Capítulo 83
El último rostro del lobo
La despedida en las sombras
La fábrica abandonada permanecía sumida en la oscuridad.
Clara había elegido aquel lugar porque no existían cámaras, registros de acceso ni actividad digital que pudiera delatar el encuentro. Luc esperaba en el exterior, manteniendo abierta una única vía de comunicación.
Malik había aceptado la cita.
Eso era precisamente lo que más inquietaba a Clara.
Un hombre como él no acudía a ningún lugar sin haber calculado previamente las consecuencias.
La puerta metálica se abrió con un chirrido.
Malik apareció entre las sombras.
Había envejecido.
No parecía más débil.
Parecía más peligroso.
—Has venido sola.
—No.
Malik sonrió.
—Sigues aprendiendo.
Clara permaneció inmóvil.
—¿Dónde está Mara?
—Viva.
—Ya me lo han dicho.
—Entonces sabes más de lo que imaginaba.
—Y tú sabes dónde está.
Malik no respondió.
Caminó lentamente hasta quedar bajo uno de los escasos focos de la nave.
—He recibido una información interesante esta noche.
—¿Cuál?
—Que Heinrich Sonnenstein ha vuelto a hablar.
Clara sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Lo conoces?
—Conocí a su padre.
—Eso no responde a mi pregunta.
Malik sonrió.
—En nuestra familia, Clara, casi nunca existen respuestas sencillas.
El hombre que quiso romper la cadena
Clara extrajo la fotografía que Heinrich le había entregado.
La sostuvo frente a él.
—¿Quién es el niño?
Malik observó la imagen.
Durante unos segundos, su expresión cambió.
Fue apenas un instante.
Pero Clara lo vio.
—Tú sabes quién es.
—Sí.
—¿Quién?
Malik levantó los ojos.
—Alexander.
Clara frunció el ceño.
—No.
—Sí.
—La fotografía está fechada en 1991.
—Precisamente.
Malik se aproximó.
—Ese niño no era Alexander. Pero Alexander lo consideraba su heredero.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Qué estás diciendo?
—Que mi padre descubrió demasiado tarde que el programa había dejado de necesitar laboratorios.
Hizo una pausa.
—Había aprendido a reproducirse mediante las personas.
Clara recordó las palabras de Heinrich.
Fabricar herederos.
—Alexander intentó detenerlo.
Malik asintió.
—Por primera vez, alguien de nuestra familia comprendió que el poder no estaba en controlar el sistema.
—¿En qué estaba?
—En destruir la necesidad de tenerlo.
La mentira de Malik
Clara no bajó la fotografía.
—Entonces tú también quieres destruirlo.
Malik soltó una breve carcajada.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Por qué?
—Porque yo comprendí algo que Alexander jamás aceptó.
Malik se acercó hasta quedar a escasos metros de ella.
—Los monstruos no desaparecen porque destruyas su guarida.
—¿Entonces?
—Aprenden.
Clara sintió que aquellas palabras encerraban algo más.
—Tú no quieres destruir el legado.
—No.
—Quieres controlarlo.
Malik la miró fijamente.
—Quiero impedir que vuelva a caer en manos de hombres como Erhardt.
—¿Y tú serías diferente?
—No.
Aquella respuesta sorprendió a Clara.
—Precisamente por eso.
El precio
Malik sacó un pequeño sobre del interior de su abrigo.
Lo dejó sobre una mesa cubierta de polvo.
—Dentro está la última carta de Alexander.
Clara no se movió.
—¿Por qué me la entregas?
—Porque ya no puedo protegerte de lo que contiene.
—¿Protegerme?
Malik la observó con una mezcla extraña de dureza y cansancio.
—Durante toda tu vida has pensado que yo quería destruirte.
—¿Y no?
—Quería destruir lo que representabas.
Clara sintió que la rabia regresaba.
—¿Cuál es la diferencia?
—Tú.
Silencio.
—Tú eras la única persona de nuestra familia que podía demostrar que el diseño no era el destino.
Clara apretó los dedos.
—No vuelvas a hablar de mí como si fuera uno de tus experimentos.
—No lo eres.
Malik señaló el sobre.
—Esa es precisamente la verdad que contiene.
El último rostro del lobo
Clara abrió el sobre.
La carta estaba escrita a mano.
Reconoció inmediatamente la caligrafía de Alexander.
Solo había una frase en la primera página:
«Si Clara llega a leer esto, significa que fracasé en destruirlo, pero no en impedir que ella eligiera.»
Clara levantó lentamente la mirada.
Malik permanecía frente a ella.
—¿Qué hiciste tú con la segunda parte?
—La destruí.
—¿Por qué?
—Porque contenía el nombre de la persona que inició todo.
Clara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién?
Malik negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo, irás a buscarlo.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer.
Malik sonrió por primera vez sin ironía.
—Lo sé.
Un ruido metálico resonó en algún lugar de la fábrica.
Clara llevó instintivamente la mano hacia el arma.
Malik no se movió.
—Ya vienen.
—¿Quiénes?
—Los que llevan cien años esperando que nuestra familia vuelva a cometer el mismo error.
Las luces se apagaron.
Durante unos segundos solo existió la oscuridad.
Después, una voz surgió por los altavoces abandonados de la fábrica.
—Clara Wexler.
Ella levantó la cabeza.
La voz continuó:
—Ahora que conoces la verdad, comienza la última fase.
Malik la miró.
—Ya no soy yo quien debe preocuparte.
—¿Entonces quién?
Una sonrisa amarga apareció en su rostro.
—El hombre que nunca necesitó llevar el apellido Wexler.
Y desapareció entre las sombras.