La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo VII - La sangre que me eligió
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Capítulo VII - La sangre que me eligió

— Con el tiempo aprenderás a dominar el hambre —dijo Nimenessë con serenidad—. Natasha es nuestra reina porque es la más antigua. La edad otorga resistencia… y perspectiva.

Me sostuvo la mirada.

— Aunque tú tienes ventajas que muchos aquí no poseen.

— ¿Por ser Gilraen?

— Por ser tú — corrigió suavemente.

Esa respuesta me incomodó más que si hubiera hablado de profecías.

La observé en silencio. Sus ojos eran oscuros, pero no fríos. Había algo en ellos que me inquietaba. Algo que reconocía.

— ¿Así que fuiste tú quien me convirtió?

No apartó la mirada.

— Sí.

El aire cambió.

Había imaginado muchas veces ese momento. Ira. Acusaciones. Gritos.

Y, sin embargo, lo que sentí fue otra cosa.

Una grieta.

— Pero…

La palabra quedó suspendida.

Mientras hablábamos, sus ojos no se apartaban de los míos. Y fue ahí. En ese cruce sostenido. En esa forma concreta de inclinar la cabeza. En esa curva apenas perceptible en el borde de sus pupilas.

Lo recordé.

Un lugar de piedra. El olor a hierro. El eco de los gritos. Mi padre de rodillas.

— ¡Hija! ¡Siria! Ve a buscar a tu madre. Ve en busca de Nimenessë…

El recuerdo me atravesó como una lanza provocándome un ligero mareo.

Mi respiración se volvió irregular.

— Nimenessë…

— Sí.

— Tú eres… Nimenessë.

No fue una pregunta.

Ella no respondió enseguida.

Y en ese silencio lo supe.

— Tú no estás muerta — susurré—. Me dijeron que habías muerto al nacer yo.

Sus ojos se quebraron apenas.

—Siria…

El mundo se inclinó.

— Tú eres mi madre.

No hubo negación. No hubo sorpresa fingida.

Solo un suspiro que llevaba siglos esperando salir.

— Sí.

La palabra fue pequeña. Pero cambió todo.

No grité. No lloré. La rabia fue más lenta. Más profunda.

— ¿Por qué? — pregunté—. ¿Por qué me convertiste? ¿Por qué no me dejaste morir como a padre?

— ¿En serio es necesario que conteste a esa pregunta?

— Si

— Eres mi hija, te quiero…

— No lo suficiente… ¿Por qué me dejaste crecer creyendo que estabas muerta? ¿Por qué no estuviste?

No alzaba la voz. Y eso dolía más.

Ella dio un paso hacia mí.

Yo no retrocedí.

— Existen normas entre las especies —dijo—. Normas antiguas. Un vampiro no puede unirse a un humano. No puede vivir entre ellos. No puede tener descendencia sin romper el equilibrio.

— Y aun así me tuviste.

Su silencio fue respuesta suficiente.

— ¿Ni una noche? — insistí—. ¿Ni una noche como madre?

Sus labios temblaron.

— Más de una — susurró—. Siempre cuando dormías.

Mi corazón dio un vuelco involuntario.

— Cantabas…

No era una pregunta. Era un recuerdo que despertaba.

Una melodía que creí haber imaginado.

Ella asintió.

— Siempre canté la misma.

La sala se volvió demasiado pequeña.

— Escúchame — pidió—. Después podrás juzgarme.

No respondí. Pero no me fui. Y eso fue suficiente.

Su voz se volvió más baja. Más humana.

Hace treinta años…

Yo llevaba cincuenta siendo vampira. Nunca me había enamorado. Ni antes, ni después de mi conversión.

Una noche volé más lejos de lo habitual. Llegué a un bosque junto a un castillo. Me transformé. Y un joven me encontró.

Tu padre.

No describió el amor con grandes palabras.

Lo dejó caer en pequeños gestos.

Conversaciones interminables. Promesas de volver. Encuentros a escondidas. Tiempo demasiado veloz al estar juntos.

Hasta que un día Natasha me ordenó robar el huevo de Séfora.

— Fui yo quien lo robó.

No lo dijo con orgullo. Lo dijo con vergüenza.

— Pero no lo entregué. Lo escondí.

El aire se volvió más denso. Encajaba. Séfora nunca supo quién fue. Mi padre sí.

— Acudí a él —continuó—. Le conté todo. Él me ayudó a devolver el huevo sin provocar guerra.

Ahí estaba. La deuda. No era política. Era personal.

— Cuando nuestra reina se enteró, fui castigada durante un año. Desterrada de Idrál durante un ciclo completo.

Sonrió apenas.

— Para mí fue un regalo y un alivio. Estaba embarazada. De ti.

Vivió en Rea. En el palacio. Con mi padre.

— Me aceptó tal como era —dijo—. Incluso cuando debía alimentarme lejos para no levantar sospechas. En palacio no podían saber que alojaba a una vampiresa.

Yo podía verlo. Mi padre acompañándola a caballo. Ella demasiado débil en los últimos meses. Él sosteniéndola.

— El parto fue difícil —susurró—. Pero hermoso.

No permitió que nadie entrara. Estuvieron solos.

— Cuando naciste… eras humana.

Su voz se quebró.

— Y yo supe que me quedaba poco tiempo para disfrutar con vosotros y que tendría que irme.

Cinco meses. Solo cinco.

— Me fui con lágrimas de sangre — dijo—. Pensando que así os protegería.

Cuando llegué, Natasha ya lo sabía todo. Me encarceló dos años. Me prohibió volver.

Pero volví. Siempre de noche. Siempre en silencio con la misma canción.

Hasta que una noche mi padre encontró el valor para hablarle.

Y hablaron. Dieciocho años después. El amor estaba intacto como si no hubiera pasado un minuto desde la separación. Promesas de amor intactas. Le conto el motivo de la separación y que esta era inevitable. Tu padre ya sabía que había ido cada una de las noches a excepción de los dos primeros años.

Cuando terminó de contar eso, yo ya no estaba enfadada. Sentía que la rabia buscaba sitio donde asentarse, pero no encontraba ninguno. La odiaba. Y al mismo tiempo… la comprendía. Y eso me enfurecía aún más.

Después llego una noche en el que Natasha la llamó.

Duncan nos había secuestrado a mi padre y a mí.

Natasha me prohibió intervenir, debíamos parecer neutrales como especie para no entrar en guerra. No podíamos permitirnos otra guerra. Pero una noche tuve una premonición, el traidor os iba a matar.

— Quise salvaros a los dos.

Natasha lo prohibió. Solo podía convertir a uno.

— Te elegí a ti.

La frase cayó entre nosotras.

No como favoritismo. Como condena.

— Cuando tu padre murió, entré en su mente para despedirme.

Cerré los ojos. Lo sentí.

Esa despedida que creí imaginación.

— Cuando Duncan fue a matarte… no necesité morderte.

Te miré.

— ¿Qué?

— El vínculo ya existía. Eres mi hija. La magia que compartimos fue suficiente.

Ahí estaba la diferencia.

No había mordisco.

Había sangre compartida.

— Huí porque Séfora ya rondaba cerca. Y porque Duncan no tardaría en descubrir mi traición.

— Natasha fingió no saber que tu padre había muerto — añadió—. Había demasiados testigos. Y Séfora. Una palabra mal dicha habría iniciado otra guerra.

Encajaba. El teatro de la corte. La sorpresa medida.

— Entonces… ¿los vampiros me apoyarán contra Duncan?

— La reina esperará el momento adecuado — respondió—. Pero ahora eres una de los nuestros. Y eres Gilraen.

Eso lo cambiaba todo.

— No estoy preparada — confesé—. Ni siquiera sé transformarme a voluntad.

Por primera vez, sonrió.

— Aprenderás. Siempre fuiste inteligente. Como vampira lo serás aún más.

Silencio. El peso entre nosotras era distinto.

— Ahora entiendo por qué fingiste tu muerte —dije finalmente.

Ella no respiró.

— Dame tiempo — añadí—. Y quizá algún día vuelva a llamarte madre.

Sus ojos brillaron. No respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza.

— Ven — dijo al fin—. Necesitas alimentarte. Y yo también.

No era reconciliación.

No todavía.

Pero tampoco era ruptura.

Era algo más complejo.

Más real.

Y por primera vez en mi vida…

No estaba sola en mi sangre.