La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo VIII - Alianzas de sangre
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Capítulo VIII - Alianzas de sangre

Después de la caza, regresamos a la sala menor donde Séfora aguardaba junto a Natasha.

El ambiente había cambiado. Ya no era corte. Era privacidad.

Natasha nos observó en silencio unos instantes. Luego habló.

— Nimenessë, hace años te prohibí ejercer como profesora.

Mi madre inclinó la cabeza. No hubo protesta en su gesto.

— Lo recuerdo, majestad.

— He decidido hacer una excepción.

El silencio se tensó.

— Quiero que seas la mentora de Gilraen. Enséñale todo lo que necesita para sobrevivir. Todo lo que necesita para vencer a Duncan.

Mi madre no disimuló la emoción.

— ¿Me concedéis tal honor?

— No es un honor — respondió Natasha con serenidad—. Es una responsabilidad.

Luego me miró a mí.

— Y tú debes comprender algo, Siria. En la guerra que se avecina no caminarás sola con Séfora. Los vampiros estarán de tu lado.

No era promesa cálida. Era declaración de especie. Incliné la cabeza.

— Os lo agradezco, majestad.

— No me lo agradezcas aún. La lealtad se demuestra cuando llega el momento.

Luego hizo un gesto leve hacia los guardias.

— Descansad. Se os han preparado aposentos adecuados.

Un guardia nos condujo fuera del núcleo central de Idrál.

La casa asignada se encontraba en el exterior, integrada entre los árboles sin invadirlos. Piedra oscura, techos altos. Espacio suficiente para que Séfora descansara cómodamente sin plegar demasiado sus alas.

Los vampiros no dominaban el bosque. Convivían con él.

Cuando quedamos solas, el silencio cayó como una manta espesa.

Y entonces llegó el pensamiento de Séfora.

— ¿Cómo estás?

Suspiré.

— No lo sé. Siento que hoy he vivido varias vidas.

— Eso suele ocurrir cuando la verdad aparece.

Me senté sobre el borde de una de las ventanas.

— ¿Sabías quién era Nimenessë?

— Sabía que era una vampiresa leal a Natasha. Nada más.

La miré.

— Es mi madre.

Sentí cómo su atención se afilaba.

— Eso es… imposible.

— Lo sé. También lo creía yo.

Hubo un silencio breve.

— Entonces las leyes no son tan inquebrantables como aparentan.

— No lo fueron para ella. Y pagó por ello.

Me giré hacia Séfora.

— Y hay algo más que quiero preguntarte.

No respondió. Pero me dio espacio.

— ¿Por qué no me dijiste que eras reina?

Una exhalación suave, casi una risa contenida, resonó en mi mente.

— Cuando nos conocimos estaba a punto de comerte. No me parecía necesario añadir protocolo a la situación.

No pude evitar una media sonrisa.

— Después tuviste oportunidades.

— Sí.

— ¿Y?

Tardó en responder.

— Me sentí cómoda siendo solo Séfora.

Eso me sorprendió más que cualquier título.

— No una reina. No una figura que impone distancia. Solo… alguien que te ayudaba a no caer.

La observé largo rato.

— Entonces que quedé claro algo — dije—. Entre tú y yo no habrá títulos. No habrá majestades.

— ¿Estás segura?

— Completamente.

Una risa grave, antigua, vibró en el aire.

— Con el tiempo eso será más recíproco de lo que crees.

— Ahora mismo sigues siendo bastante más poderosa que yo.

— Ahora — corrigió ella—. Pero tú eres la heredera de Iria y Gilraen.

Gilraen. La palabra ya no me asustaba como antes.

Pero tampoco terminaba de resultarme cómoda.

Pensar en la heredera de Iria era pensar en mi padre.

En Duncan. Y, de un modo u otro, mi mente siempre acababa regresando a él.

Como si su sombra siguiera empeñada en acompañarme incluso cuando ya no estaba allí.

— ¿Te quedarás conmigo? — pregunté finalmente.

— No solo me quedaré — respondió—. Haré el viaje completo contigo.

Sentí algo parecido a alivio.

— No es solo deber — añadió—. Te he tomado aprecio.

No supe qué contestar, pero sentía lo mismo en mi pecho.

Las alianzas políticas eran necesarias. Pero las personales… eran otra cosa.

— Entonces somos tres —dije finalmente—. Una madre que intenta reparar, una dragona que decidió no comerme… y yo.

— Una tormenta en proceso —corrigió Séfora.

Sonreí.

— Una familia extraña.

— Las más duraderas suelen serlo.

Me acomodé en el lecho preparado para mí. El techo de piedra reflejaba la luz tenue de las antorchas.

El cansancio empezó a reclamarme.

— Mañana empezaré a aprender —murmuré.

— Mañana empezarás a equivocarte —corrigió Séfora—. Y eso es mejor.

Cerré los ojos.

No había reconciliación total.

No había paz.

Pero había algo nuevo.

Apoyo. Presencia. Permanencia.

Y por primera vez desde que me convertí… no sentía que estuviera aprendiendo sola.

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