Capítulo II - La promesa de la dragona
Volamos durante horas, sin darme cuenta acariciaba una de las escamas de la dragona. Su escama bajo mis manos era más grande que mi cabeza, tibia como piedra al sol.
El cielo se fue oscureciendo poco a poco, como si el mundo se recogiera sobre sí mismo. El viento era favorable, decía Séfora, y yo me dejé llevar sin preguntar cuánto faltaba ni adónde íbamos exactamente.
Debajo de nosotras, Rea se extendía como un recuerdo que aún dolía. Reconocí ríos, claros del bosque, caminos que había recorrido a caballo junto a mi padre. Desde el aire todo parecía inmóvil, intacto. Mentía.
Cerré los ojos un momento.
Cuando Séfora descendió, el cansancio cayó sobre mí de golpe. Las piernas me temblaron al tocar el suelo. El bosque era espeso, antiguo, y la noche empezaba a cerrarse entre los troncos.
— Descansa — dijo en mi mente—. Tu cuerpo aún está aprendiendo qué es.
No discutí. Apilé ramas como pude y encendí el fuego.
— Ërwëm.
Las llamas surgieron con facilidad, pero esta vez no me reconfortaron. El hambre despertó de inmediato, más intensa que antes, como si el fuego la hubiese llamado.
Me alejé unos pasos para buscar frutos. Encontré uno maduro, perfecto. Lo sostuve entre los dedos, dudando. Por un instante olvidé que mi alimentación ya no era la misma.
— Yo no lo haría — advirtió Séfora.
Suspiré. Ya lo sabía. Lo sabía antes de que lo dijera. El problema no era comprenderlo. El problema era que seguía sintiéndome humana. Seguía sintiéndome Siria.
— Empiezo a cansarme de oír eso.
— Y yo de verte sufrir innecesariamente.
Dejé caer el fruto.
— Entonces dime qué debo comer — pedí—. Y no me digas “sangre” como si fuera algo sencillo.
No hubo burla en su respuesta.
— No lo es. Pero es lo que necesitas.
De nuevo, el olor llegó antes que ella. Sangre. Caliente. Viva.
El ciervo yacía a unos metros, inmóvil. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me arrodillé junto a él y bebí. Esta vez no hubo horror. Tampoco culpa. Sólo necesidad. Cuando me aparté, respirando con dificultad, el temblor había desaparecido.
— No te acostumbres —dijo Séfora—. Hoy te traje yo la comida. Mañana no. Tarde o temprano tendrás que aprender a hacerlo sola.
Asentí.
— ¿Voy a convertirme en un monstruo? —pregunté en voz baja.
Séfora no respondió enseguida.
— No — dijo al fin—. Pero tendrás que aprender a vivir con lo que eres ahora.
Me acerqué al fuego, abrazándome las rodillas. Miré mis manos a la luz del fuego. No parecían distintas. Y, sin embargo, lo eran. Había pasado toda mi vida aprendiendo a controlar la magia. Ahora tenía que aprender a controlarme a mí. Ese pensamiento me asustó más que el hambre.
— Dijiste que no soy sólo una vampira.
— No lo eres.
— Entonces dime la verdad, Séfora. ¿Por qué yo?
El silencio se alargó. Sentí su presencia más cerca, protectora.
— Porque hay equilibrios que se rompen —respondió—. Y otros que sólo pueden restaurarse mezclando lo que nunca debió separarse.
Fruncí el ceño.
— Eso no es una respuesta.
— Es la única que puedo darte ahora.
Me mordí el labio.
— Quiero matar a Duncan.
La confesión salió sin rabia. Desnuda.
— Lo sé.
— Quiero vengar a mi padre.
— Lo sé.
— Y aun así… — tragué saliva— no sé si quiero convertirme en lo que haga falta para hacerlo.
Séfora descendió entonces, plegando sus alas a mi alrededor como un muro contra la noche.
— No te pediré que seas algo que no eliges — dijo—. Sólo que aprendas antes de decidir.
Hizo una pausa.
— Tal vez por eso el mundo te señaló a ti. Porque aún dudas.
Levanté la vista.
— ¿Adónde vamos?
— A Idrál —respondió—. El hogar de los vampiros.
El nombre resonó en mí con un escalofrío.
— ¿Y después?
Sentí algo parecido a una sonrisa en su voz.
— Después, otros lugares. Otras enseñanzas. Cada una te mostrará una parte de ti que aún desconoces.
Me quedé en silencio.
— Es un camino largo —añadió—. Y no siempre será amable.
Miré el fuego apagarse lentamente.
— No quiero ser una heroína —dije.
— Bien —respondió—. Las heroínas suelen morir pronto.
Me miró.
— Quiero que seas algo más difícil de destruir.
El viento volvió a levantarse entre los árboles. Cerré los ojos, dejando que el cansancio me venciera. Duncan seguía vivo. Mi padre, no. Pero por primera vez desde su muerte, no sentí que caminara sola.