Capítulo IV - Deudas antiguas
Volamos durante un buen rato sin decir nada.
Mi enfado se fue disipando poco a poco, no porque hubiera desaparecido, sino porque el mundo bajo nosotras empezó a reclamar mi atención. El bosque se extendía como un tapiz vivo, interminable, y me descubrí observándolo con una calma que no había sentido en días.
Reconocí árboles. No por su forma, sino por la memoria.
Mi padre me había enseñado a nombrarlos, a distinguir sus cortezas, a saber cuáles curaban y cuáles mataban. Decía que conocer un árbol era una forma de respeto. Que quien aprende a mirar la tierra rara vez desea destruirla.
Pensé en él. En la ausencia que había dejado.
Fue entonces cuando recordé algo que Séfora me había dicho el día que nos conocimos.
Estamos en deuda con tu padre.
La frase había pasado de largo en medio del caos, pero ahora pesaba.
— Séfora —dije al fin—. ¿Sigues enfadada conmigo?
— No — respondió—. Dime.
Dudé un instante.
— Cuando nos conocimos… dijiste que los dragones estabais en deuda con mi padre.
Sentí cómo su atención se centraba en mí.
— Así es.
— Entonces lo conociste.
— Sí — respondió—. Mucho antes de que nacieras.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
— Antes de que tu padre reinara, Iria era un campo de batalla. Todas las razas luchábamos entre nosotras. Dragones contra vampiros. Elfos contra humanos. Hadas, sirenas… nadie estaba a salvo. Era un caos sin sentido.
Su voz no tenía orgullo. Sólo cansancio.
— Los dragones estábamos al borde de la extinción. No quedaban crías. Sólo un huevo. El mío.
Hizo una pausa, como si necesitara coger aire. Pero no era aire lo que le faltaba. Era valor para recordar algo que, incluso después de tanto tiempo, seguía doliéndole.
— Lo dejé al cuidado de mi compañero, Zurpa. Fue a alimentarse dejándolo solo. Una necesidad. Y un error. En su ausencia, alguien lo robó.
Tragué saliva.
— Tu padre lo supo — continuó—. Habló con quien lo tenía. No sé qué palabras usó, pero funcionaron. El huevo volvió a mí.
Sus alas se tensaron ligeramente.
— Nunca me dijo quién había sido. Sabía que, si lo hacía, habría buscado venganza. Y la guerra habría continuado.
Pensé en mi padre. En su forma de evitar conflictos incluso cuando tenía motivos para desatar uno.
— Ahora lo entiendo — dijo Séfora—. Entonces no.
— ¿Los dragones… sobrevivisteis? —pregunté.
— Somos pocos — respondió—. Pero existimos. Y eso es todo lo que tu padre deseaba. Todo lo que nosotros necesitábamos.
Asentí despacio.
Había algo más que me rondaba desde hacía rato.
— Séfora… si conociste a mi padre… ¿conociste también a mi madre?
La respuesta fue inmediata.
— No.
El silencio que siguió fue suave, casi respetuoso.
— Cuando tu padre hablaba de ella — añadió—, lo hacía con amor. Mucho amor. Nimenessë era especial para él.
Sentí un nudo en el pecho.
— No la conocí — admití—. Mi padre me dijo que murió al nacer yo. Cuando hablaba de ella… siempre había nostalgia. Nunca reproche.
Miré el bosque sin verlo.
— Me habría gustado conocerla.
Séfora no respondió enseguida.
— Estoy segura de que estaría orgullosa de ti —dijo al fin—. No por lo que eres. Sino por lo que eliges no ser.
Me quedé en silencio. Pensando en mi madre. En mi padre.
En las cosas que habían hecho para que el mundo no se rompiera del todo.
Y en las deudas que ahora me correspondía cargar.