Capítulo 64
Ecos del pasado
La mansión de Viena
La vieja mansión en las afueras de Viena se erguía como un monumento olvidado entre la densa niebla matutina.
Clara avanzaba con sigilo por el sendero cubierto de hojas húmedas, con el pulso acelerado por una mezcla de incertidumbre y determinación.
Aquella pista prometía arrojar luz sobre secretos largamente sepultados: fragmentos del pasado de Alexander y, sobre todo, la clave del enigma de Malik.
Al cruzar el umbral, el silencio resultaba absoluto, solo interrumpido por el leve eco de sus pasos sobre el parqué desgastado.
El ambiente olía a polvo antiguo, a tiempo suspendido y a memorias que nadie deseaba rescatar.
Cada rincón guardaba un susurro, un secreto que se resistía a salir a la superficie.
Su teléfono móvil vibró en el bolsillo. Era Luc.
«¿Todo en orden?», decía el mensaje. «Avísame en cuanto concluyas.»
Clara tecleó con dedos tensos:
«Sí, pero este hallazgo es infinitamente más grave de lo que previmos.»
Mientras se adentraba en una biblioteca desvencijada, su mente evocaba la voz distante de Malik, grabada a fuego en sus recuerdos:
—El pasado alberga más capas de las que alcanzas a concebir —le había dicho en una ocasión—. Nada es lo que aparenta.
El cofre de la verdad
Sus manos temblaron levemente al localizar un compartimento secreto oculto tras los paneles de madera. En su interior reposaba un cofre metálico oxidado, cerrado por un candado de combinación compleja.
Echando mano de las claves que «El Halcón» le había facilitado, manipuló el mecanismo con extremo cuidado hasta oír el chasquido de apertura. El recipiente custodiaba una carpeta amarillenta repleta de documentos, fotografías desvaídas y una carta manuscrita.
«Para quien halle estas líneas: La verdad que persigues no atañe únicamente a mi figura, sino a todo cuanto erigimos en las sombras…»
Cada línea golpeaba su pecho con dureza, reabriendo heridas que juzgaba cicatrizadas. Malik no encarnaba tan solo la figura de su progenitor: era la mente preclara que había articulado un imperio sobre cimientos de mentiras, traiciones y dominio absoluto.
Cadenas de sospecha
En paralelo, en Berlín, Luc se veía desbordado por un flujo incesante de llamadas y notificaciones. Varga lo mantenía al corriente de movimientos anómalos en la estructura de la Fundación, mientras la paranoia comenzaba a calar hondo entre sus filas.
—Contamos con una filtración activa en la red —advirtió Varga con tono severo—. Si no intervenimos de inmediato, la estructura colapsará.
Luc aferró el terminal con vehemencia.
—Clara se halla en una posición de extrema vulnerabilidad. Debemos garantizar su cobertura al tiempo que articulamos la réplica.
Desde la penumbra de una estancia adyacente, una presencia anónima interceptaba la conversación. Sus ojos reflejaban un cálculo gélido. La siguiente ofensiva ya estaba en marcha.
La presencia
De vuelta a la biblioteca de la mansión, un crujido sordo a sus espaldas congeló a Clara.
El aire se volvió denso, enrarecido por la irrupción de un visitante no deseado.
Se giró con presteza, rozando de forma instintiva el arma oculta bajo la solapa de su chaqueta.
La penumbra perfiló una silueta inmóvil y vigilante.
Nadie jugaba en soledad en aquel tablero donde las lealtades se quebraban como el cristal.
El pasado y el presente colisionaban en ese preciso instante, y Clara comprendió que la verdad exigiría un peaje mucho más gravoso del que estaba dispuesta a asumir.