La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo VI - La corte de la sangre
9%

Capítulo VI - La corte de la sangre

La sala comenzó a llenarse poco a poco.

No entraban hablando. No arrastraban los pies. Simplemente aparecían, como si la sombra misma los desprendiera de las paredes. Se colocaban a los lados, formando una media luna alrededor del trono de piedra oscura. Los guardias, inmóviles, ocuparon sus posiciones junto al asiento central.

Sentí cómo el nerviosismo me recorría la espalda.

No era miedo. Era exposición.

— Guarda la calma — susurró Séfora en mi mente—. Aquí no te juzgan por debilidad, sino por incoherencia.

Eso no me tranquilizó tanto como pretendía.

Entonces la vi.

Una vampira avanzó al frente, seguida por un hombre de porte impecable. Ambos eran de una belleza casi imposible, fría, afilada. Piel clara como mármol antiguo recién pulido. Movimientos medidos, sin una sola energía desperdiciada.

No necesitaba que nadie me lo confirmara. Natasha. Reina de los vampiros. Se detuvo ante Séfora sin mirarme.

— Bienvenida a Idrál, Séfora, reina de los dragones de gran inteligencia.

El saludo no era una fórmula. Era una proclamación.

Séfora inclinó apenas la cabeza.

— Gracias, Natasha, reina de los vampiros de gran belleza.

La sala guardó silencio absoluto. Nadie respiraba más de lo necesario. Natasha sostuvo la mirada de Séfora durante varios segundos.

— Ha pasado un largo tiempo desde vuestra última visita a nuestra corte — dijo con calma—. ¿Qué motivo os trae de nuevo a Rapovims?

Yo seguía sin existir para ella. Séfora dio un paso adelante.

— He venido a anunciar que Gilraen ha renacido. Y que ahora camina entre los vuestros.

El murmullo fue breve, pero profundo. No sorpresa. Reconocimiento.

Entonces Natasha me miró. Fue como si me atravesara.

— ¿En quién?

— En Siria — respondió Séfora—. Hija de Muga.

El nombre de mi padre alteró algo en la sala. Apenas perceptible. Pero real.

— Muga… rey de los humanos de gran corazón.

— Así era — confirmó Séfora.

Natasha inclinó levemente el rostro.

— ¿Era?

Todas las miradas se posaron en mí. Di un paso al frente.

— Mi padre murió. Duncan lo torturó y lo asesinó delante de mí.

Nadie reaccionó. Pero el silencio se volvió más pesado.

Natasha descendió lentamente los escalones del trono. Cada paso parecía medido no por distancia, sino por poder.

Se detuvo a pocos metros de mí.

— Por derecho, entonces, tú heredas Rea… y el trono de Iria.

— Lo sería — respondí, sosteniendo su mirada— si Iria no estuviera bajo el dominio de un traidor. Ahora no soy más que una más bajo vuestro reinado.

Un destello leve cruzó su expresión. Aprobación. O interés.

— ¿Y afirmas ser Gilraen?

— Así me lo ha revelado Séfora. Y así lo siento.

La palabra sentir salió antes de que pudiera medirla.

Natasha me observó más detenidamente.

— Cuéntame tu historia.

Respiré hondo. No quería que mi voz temblara.

— Mi padre se negó a revelar a Duncan el secreto que sostenía el gobierno y el equilibrio de Iria.

Murió por ello. Yo fui torturada después.

Primero con hierro. Luego con magia. Cuando su hechizo se descontroló…

algo cambió en mí. Me transformé. Huí. Séfora me encontró. Me ayudó a comprender lo que soy.

— ¿Revelaste el secreto? —preguntó sin parpadear.

— Jamás.

Un leve asentimiento.

— Bien. No lo hagas nunca. Ese secreto no pertenece al mundo. Te pertenece a ti. Y sólo deberá ser transmitido cuando tu tiempo haya terminado y otro esté preparado para sostenerlo.

Sentí el peso de esas palabras.

No eran consejo. Eran mandato.

Asentí.

Reuní valor.

— Tengo una pregunta.

Noté cómo varios guardias tensaban la postura.

— Habla.

— Sé que un vampiro me convirtió. Me gustaría saber quién… y por qué.

La sala volvió a tensarse.

Natasha no apartó la mirada.

— El porqué lo escucharás de sus labios. El quién…

Se volvió hacia el fondo de la estancia.

— Acércate, Nimenessë.

El nombre golpeó algo dentro de mí. No sabía por qué. Pero dolió.

Una figura se desprendió de las sombras y comenzó a avanzar. No era la más alta. Ni la más imponente. Pero había algo en su forma de caminar que no pertenecía al resto.

Mientras se acercaba, Natasha se volvió hacia Séfora.

— Mientras ellas hablan, ¿me acompañas a cazar como antaño? Hace más de un mes que no me alimento.

Un leve murmullo recorrió la sala. No de escándalo. De respeto.

Una chispa antigua cruzó entre ambas reinas.

— Será un placer — respondió Séfora.

Yo no pude evitar intervenir.

— ¿Un mes sin alimentaros?

Varios vampiros giraron la cabeza hacia mí. Natasha rió suavemente.

— Con los años aprendemos a dominar el hambre, Siria. Algún día lo entenderás.

Me sostuvo la mirada un instante más.

Después, ambas abandonaron la sala.

Los vampiros comenzaron a dispersarse, no como multitud, sino como niebla.

El espacio se vació poco a poco.

El silencio cambió de naturaleza. Ya no era político. Era personal.

Yo permanecí inmóvil.

Frente a mí.

Nimenessë.

​