La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo III - Hambre, sangre y verdad
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Capítulo III - Hambre, sangre y verdad

Al principio sentí vértigo cuando Séfora alzó el vuelo. Luego llegó algo distinto.

Rea se encogía bajo nosotras, reducida a ríos finos, bosques compactos, caminos que ya no podía recorrer a caballo. Desde esa altura, el mundo parecía inofensivo. Mentía.

Rea, mi reino, el reino de los humanos… Ahora invadido por un traidor a su especie.

Me dejé estirar sobre las escamas de Séfora, cerrando los ojos. El viento me atravesaba sin herirme. Por un instante, breve y culpable, me sentí ligera. ¿Feliz? No. Pero menos rota.

Pasaron dos días sin detenernos.

El hambre regresó antes que el cansancio. No era un rugido, sino una presión constante, como si algo dentro de mí reclamara atención con paciencia cruel. Cuando el sol empezó a caer el segundo día, apenas podía mantenerme despierta.

Séfora descendió sin que se lo pidiera.

— Hoy cazarás sola —dijo en mi mente—. Yo también necesito alimentarme.

Asentí, aunque el cuerpo me temblaba.

— ¿Con magia? —pregunté.

— Hoy sí — respondió—. Pero también deberás aprender a hacerlo sin ella.

Respiré, medio aliviada.

El bosque olía a vida. Demasiada. Mis sentidos se aferraron a un rastro concreto, más débil, más lento. Un ciervo viejo.

Me acerqué sin pensar demasiado.

Pronuncié el hechizo casi por reflejo. Un hechizo que inspiraba confianza.Y estaba a punto de traicionarla. El animal se calmó lo justo para no huir. Cuando me lancé sobre él, el grito fue breve. Después, silencio.

Bebí.

Esta vez no me aparté al primer impulso. Bebí hasta sentirme llena, hasta que la sangre dejó de saber a urgencia y se volvió espesa, casi dulce.

Cuando levanté la cabeza, el mundo era nítido. Demasiado.

El olor llegó antes que el sonido. No era bosque. No era animal. Era hierro. Sudor. Miedo.

Me incorporé despacio, limpiándome la sangre de los labios con el dorso de la mano. El cuerpo del ciervo yacía a mis pies, demasiado quieto, demasiado vacío.

— No te muevas — ordenó una voz.

Me giré lentamente.

Eran dos. Armaduras gastadas, capas embarradas, espadas desenvainadas con manos que no parecían firmes. Me miraban como se mira algo que no se quiere entender.

— Aléjate del cuerpo — dijo el más joven—. Ahora.

La voz de Séfora rozó mi mente.

Miente.

Di un paso atrás.

— No he sido yo — mentí—. Lo encontré así.

El mayor avanzó un poco más. Sus ojos se detuvieron en el cuello del ciervo. En las marcas.

— ¿Crees que somos idiotas?

Tragué saliva.

— Creo que sois hombres cansados — respondí—. Y que no queréis problemas.

El más joven dudó. El otro no.

— ¿Nombre? — exigió.

Mi mente se movió más rápido que mi cuerpo.

— Isabella.

— ¿Isabella qué?

Vacilé una fracción de segundo. Demasiado.

El metal chocó contra mi muñeca antes de que pudiera reaccionar. El frío del hierro me atravesó la piel.

— Vampira — escupió—. O algo peor.

Sentí el pulso acelerarse. No por miedo. Por hambre. La voz de Séfora fue dura como una roca antigua.

Contrólate.

Respiré hondo.

— Miradme bien — dije en voz baja—. ¿De verdad creéis que estaría aquí, sola, si fuera lo que pensáis?

El mayor entrecerró los ojos. Me observó el rostro, el pelo, la postura. Algo empezó a encajar.

— No puede ser…

El más joven me miró a los ojos y palideció.

— Princesa Siria…

El nombre cayó como una piedra entre los tres.

— Duncan dijo que estabais muerta — murmuró—. Lo anunció en la plaza.

Sentí una punzada seca en el pecho.

— Duncan miente — respondí—. Siempre lo ha hecho.

El mayor apretó la empuñadura de su espada.

— Nos obligó a venir —dijo—. Dijo que si encontrábamos algo extraño en los bosques del oeste…

No terminó la frase.

— Tiene a vuestras familias —completé.

No lo negaron.

El silencio se volvió espeso.

Podía oír sus corazones. Demasiado rápidos. Demasiado humanos.

Podía matarlos. Podía huir. Pero vi otra opción.

— Servisteis a mi padre — dije—. Os vi entrenar en el patio cuando era niña.

El más joven bajó la mirada.

— Era un buen rey.

Asentí.

— Y Duncan lo asesinó.

Apreté los dientes.

— No voy a haceros elegir entre vuestra lealtad y vuestros hijos —continué—. No hoy.

El mayor me miró, incrédulo.

— Entonces… ¿qué hacemos?

Me acerqué un paso. Las cadenas tintinearon.

— Decidle que me visteis — dije—. Que escapé. Que voy hacia el este.

— ¿Y si no le basta?

Mis ojos se endurecieron.

— Decidle que sigo viva — susurré—. Y que voy a por él.

No esperé respuesta.

El hierro cedió con un chasquido seco. Demasiado fácil. Mis manos ya no eran las de antes.

Corrí. Mientras lo hacía, lancé un hechizo. Sutil. Frágil.

Uno que borraría aquel encuentro de sus memorias más cercanas. No duraría. Pero les daría una oportunidad.

El bosque se abrió ante mí como si me reconociera. Las ramas no me arañaron. El suelo no me traicionó.

Cuando Séfora descendió, sus alas levantaron hojas y polvo.

— Eso fue peligroso — dijo—. Y estúpido.

— Eran hombres de mi padre — respondí—. Y no los maté.

Sus ojos se clavaron en los míos.

— Y eso casi te mata a ti.

No respondí.

Mientras retomábamos el vuelo, comprendí algo que me dejó un sabor amargo:

no todas las decisiones justas son seguras. No todas las decisiones seguras son justas.

Y Duncan seguía usando a los vivos como escudos.

Idrál nos esperaba.

Y con ella, decisiones aún peores.

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