La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo V - Rapovims
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Capítulo V - Rapovims

— Siria — la voz de Séfora rozó mi mente—. Estate atenta. Ya llegamos.

Abrí los ojos.

— ¿Tan pronto? —pregunté, incapaz de ocultar la mezcla de nervios y expectación—. Pensé que tardaríamos más.

— Prepárate — respondió—. Aquí empezarás a aprender de verdad.

Bajo nosotras, el bosque parecía no terminar nunca. Era el mismo que habíamos sobrevolado durante días, y sin embargo algo empezaba a cambiar. Mis ojos, ahora distintos, comenzaron a distinguir lo que antes se me habría escapado.

Casas.

No se alzaban sobre el claro, sino que se escondían entre los árboles, como si el bosque las hubiese aceptado en lugar de expulsarlas. Piedra entre raíces. Sombras entre hojas. Rapovims.

Mientras descendíamos, me sorprendí pensando en todo lo que creía saber sobre los vampiros. Criaturas falsas, crueles, mitológicas. Historias contadas para asustar a los niños.

Ahora yo era una de ellos. Y estaba viva.

Comprendí entonces que tendría que cuestionarlo todo. No sólo lo que me habían enseñado… sino lo que había dado por imposible.

Fue entonces cuando los vi.

Al principio pensé que eran murciélagos. Demasiados. Demasiado organizados.

Luego lo entendí. No eran animales. Eran vampiros.

Una veintena, quizá más, surgieron de entre los árboles y del cielo, cerrando el paso. Sus movimientos eran precisos, coordinados. No atacaban todavía, pero tampoco nos dejaban avanzar.

Sentí un escalofrío.

La voz de Séfora resonó, no sólo en mi mente, sino en el aire mismo.

— Soy Séfora, reina de los dragones. Conmigo viaja Siria, bruja y princesa de Rea, convertida ahora en vampira… y Gilraen. Venimos en son de paz. Deseamos hablar con vuestra reina, Natasha.

El silencio que siguió fue tenso.

Los murciélagos no se dispersaron de inmediato. Volaron a nuestro alrededor, observándonos, midiendo.

Por primera vez desde mi transformación, sentí miedo de verdad.

No a morir. A no pertenecer.

Finalmente, el círculo se abrió. Algunos se adelantaron, guiándonos. Otros permanecieron vigilantes.

Descendimos.

Mientras avanzábamos, me obligué a observarlo todo. Las casas de piedra, más grandes de lo que parecían desde el aire. Las miradas que se alzaban hacia mí. Curiosas. Desconfiadas. Frías.

No era una bienvenida. Era una evaluación.

Entonces algo me golpeó con retraso. Reina. Giré la mirada hacia Séfora. Había viajado durante días con la reina de los dragones… sin saberlo.

Una parte de mí se sintió ingenua. Otra, avergonzada. Y otra, extrañamente aliviada. Quizá no saberlo había sido un regalo.

Nos condujeron hasta la construcción más grande del lugar. No era sólo un castillo ni sólo un palacio. Era ambas cosas… y algo más. Un centro. Un núcleo.

Al entrar, el silencio se volvió más denso.

Nos hicieron esperar en una sala amplia, de piedra oscura. Sentí las miradas incluso cuando no las veía.

Entonces Séfora habló de nuevo, sólo para mí.

— Muestra respeto a Natasha — advirtió—. Es la reina de tu especie. Ahora, tu reina.

— Lo sé — respondí—. Ya no soy princesa.

— Yo podría tratarla como igual — añadió—. Y aun así, no lo hago.

Asentí despacio.

— Además —murmuré—, sin saberlo he estado tratando con una reina todo este tiempo.

Percibí algo parecido a una sonrisa.

— No fue mi intención ocultártelo — dijo—. Habrá tiempo para explicaciones.

Respiré hondo. Miré mis manos. Mi sangre. Mi reflejo en la piedra pulida.

Rapovims no era un refugio. Era una prueba. Y, como todas las pruebas que vendrían después, también sería un lugar de aprendizaje.

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