La sangre heredada Capítulo 57
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Capítulo 57

La reunión de sombras

En la penumbra

La noche había caído sobre Zúrich cuando Clara y Luc entraron en un edificio que llevaba años cerrado. No figuraba en ningún registro de la Fundación y, oficialmente, aquella dirección no albergaba nada.

Luc había comprobado tres veces que no los seguían.

—¿Estás segura de que podemos confiar en ellos? —preguntó.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—No.

Luc la miró.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí?

—Porque ya no puedo confiar en quienes permanecen en silencio.

Descendieron por una escalera estrecha hasta un sótano húmedo. Al fondo, una puerta metálica se abrió desde dentro.

Helena Schwarz los esperaba.

La responsable de seguridad de la Fundación no llevaba su habitual traje oscuro. Vestía de manera sencilla y tenía el rostro agotado.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Yo también —respondió Clara.

Entraron.

En la estancia había seis personas. Algunos trabajaban todavía para la Fundación; otros habían abandonado sus cargos durante los últimos meses. Ninguno parecía especialmente cómodo con aquella reunión.

Luc cerró la puerta.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente, Helena tomó la palabra.

—Antes de continuar, hay algo que debes entender, Clara. Aquí nadie está formando una resistencia.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo?

—Intentando averiguar quién controla realmente lo que está ocurriendo.

Aquella respuesta cambió el ambiente.

Clara permaneció inmóvil.

—Creía que era Erhardt.

Helena sostuvo su mirada.

—Erhardt tiene poder. Mucho. Pero no estoy segura de que tenga el control.

Luc intercambió una mirada con Clara.

—¿Qué habéis encontrado?

Markus Vogel, un analista que hasta entonces había permanecido en silencio, conectó un ordenador portátil a una pantalla.

Aparecieron registros financieros, transferencias internacionales y sociedades que habían cambiado de nombre varias veces durante las últimas décadas.

—Al principio pensamos que se trataba de una estructura creada por Erhardt —explicó—. Pero hay algo que no encaja.

Amplió una de las columnas.

Las mismas sociedades aparecían vinculadas a operaciones separadas por años y países distintos.

—Cambian los nombres —continuó Markus—, cambian los administradores y desaparecen las empresas. Pero las rutas financieras permanecen.

Clara se acercó a la pantalla.

—¿Quién las controla?

—No lo sabemos.

—¿Y Erhardt?

—Aparece. Pero nunca al principio.

Luc frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Markus amplió otra línea.

—Que cuando él entra en una operación, la estructura ya existe.

Nadie habló.

Clara sintió un frío lento recorrerle la espalda.

—Entonces Erhardt no construyó esto.

Helena negó con la cabeza.

—Quizá no.

Clara permaneció unos segundos mirando la pantalla.

—¿Y quién lo hizo?

Markus apagó el aumento de pantalla.

—Hay un nombre que aparece indirectamente en varios documentos.

Clara levantó la vista.

—¿Cuál?

El analista dudó.

—Todavía no podemos demostrarlo.

—No te he preguntado si puedes demostrarlo.

Markus tragó saliva.

—Wexler.

El silencio fue absoluto.

Luc miró a Clara.

Ella no reaccionó.

—¿Alexander?

—No necesariamente.

Aquellas dos palabras resultaron más inquietantes que cualquier acusación.

La grieta

Helena cerró el portátil.

—Por eso estamos aquí. No sabemos hasta dónde llega la estructura ni quién está dando las órdenes ahora.

—¿Y qué queréis de mí? —preguntó Clara.

—Nada.

Clara arqueó una ceja.

—Entonces habéis cometido un largo viaje para decirme que no queréis nada.

—Queremos saber qué vas a hacer —respondió Helena—. Porque si decides enfrentarte a Erhardt, habrá gente que se pondrá de tu lado.

—¿Y otra que no?

—Otra que ya ha elegido bando.

Luc intervino:

—¿El de Erhardt?

Helena lo miró directamente.

—No todos responden ante Erhardt.

Luc guardó silencio.

Clara sintió que aquella frase encerraba algo que ninguno de ellos se atrevía a pronunciar.

—¿Entonces ante quién?

Helena bajó la mirada.

—Ese es precisamente el problema.

Durante unos instantes solo se escuchó el zumbido de la instalación eléctrica.

Clara comprendió que no estaba contemplando una conspiración nueva.

Estaba contemplando los restos de una estructura mucho más antigua.

Una estructura que había sobrevivido a Alexander.

A Malik.

A las guerras.

A los cambios de gobiernos.

Y ahora había empezado a moverse de nuevo.

La primera decisión

Markus volvió a encender el ordenador.

—Hay una copia parcial de los registros que todavía no hemos podido abrir. Está protegida con una firma criptográfica antigua.

Luc se acercó.

—¿De qué año?

Markus respondió sin apartar los ojos de la pantalla:

—No lo sabemos.

—¿Quién la protegió?

—Tampoco.

Luc observó el código durante unos segundos.

—Pero alguien la ha abierto recientemente.

Clara giró la cabeza.

—¿Cuándo?

—Hace seis días.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Desde dónde? —preguntó Luc.

Markus introdujo una nueva búsqueda.

—No puedo localizar el origen. Solo la ruta intermedia.

—¿Y dónde termina?

Markus tardó unos segundos en responder.

—Estambul.

Clara sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.

Estambul.

No sabía por qué aquella ciudad le producía aquella sensación.

Quizá porque el nombre había aparecido demasiadas veces en los documentos de su familia.

Quizá porque, en algún lugar de su memoria, existían todavía preguntas que nunca había formulado.

—No hagáis nada más —ordenó.

Luc la miró sorprendido.

—¿Nada?

—Todavía no.

Helena asintió.

—¿Y Erhardt?

Clara se volvió hacia ella.

—Que crea que estamos ocupados defendiéndonos de él.

—¿Y qué haremos mientras?

Clara miró la pantalla apagada.

—Buscaré quién está detrás.

Luc comprendió entonces que aquello ya no era una investigación.

Era una partida.

Y alguien llevaba jugando mucho antes de que ellos supieran que existía el tablero.

Que empiecen los golpes

En otro punto de Zúrich, Mathias Erhardt contemplaba varios monitores desde una habitación sin ventanas.

Uno de sus colaboradores entró.

—Han descubierto parte de la estructura.

Erhardt no pareció sorprendido.

—¿Clara?

—Sí.

—¿Sabe quién está detrás?

—Todavía no.

Erhardt esbozó una sonrisa cansada.

—Entonces aún tenemos tiempo.

El hombre vaciló.

—¿Quiere que la detengamos?

Erhardt negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

Erhardt apagó uno de los monitores.

—Porque si la detenemos ahora, alguien tendrá que ocupar su lugar.

Se levantó lentamente.

—Y prefiero que siga avanzando.

—¿Hasta dónde?

Erhardt lo miró.

Por primera vez, su expresión mostró algo parecido al miedo.

—Hasta él.

El colaborador guardó silencio.

Erhardt recogió su abrigo.

—Cuando Clara descubra quién está moviendo las piezas, ya será demasiado tarde para retroceder.

Y abandonó la habitación.

A kilómetros de allí, Clara y Luc salían del edificio sin saber que, por primera vez, sus movimientos no estaban siendo observados únicamente por sus enemigos.

Alguien más los estaba esperando.

Alguien que conocía el apellido Wexler desde mucho antes de que Clara naciera.

Y que llevaba años esperando su regreso al tablero.