La sangre imposible (Gilraen 1)
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Capítulo I - Alas en la oscuridad
No fue dolor lo primero que sentí.
Fue la pérdida.
La pérdida de mis manos, de mis brazos, de la certeza de dónde terminaba mi cuerpo. Algo en mí se contrajo, se plegó sobre mi misma, y el mundo cambió de escala. El aire se volvió espeso, cargado de olores imposibles de nombrar. Dejé de ver… y empecé a escuchar demasiado.
El miedo llegó después.
Mis dedos ya no eran dedos. Eran huesos finos, tensados por una piel nueva. Alas. Alas, que no había pedido.
No pensé. No quise entender. Entender era un lujo que ya no me pertenecía. Durante años había sido prisionera de Duncan, había aprendido que razonar delante del verdugo sólo alarga el sufrimiento. Así que hice lo único que sabía hacer. Huir.
Intentaron detenerme. Gritaron órdenes, conjuraron magia, algo rozó el aire junto a mí con intención de matarme. Pero mi cuerpo, ese cuerpo desconocido, respondió antes que mi mente. Volé.
El pánico me empujó hacia arriba, hacia adelante, lejos. No veía nada. El mundo era una sinfonía de latidos, corrientes, olores de piedra y metal. Volaba a ciegas… hasta que el cielo dejó de ser cielo.
Algo inmenso se alzó frente a mí.
No era una nube. No era una montaña. Era una presencia.
Y entonces la escuché. No con los oídos. Dentro.
— ¿Quién eres? Me gustaría saber el nombre del vampiro que me voy a comer.
El terror se congeló en mis entrañas. ¿Vampiro? La idea era tan absurda que casi me aferré a ella para no perder la cordura.
— Te equivocas — pensé con todas mis fuerzas—. No soy un vampiro.
Hubo una pausa. Una curiosidad antigua, afilada.
— Hablas — respondió la voz—. Interesante.
No sabía cómo hacerlo, pero contesté.
— No sé por qué me llamas vampiro. Soy una bruja. Soy Siria. Hija de Muga, rey de Rea… y de Iria.
El silencio que siguió pesó más que cualquier amenaza.
— ¿Siria? — dijo al fin—. ¿La hija de Muga?
Algo en su tono cambió. La muerte retrocedió un paso.
— No te comeré — continuó—. No a la hija de quien salvó a los míos. Estamos en deuda con tu padre. Soy Séfora.
La presión del aire se transformó. Sentí el batir de alas que no eran mías, vastas, antiguas.
— La reina de los dragones.
Si no hubiese estado volando, habría caído.
— Sujétate — ordenó—. Te llevaré lejos de Duncan. Luego hablaremos. Pero antes… dime. ¿Dónde está tu padre?
El mundo se quebró. Las palabras salieron como sangre.
— Duncan lo mató — respondí—. Delante de mí.
No dije más. No hizo falta. Séfora no habló durante un largo instante. Luego su voz fue grave, solemne.
— Descansa, pequeña. Ahora ya no estás sola.
Me dejé caer sobre una de sus escamas. Donde antes había pies, ahora había garras que se aferraron por instinto. El cielo estaba limpio. El vuelo, suave. Y por primera vez desde la muerte de mi padre, dormí.
Desperté con frío.
No el frío del aire, sino otro más profundo, instalado en los huesos. Abrí los ojos esperando ver cielo… y encontré ramas. Un bosque denso, oscuro, antiguo. El bosque olía a tierra húmeda y hojas viejas, como los libros cerrados demasiado tiempo.
Durante un segundo no supe quién era ni dónde estaba. Luego el dolor regresó.
Me incorporé de golpe y fue entonces cuando lo sentí: mi cuerpo había vuelto a cambiar. Mis manos eran manos. Mis piernas, piernas. No había alas, no había garras. Humana. O algo parecido.
El alivio apenas tuvo tiempo de asentarse antes de romperse.
Una presión extraña me recorrió la boca. Pasé la lengua por mis dientes y me estremecí. Dos de ellos sobresalían más de lo debido, afilándose lentamente, como si obedecieran a una voluntad que no era la mía. Colmillos.
— ¿Qué soy…? —susurré.
No obtuve respuesta. Sólo un latido nuevo, insistente, que no venía del corazón sino del estómago.
Hambre. Un hambre feroz, casi dolorosa, que me obligó a doblarme sobre mí misma.
Me apoyé en el suelo para no caer. Mi mente buscó refugio en lo conocido.
En mi padre. Él habría sabido explicarlo.
Siempre lo sabía. Había pasado mi vida rodeada de libros, de mapas, de lenguas antiguas y preguntas que encontraban respuesta antes de convertirse en miedo.
La biblioteca del palacio… ese era mi verdadero hogar.
Aquí sólo había árboles y silencio. Respiré hondo. El aire me trajo más de lo que esperaba: humedad, savia, animales ocultos… y algo más. Mi percepción había cambiado. No entendía cómo, pero lo sentía con claridad.
Necesitaba calor. Apilé ramas con manos torpes y murmuré una palabra que conocía desde niña, una palabra que mi padre decía que no debía olvidar nunca.
— Ërwëm.
El fuego brotó obediente, vivo. Me envolvió en una luz temblorosa que ahuyentó las sombras. Durante un instante me permití creer que seguía siendo yo.
El hambre rugió en respuesta.
Busqué frutos. Los encontré rápido, demasiado rápido. Mi cuerpo parecía saber dónde mirar. Tomé una mora negra, madura hasta mancharme los dedos. Recordando las lecciones, los grabados, las advertencias. No era venenoso.
Justo cuando iba a morderlo, una presencia rozó mi mente.
— Yo no lo haría.
Me quedé inmóvil.
— ¿Por qué? — pensé—. Sé lo que como. Mi padre me enseñó.
La respuesta fue suave, pero firme.
— Te enseñó como humana. No como lo que eres ahora.
Tragué saliva.
— Entonces dime qué soy.
Hubo una pausa. Sentí a Séfora cerca, vigilante, como si me observara desde el cielo aunque no la viera.
— Vampira.
La palabra se asentó en mí con un peso inesperado.
— Eso no es posible — repliqué— ¿Cómo?
Séfora no respondió de inmediato.
— Eso es lo que no encaja — dijo al fin.
La mora cayó de mis manos.
— Tengo hambre — admití.
No hubo juicio en su voz.
— Lo sé.
Poco después, el olor llegó antes que ella. Sangre. Caliente. Viva.
Séfora me había traído un ciervo. Este yacía ante mí, inmóvil. Mi cuerpo reaccionó sin pedirme permiso. Me arrodillé junto a él y el mundo se redujo a una sola necesidad. Mis colmillos se hundieron en su cuello.
El primer sorbo fue un relámpago. Calor, fuerza… y algo más que no supe nombrar. El temblor cesó. El vacío se llenó. Cuando me separé, jadeando, el bosque parecía distinto. Más nítido. Más mío.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, horrorizada y… aliviada.
— No te acostumbres a que te traigan la comida — dijo Séfora—. Aprenderás a cazar sola.
Asentí, sin saber si aquello era una advertencia o una promesa.
El fuego seguía crepitando a unos pasos de mí. Noté entonces algo extraño: la atención de Séfora se había detenido en él.
— Ese fuego… — dijo al cabo de unos segundos—. Yo no lo encendí.
Levanté la vista.
— Fui yo.
Hubo una pausa. Una pausa larga, tensa.
— Explícate.
— Magia —respondí—. Soy bruja.
El silencio se volvió más pesado.
— No —replicó con lentitud—. Eso no es posible.
Fruncí el ceño.
— ¿Por qué no?
— Porque eres vampira —respondió—. Y los vampiros no usan magia así.
Sentí un destello de irritación.
— Pues entonces no soy una vampira cualquiera.
— Demuéstralo.
Me puse en pie despacio y caminé hasta un árbol cercano. Apoyé la palma sobre su corteza rugosa, sintiendo cómo algo antiguo despertaba bajo mi piel. Algo en mí dudó, como si el fuego pudiera no obedecerme esta vez. Aun así, pronuncié la palabra.
— Ërwëm.
Las llamas brotaron al instante, trepando por el tronco con un rugido vivo.
— Ahora apágalo —ordenó.
Tragué saliva.
— Lúthin.
El fuego se extinguió como si nunca hubiese existido. El árbol quedó intacto. Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego sentí algo distinto. No fueron palabras ni imágenes. Fue una certeza.
Séfora descendió desde la oscuridad. Al posarse, el aire vibró. Sus ojos, antiguos y atentos, me observaron como si me viera por primera vez.
— Eso no debería ser posible —murmuró.
— ¿Qué significa? —pregunté.
Séfora tardó en responder.
— Significa que no eres sólo una vampira.
El mundo pareció contener el aliento.
— Eres Gilraen.
La palabra me golpeó el pecho.
— Entiendo la palabra, pero no su significado
— La que cambia sin perder lo que fue —respondió—. La que cruza las fronteras entre las especies conservando su poder. La que reúne en una sola alma a todas las especies que el mundo siempre creyó imposible unir.
Me senté despacio junto al fuego apagado.
— Yo sólo quería sobrevivir.
— Y lo has hecho —dijo—. Pero a partir de ahora ya no huyes.
Alzó la mirada hacia el cielo invisible.
Cerré los ojos un instante. Duncan seguía vivo. Mi padre, no.
Cuando los abrí, ya no era una huida lo que me esperaba.
Era un viaje.