— Cuestiono el momento — respondió él—. No la autoridad.

La diferencia era mínima. Pero suficiente. Natasha me miró. No había duda en sus ojos.

— Gilraen no es un experimento. Es una necesidad.

Luego miró la sangre en el suelo.

— Y el error forma parte del aprendizaje. Sin error no hay crecimiento.

Se volvió hacia el joven herido.

— ¿Puedes sostenerte?

— Sí, majestad.

— Entonces no hay más que discutir.

Azenor no insistió. Pero antes de retirarse dijo:

— La guerra no se gana con entusiasmo. Se gana con estabilidad.

Sus seguidores lo acompañaron. No eran muchos. Pero tampoco eran pocos.

El claro quedó más vacío. Y más dividido.

Mi madre se acercó a mí sin tocarme. Natasha me sostuvo la mirada un segundo más. No era consuelo. Era advertencia. La grieta estaba hecha. Y yo estaba en el centro.

Por primera vez desde que llegué a Idrál, entendí que no bastaba con aprender a transformarme. Tendría que aprender a sostener una especie que aún no estaba segura de quererme en ella.

Y eso… sería más difícil que cualquier combate.