La sangre heredada Capítulo 63
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Capítulo 63

El precio de la verdad

Cicatrices invisibles

El sol apenas lograba despuntar tras los cristales empañados cuando Clara se despertó con el cuerpo magullado pero la mente afilada.

La batalla no se libraba únicamente en el exterior; la contienda íntima también dejaba heridas profundas.

En la pequeña oficina que compartía con Luc, la atmósfera resultaba densa, impregnada de silencios plomizos.

Luc examinaba un expediente con expresión ensombrecida.

—Atacaron a Martina anoche —declaró sin alzar la vista del papel—. No se trató de una mera advertencia. Esto proviene de la cúspide.

Clara sintió cómo el nudo de la garganta se le estrangulaba aún más. Martina no representaba solo un activo estratégico: constituía un pilar fundamental.

—¿Quién ordenó el golpe? —inquirió con voz tirante.

—Erhardt jamás ejecuta un movimiento sin el beneplácito correspondiente —replicó Luc—. Y el verdadero cerebro de la operación no es él. Malik se oculta detrás, aunque nadie perciba su presencia.

El nombre resonó en la estancia como una condena. Clara cerró los ojos durante un instante, rememorando las cicatrices abiertas que aquel hombre había grabado en su existencia.

La grieta

Horas después, durante una sesión a puerta cerrada con su núcleo más próximo, la tensión en la sala resultaba electrificante. La división entre los asistentes era evidente.

—Cada avance que logramos, cada metro conquistado, nos exige un peaje altísimo —previno Varga—. Erhardt nos acorrala, pero la sombra de Malik permanece tras él. Un gigante invisible que no concibe el perdón.

Un joven idealista, con el ceño fruncido, se atrevió a cuestionar la estrategia:

—¿Merece la pena comprometerlo todo? ¿Hasta dónde podemos arriesgar sin desvirtuar lo que somos?

Clara los escudriñó con severidad.

—La verdad exige un precio —afirmó—. Sin embargo, subsistir bajo el yugo de la mentira y la corrupción entraña un peaje infinitamente superior.

Se incorporó de forma tajante, y la contención derivó en un torbellino de murmullos y discusiones encendidas. La determinación no era unánime, y la fractura en el colectivo amenazaba con ensancharse de forma irreversible.

Sombras de la misma sangre

Al caer la noche, Clara y Luc permanecieron en soledad, con el agotamiento retratado en sus facciones.

—En ocasiones siento que combato contra espectros —confesó ella con la voz quebrada—. Malik no constituye únicamente un adversario externo. Forma parte de mi propia sangre. Y esa certeza resulta devastadora.

Luc le sujetó la mano con solidez.

—No caminas sola, Clara. Somos más fuertes juntos. Pero debemos blindarnos: la próxima maniobra de Malik será la más despiadada hasta la fecha.

En paralelo, dentro de un despacho en penumbra, Erhardt atendía una comunicación con el rostro contraído. Al otro lado de la línea, una voz fría y metódica sentenció:

—Los movimientos se desarrollan según lo previsto. Malik no admitirá desvíos. La contienda prosigue y, en esta ocasión, será definitiva.

Erhardt interrumpió la llamada apretando la mandíbula. El juego de sombras no había hecho más que comenzar. Y Clara era plenamente consciente de que, para imponerse, debería plantar cara no solo al enemigo evidente, sino a los fantasmas inherentes a su propio linaje.