Capítulo 82
Golpe en la oscuridad
La carretera
La nieve comenzaba a cubrir la carretera cuando Clara comprendió que algo no encajaba.
El vehículo avanzaba sin luces exteriores, siguiendo únicamente las indicaciones almacenadas en el terminal de Luc. A ambos lados, los árboles formaban una masa negra y compacta.
—Detente.
Luc levantó inmediatamente el pie del acelerador.
—¿Qué ocurre?
Clara señaló el horizonte.
—Nada.
Luc la miró.
—Precisamente.
No había tráfico.
No había luces.
No había señal alguna.
Demasiado silencio para una carretera que conducía hacia una zona habitada.
Luc comprobó el terminal.
—Hemos perdido la conexión con Pierre.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Desde cuándo?
—Hace tres minutos.
El vehículo quedó inmóvil.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces llegó una interferencia.
Un chasquido seco.
Después, una voz.
—Clara.
Ella se quedó helada.
Era Mara.
—¿Mara?
La transmisión se distorsionó.
—No continuéis hacia Sonnenstein.
Luc se inclinó sobre el dispositivo.
—¿Dónde estás?
—No puedo decíroslo.
—¿Estás herida?
Una pausa.
—Todavía no.
Clara cerró los ojos durante un instante.
—¿Quién te tiene?
La respuesta llegó casi en un susurro.
—Nadie.
La transmisión se interrumpió.
El mensaje oculto
Luc permaneció inmóvil frente al terminal.
—Eso no ha sido una llamada de auxilio.
—No.
—Entonces nos estaba advirtiendo.
Clara negó lentamente.
—No.
Señaló la pantalla.
—Nos estaba haciendo llegar otra cosa.
Luc revisó el registro de transmisión.
Entre la señal de voz aparecía una secuencia de datos.
Una fecha.
17/09/1991.
Debajo:
ARCHIVO CERO.
Y una última línea.
NO BUSQUÉIS A MARA. BUSCAD A ALEXANDER.
Luc levantó la mirada.
—Alexander murió hace años.
—Su cuerpo, sí.
Clara recordó la carta encontrada en Sonnenstein.
No tuve alternativa. Lo perpetué con el único propósito de protegerla.
La frase adquiría ahora una dimensión distinta.
—Quizá no estamos buscando un hombre.
—¿Entonces qué?
—Una decisión.
La emboscada
Un destello apareció entre los árboles.
Luc reaccionó de inmediato.
—¡Agáchate!
El cristal lateral estalló.
Clara cayó al suelo mientras Luc apagaba el motor.
Otro impacto.
Después, silencio.
No hubo disparos continuados.
No hubo persecución.
Solo tres golpes secos contra la carrocería.
Luc miró a Clara.
—Nos están obligando a salir.
—No.
Ella señaló el parabrisas.
Había aparecido una figura en mitad de la carretera.
No llevaba arma.
Sostenía una linterna.
La levantó hacia ellos.
Tres destellos.
Pausa.
Dos destellos.
Luc palideció.
—Es un código.
—¿De quién?
—De Sonnenstein.
La figura desapareció entre los árboles.
Clara abrió la puerta.
—¡Clara, espera!
Pero ya estaba fuera.
El hombre del bosque
Avanzó unos metros.
—¡Salga!
Nadie respondió.
Entonces una voz surgió de la oscuridad.
—Llegáis tarde.
Clara se detuvo.
El hombre apareció lentamente entre los árboles.
Era Heinrich Sonnenstein.
Pero algo había cambiado.
Ya no parecía el anciano frágil que habían conocido.
Su rostro estaba endurecido.
Y llevaba en la mano una pequeña carpeta de cuero.
—Usted dijo que no asistiría al desenlace —recordó Clara.
—Mentí.
Luc llegó hasta ella.
—¿Dónde está Mara?
Heinrich lo miró fijamente.
—Viva.
Clara dio un paso adelante.
—¿Dónde?
—Donde debe estar.
—No juegue conmigo.
Heinrich sostuvo su mirada.
—No estoy jugando.
Abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía.
Alexander Wexler aparecía mucho más joven.
A su lado estaba una mujer que Clara no reconoció.
En brazos sostenía a un bebé.
Clara sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Quién es ella?
Heinrich no respondió.
Señaló únicamente la fecha escrita al dorso.
1991.
—El año en que Alexander decidió romper el ciclo.
La verdad que no debía existir
Clara tomó la fotografía.
—¿Quién es el niño?
Heinrich la observó durante varios segundos.
—No es un niño.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Es la razón por la que Alexander hizo todo cuanto hizo después.
Luc se aproximó.
—Explíquese.
Heinrich cerró la carpeta.
—Alexander descubrió que BLACKROOT no había sido creado para fabricar líderes.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Entonces para qué?
El anciano levantó la mirada hacia la oscuridad del bosque.
—Para fabricar herederos.
Silencio.
—Personas capaces de conservar el programa durante generaciones sin saber siquiera que formaban parte de él.
Clara retrocedió un paso.
—¿Malik?
—También.
—¿Yo?
Heinrich no respondió.
No hizo falta.
El golpe
Una nueva interferencia atravesó el terminal.
Esta vez no era Mara.
Era una voz masculina.
Grave.
Distante.
—Clara.
Ella reconoció la voz.
Malik.
—No vayas a Sonnenstein.
Clara apretó los dientes.
—¿Por qué?
—Porque allí no encontrarás el origen.
—¿Dónde está entonces?
Una pausa.
—En ti.
La comunicación terminó.
Clara permaneció inmóvil.
Luc la miró.
—No le creas.
Ella no respondió.
Heinrich, en cambio, parecía haber envejecido diez años en unos segundos.
—Ahora ya lo sabe.
Clara giró hacia él.
—¿Qué sé?
El anciano señaló la fotografía.
—Que Alexander no intentó perpetuar el legado.
—¿Entonces qué hizo?
Heinrich sostuvo su mirada.
—Intentó destruirlo.
Clara bajó lentamente los ojos hacia la fotografía.
Y comprendió que la historia de su familia acababa de cambiar de sentido.
Alexander no había sido únicamente el heredero del monstruo.
Tal vez había sido el primer hombre que había intentado matarlo desde dentro.