Capítulo 81
La jaula del lobo
La desaparición
El mensaje de Mara seguía abierto en la pantalla.
MARA HA DESAPARECIDO.
Clara lo leyó una segunda vez.
Después una tercera.
—¿Quién lo ha enviado? —preguntó.
Luc examinó los metadatos.
—Una de nuestras células de Praga.
—¿Cuándo?
—Hace diecisiete minutos.
Clara levantó la mirada.
—¿Y por qué no nos han comunicado nada antes?
Luc no respondió.
Continuó trabajando.
—Espera.
Amplió una línea del registro.
—Hay algo extraño.
—¿Qué?
—La transmisión no procede de Praga.
Clara se acercó.
—¿Entonces?
—De Sonnenstein.
El silencio fue inmediato.
Clara sintió un peso en el pecho.
—¿Mara estaba allí?
—No lo sé.
Luc abrió otro archivo.
Apareció una imagen.
Era una fotografía tomada desde el interior de un vehículo.
Mara aparecía sentada en el asiento trasero.
Estaba consciente.
No parecía herida.
Pero alguien había colocado un papel delante de ella.
Solo podían distinguirse tres palabras:
NO CONFÍES EN MALIK.
La jaula
A cientos de kilómetros de allí, Erhardt contemplaba una pantalla idéntica.
La fotografía también estaba frente a él.
El general Vogel permanecía a su lado.
—¿La tenemos localizada?
—Sí.
—¿Dónde?
Vogel vaciló.
—No estamos seguros.
Erhardt se volvió lentamente.
—¿Cómo que no estáis seguros?
—La imagen fue enviada desde una instalación antigua vinculada a Sonnenstein. Pero las coordenadas se borraron inmediatamente después.
Erhardt golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¿Quién la tiene?
—Ese es el problema.
La doctora Meissner intervino desde el otro extremo de la sala.
—No ha sido una extracción nuestra.
Erhardt la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si hubiera sido nuestra operación, no habrían dejado la fotografía.
Silencio.
Erhardt comprendió entonces algo mucho peor.
Alguien estaba utilizando a Mara como mensaje.
No como rehén.
Como cebo.
—Cerrad todas las rutas de salida —ordenó.
Vogel dudó.
—¿De Sonnenstein?
—De toda la región.
—Eso llamará la atención.
Erhardt lo miró con desprecio.
—Ya tenemos toda la atención que necesitamos.
El verdadero enemigo
La reunión se disolvió.
Erhardt permaneció solo.
Sobre la mesa había tres carpetas.
CLARA WEXLER.
MARA FAHLBERG.
SONNENSTEIN.
Las abrió una tras otra.
Había algo que no encajaba.
Clara estaba siguiendo una ruta.
Mara había desaparecido siguiendo esa misma ruta.
Y alguien había conseguido que él supiera que ambas cosas estaban relacionadas.
Erhardt comprendió que ya no estaba persiguiendo a Clara.
Estaba siendo conducido.
Tomó el teléfono.
—Ponme con Malik.
La llamada tardó en establecerse.
—¿Qué quieres? —preguntó Malik.
—Mara ha desaparecido.
Silencio.
—Lo sé.
Erhardt se quedó inmóvil.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque la desaparición forma parte del plan.
—¿De qué plan?
Malik no respondió inmediatamente.
—No deberías haber tocado Sonnenstein.
Erhardt apretó la mandíbula.
—Fuiste tú quien ordenó vigilar ese archivo.
—Vigilarlo, sí.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no te pertenece.
La comunicación se cortó.
Erhardt permaneció con el teléfono en la mano.
Por primera vez desde que había asumido el control de la Fundación, sintió algo que no estaba acostumbrado a experimentar.
Impotencia.
La trampa
En el refugio, Clara contemplaba la fotografía.
—No está pidiendo ayuda.
Luc negó.
—No.
—Entonces quiere que la encontremos.
—Eso parece.
Clara señaló el mensaje.
NO CONFÍES EN MALIK.
—¿Por qué enviarnos esto?
Luc amplió la imagen.
—Hay algo detrás.
En la pared aparecía una inscripción apenas visible.
Luc aumentó el contraste.
Una fecha.
1991.
Clara se quedó inmóvil.
—La fecha de Alexander.
—Sí.
Debajo de la fecha había otra palabra.
ARCHIVO CERO.
Clara sintió que todo encajaba.
La habitación oculta.
La carta de Alexander.
La puerta que Heinrich se había negado a abrir.
Y ahora Mara.
—No quieren que encontremos a Mara.
Luc la miró.
—¿Entonces qué quieren?
Clara tomó el abrigo.
—Que abramos la última puerta.
La decisión
Pierre apareció en el umbral.
—¿Vas a volver allí?
Clara asintió.
—Sí.
—Puede ser una trampa.
—Lo es.
—Entonces no vayas.
Clara lo miró.
—Si Mara está viva, no podemos dejarla allí.
Luc se puso el abrigo.
—Voy contigo.
—No.
Él la observó.
—¿Por qué?
—Porque esta vez necesito que alguien se quede aquí.
Luc comprendió.
—Quieres que mantengamos la red operativa.
—Quiero que, si nosotros desaparecemos, todo lo que hemos descubierto siga saliendo.
Pierre asintió lentamente.
—¿Y si no volvéis?
Clara miró una última vez la pantalla.
La fotografía de Mara permanecía allí.
—Entonces publica todo.
La jaula del lobo
Mientras el vehículo abandonaba el refugio, Erhardt recibía un último informe.
—Se dirigen hacia Sonnenstein.
Erhardt cerró los ojos.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después abrió un cajón y extrajo una fotografía antigua.
Alexander Wexler aparecía frente a una puerta de piedra.
A su lado estaba Heinrich Sonnenstein.
Y detrás de ambos, casi fuera de plano, aparecía un tercer hombre.
Erhardt conocía aquel rostro.
Había pasado años tratando de olvidarlo.
—Se acabó el tiempo —murmuró.
Vogel lo observó.
—¿Qué hacemos?
Erhardt dejó la fotografía sobre la mesa.
—Nada.
—¿Nada?
—Esperamos.
—¿A Clara?
Erhardt negó.
—Al hombre que está detrás de todo esto.
Vogel palideció.
—Pensaba que ese hombre era usted.
Erhardt levantó lentamente la mirada.
—Ese fue precisamente el error.