La sangre heredada Capítulo 55
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Capítulo 55

El precio de reescribir el

tablero

Zúrich

Clara halló el sobre al regresar a casa, confundido entre la correspondencia habitual.

Carecía de remitente. Era liviano. En su interior aguardaba una copia antigua del archivo AEGIS marcada con anotaciones caligráficas recientes: pasajes subrayados, fechas cotejadas y nombres destacados.

Al margen, trazada en tinta negra, figuraba una sola oración:

«¿Pensabas que la historia se deja sepultar por nietas con discursos éticos? El monstruo sigue latiendo. Y lleva tu propia sangre.»

Clara no le enseñó el sobre a Luc. No todavía.

Esa misma noche firmó una directiva interna para auditar por completo el sistema de archivos, ordenó clausurar los enlaces directos con servidores externos y suspendió de inmediato las contratas con dos organizaciones no gubernamentales colaboradoras.

La señal resultaba inequívoca: alguien había abierto la brecha desde el interior.

Y si el monstruo continuaba latiendo, no se trataba de un mero espectro. Era alguien con memoria, credenciales… y un método calculado.

Lealtad en la penumbra

Horas después, en el piso, Ada dormía en su habitación iluminando las sábanas con una pequeña linterna, imaginando que su peluche ejecutaba una misión secreta.

En la cocina, Clara preparaba una infusión mientras Luc la contemplaba desde la mesa.

El silencio no resultaba tirante, sino denso y cargado de gravedad.

—¿Qué me estás ocultando? —preguntó él al fin.

Clara tardó en contestar. Se giró despacio, apoyó las palmas sobre la encimera y moduló la voz:

—Alguien dispone de un duplicado externo del archivo. Ignoro si se trata de alguien de nuestro equipo… o si Mathias Erhardt ha regresado. Pero sus movimientos son rápidos. Demasiado rápidos.

Luc apretó los labios. La revelación no lo pillaba por sorpresa, pero le escocía.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Porque de haberlo sabido habrías intentado resolverlo por tu cuenta. Y esta vez no pienso arriesgarte. No puedo permitirme perderte.

Luc se aproximó y le tomó la mano con firmeza.

—Ya me perdiste una vez por no ser transparente. No volvamos a tropezar con la misma piedra.

Clara le sostuvo la mirada. Por primera vez en semanas, bajó por completo sus defensas.

—Entonces no me dejes sola en esto.

Luc asintió y la estrechó entre sus brazos. No hubo pasión desmedida, sino una profunda lealtad.

—Vamos a sanear todo esto, Clara. Pero lo haremos a nuestra manera.

Ella exhaló un largo suspiro. La infusión se enfriaba sobre la encimera mientras Ada reía en sueños desde el dormitorio. Y, al otro lado de las paredes, el mundo volvía a crujir.

El giro del tablero

A la mañana siguiente, Clara recibió una comunicación cifrada procedente de una línea diplomática suiza. Una voz masculina, desprovista de acento reconocible, se expresó con precisión quirúrgica:

—Señora Wexler. Hay alguien que requiere hablar con usted. Afirma haber conocido a su padre. Y asegura custodiar algo que él dejó sin terminar.

Clara permaneció petrificada. El eco de aquellas palabras le congeló la sangre.

Sin terminar.

No articuló respuesta. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una certeza implacable comenzó a cobrar forma: el tablero nunca se había reescrito. Simplemente le habían dado la vuelta.

Y ya no estaba claro quién manejaba realmente las piezas.