Capítulo 66
En el ojo de la tormenta
Rescate a medianoche
La lluvia golpeaba con violencia el tejado de la vieja mansión, formando una cortina continua de agua que borraba los contornos del jardín y convertía los árboles en sombras deformes.
Luc llegó casi a medianoche.
Había conducido demasiado deprisa y llevaba el abrigo empapado. Al detener el vehículo frente a la casa, permaneció unos segundos inmóvil, con las manos todavía aferradas al volante.
Algo no encajaba.
La portezuela principal estaba entreabierta.
No había luces en el exterior. Tampoco vehículos visibles.
Solo aquel silencio extraño que precede a las malas noticias.
Luc salió del coche y avanzó hacia la entrada.
Sacó el teléfono y marcó el número de Clara.
—¿Dónde estás?
Durante unos segundos solo escuchó interferencias.
Después, la voz de Clara llegó en un susurro.
—Estoy dentro.
Luc sintió que el estómago se le contraía.
—¿Estás herida?
—No.
Una pausa.
—Pero no estoy sola.
—¿Quién está contigo?
Clara tardó un instante en responder.
—Maximilian Keller.
Luc cerró los ojos.
El nombre le resultaba demasiado familiar.
—Escúchame —dijo, procurando mantener la calma—. No hagas nada. No lo provoques. Voy hacia ti.
—Luc...
—¿Sí?
—Ten cuidado.
La comunicación se cortó.
Luc guardó el teléfono y contempló la mansión.
Por primera vez desde que había comenzado todo aquello, sintió algo peor que miedo.
Sintió que podía llegar demasiado tarde.
* * *
El huésped
En el interior de la casa, Clara permanecía junto a una de las ventanas del salón.
Maximilian Keller estaba frente a ella.
No parecía nervioso. Eso era precisamente lo que más inquietaba a Clara.
Vestía un abrigo oscuro y llevaba las manos cruzadas a la espalda. Su rostro mostraba la serenidad de quien había aprendido a convivir con secretos durante demasiado tiempo.
—Has cometido un error viniendo aquí —dijo Clara.
Keller sonrió apenas.
—No. El error fue pensar que podías entrar en este mundo y salir de él sin pagar un precio.
—No he venido a jugar.
—Todos los Wexler dicen lo mismo.
Clara sostuvo su mirada.
—Yo no soy mi padre.
Por primera vez, la expresión de Keller cambió.
Fue apenas un movimiento de los ojos.
Pero Clara lo vio.
—No —respondió él—. Y quizá eso sea precisamente lo que más preocupa a Malik.
El nombre cayó entre ambos como una piedra.
Clara sintió un estremecimiento.
—¿Trabajas para él?
Keller no respondió directamente.
—Malik no necesita que nadie trabaje para él. Necesita personas que comprendan lo que ocurre cuando alguien intenta destruir un sistema que tardó décadas en construirse.
—¿Un sistema?
Clara soltó una breve risa, sin humor.
—Lo llamáis sistema porque la palabra crimen os resulta demasiado incómoda.
Keller dio un paso hacia ella.
—¿Abergas la ilusión de reparar todo lo que Alexander puso en marcha?
—No.
Clara negó lentamente con la cabeza.
—Solo quiero comprenderlo.
—¿Y después?
—Después decidiré qué hacer con la verdad.
Keller la observó durante unos segundos.
—Ahí está tu error.
—¿Cuál?
—Creer que la verdad te pertenece.
Clara sintió que aquellas palabras escondían algo más.
—¿Qué sabes de Malik?
Keller no contestó.
Un ruido lejano, procedente de la entrada, interrumpió la conversación.
Ambos se volvieron.
Clara reconoció inmediatamente el sonido.
—Es Luc.
La mandíbula de Keller se tensó.
* * *
La irrupción
Un estruendo seco quebró el silencio.
El cristal de una de las ventanas estalló hacia el interior.
Clara se agachó instintivamente.
—¡Clara!
Luc apareció en el umbral.
Durante un segundo, sus miradas se encontraron.
Ella sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
—¡Luc!
Keller retrocedió.
No parecía sorprendido.
Parecía estar calculando.
—Esto no termina aquí —dijo.
Luc avanzó hacia Clara.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Entonces nos vamos.
Keller permaneció inmóvil.
—No sabes lo que estás haciendo, Bächtiger.
Luc se volvió hacia él.
—Y tú no sabes hasta dónde estoy dispuesto a llegar para protegerla.
Durante unos segundos nadie se movió.
Finalmente, Keller apartó la mirada.
—Protegedla mientras podáis.
Aquellas palabras dejaron en el aire una amenaza mucho más inquietante que cualquier arma.
Luc tomó a Clara del brazo.
—Ahora.
Salieron de la estancia mientras, en el exterior, varios vehículos se aproximaban por el camino.
Los colaboradores de Clara llegaron minutos después y aseguraron los accesos de la mansión.
Keller había desaparecido.
No encontraron rastro de él.
* * *
Después de la tormenta
Ya en el interior del vehículo, Clara permaneció unos minutos en silencio.
Tenía el rostro pálido.
Luc la observó mientras conducía.
—¿Qué quería?
—Hablar.
—¿Solo eso?
Clara negó con la cabeza.
—Quería recordarme que no soy libre.
Luc apretó las manos sobre el volante.
—¿Mencionó a Malik?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Sí.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—¿Qué dijo?
Clara miró por la ventanilla. La lluvia resbalaba por el cristal formando caminos irregulares.
—Que Malik está preocupado.
Luc frunció el ceño.
—¿Por ti?
—Por lo que puedo hacer.
Aquella respuesta lo dejó pensativo.
Clara apoyó la cabeza contra el asiento.
—Luc... creo que hemos cometido un error.
—¿Cuál?
—Pensábamos que estábamos luchando contra Erhardt.
Luc la miró de reojo.
—Y no es así.
—No.
Clara respiró profundamente.
—Erhardt era solo una pieza.
Luc guardó silencio.
La conclusión era demasiado evidente para necesitar ser pronunciada.
Malik seguía moviendo los hilos.
Pero ahora había algo diferente.
Clara ya lo había visto.
Y él sabía que ella lo sabía.
—Tenemos que averiguar quién está con quién —dijo finalmente Luc—. Antes de volver a mover una sola pieza.
Clara asintió.
—Sí.
Miró hacia la oscuridad que se extendía más allá del cristal.
—Porque ya no sé quiénes son nuestros aliados.
Luc le tomó la mano.
—Entonces empezaremos por descubrir quiénes no lo son.
Clara entrelazó sus dedos con los de él.
La tormenta continuaba golpeando la ciudad.
Pero ninguno de los dos volvió a mirar atrás.
Sabían que aquella noche no habían ganado.
Solo habían conseguido salir vivos del primer golpe.
Y, en algún lugar, alguien ya estaba preparando el siguiente.