La sangre heredada Capítulo 58
70%

Capítulo 58

Ecos en la oscuridad

La mecha encendida

La madrugada se filtraba lentamente por los ventanales de la vieja oficina que Clara y Luc habían convertido en un cuartel improvisado.

Sobre la mesa se acumulaban documentos, dispositivos cifrados y varias copias de seguridad. Ninguno de los dos había dormido.

Luc deslizó el dedo por la pantalla.

—La primera filtración tiene que ser incontestable.

Clara permanecía de pie frente al ventanal.

—Y limitada.

Luc levantó la mirada.

—¿Limitada?

—No vamos a entregarles todo. Solo lo suficiente para obligarlos a reaccionar.

Abrió el dossier que tenía delante.

—Transferencias ilícitas. Contratos fraudulentos. Sociedades pantalla. Y la participación documentada de Erhardt.

Luc asintió.

—Si publicamos esto, ya no podrán enterrarlo.

—Ese es el objetivo.

—¿Y las fuentes?

—Protegidas.

Luc permaneció unos segundos en silencio.

—¿Y Martina?

Clara tardó en responder.

—Debe desaparecer durante unos días.

—¿Crees que está en peligro?

Clara lo miró.

—Creo que todos estamos en peligro.

Enviaron la documentación a través de tres canales distintos. Ninguno llevaba sus nombres.

Después solo pudieron esperar.

La primera onda

A las ocho de la mañana, las primeras cabeceras comenzaron a publicar.

La noticia se extendió con una velocidad inesperada.

CORRUPCIÓN Y SOCIEDADES FANTASMA VINCULADAS A LA FUNDACIÓN WEXLER.

Después llegaron otros titulares.

DOCUMENTOS APUNTAN A OPERACIONES CLANDESTINAS DURANTE DÉCADAS.

Y finalmente:

MATHIAS ERHARDT, EN EL CENTRO DE UNA RED INTERNACIONAL.

Clara observaba las pantallas sin mostrar satisfacción.

—Ya está —murmuró Luc.

Ella negó con la cabeza.

—No. Ahora empieza.

Tenía razón.

A media mañana, los primeros comunicados oficiales comenzaron a sucederse. Erhardt negó cualquier responsabilidad directa. Algunos de sus antiguos colaboradores hicieron lo mismo.

Pero alguien cometió un error.

Una sociedad que aparecía en los documentos había sido liquidada oficialmente hacía diecisiete años.

Sin embargo, esa misma noche había registrado una transferencia.

Luc amplió el documento.

—Esto no puede ser.

—¿Qué ocurre?

—La cuenta sigue activa.

Clara se acercó.

—¿A nombre de quién?

Luc siguió la cadena de titulares hasta llegar al último beneficiario.

No había nombre.

Solo unas iniciales.

M.W.

Clara se quedó inmóvil.

Luc levantó la vista.

—¿Las reconoces?

Ella tardó demasiado en contestar.

—Sí.

Cacería

A primera hora de la tarde, la respuesta llegó.

No mediante un comunicado.

Mediante una redada.

Martina fue detenida al salir de un edificio administrativo en Zúrich.

Luc recibió la noticia en su teléfono.

—La han encontrado.

Clara cerró los ojos.

—¿Dónde?

—En la estación.

—¿Está viva?

Luc la miró.

—Sí.

Clara exhaló lentamente.

—Entonces todavía podemos sacarla de ahí.

—Clara, esto ya no es una filtración.

—Lo sé.

—Están cazándonos.

Ella lo miró fijamente.

—No. Están intentando descubrir quién está detrás de las filtraciones.

Luc comprendió lo que quería decir.

—Y creen que somos nosotros.

—Que lo crean.

La segunda firma

Aquella noche, Luc consiguió acceder durante unos minutos a uno de los servidores utilizados para coordinar la operación contra Martina.

Encontró algo extraño.

La orden de intervención había sido emitida desde un sistema vinculado a Erhardt.

Pero la autorización final procedía de otro nivel.

Luc frunció el ceño.

—Esto no lo ha ordenado Erhardt.

Clara se acercó.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Amplió el registro.

Había una segunda firma.

Una firma antigua, prácticamente borrada de los sistemas actuales.

—¿Qué significa?

Luc negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Busca.

Durante varios minutos, el único sonido de la habitación fue el teclado.

Finalmente apareció una referencia.

Un archivo administrativo de 1994.

Después otro.

Y otro.

Todos conducían al mismo apellido.

Wexler.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Alexander?

—No aparece su nombre.

—Entonces, ¿quién?

Luc abrió el último registro.

La pantalla permaneció en negro durante unos segundos.

Después apareció una línea.

AUTORIZACIÓN: M.W.

Clara dejó de respirar.

Luc se volvió hacia ella.

—Clara…

Ella no respondió.

Había algo en aquellas dos letras que no encajaba con los documentos que había estudiado durante meses.

No era un recuerdo.

No era una coincidencia.

Era una firma.

Y llevaba años esperando volver a aparecer.

La puerta cerrada

Cerca de la medianoche, Clara permanecía sola en su despacho.

Había ordenado apagar todas las comunicaciones externas.

Sobre la mesa descansaba una única hoja.

M.W.

La contempló durante largo rato.

Después recibió un mensaje en su teléfono cifrado.

No tenía remitente.

Solo una frase:

«Deja de buscar a los muertos.»

Clara leyó el mensaje dos veces.

Llegó otro.

«El hombre que buscas nunca murió.»

Esta vez no sintió miedo.

Sintió algo peor.

Reconocimiento.

Apagó la pantalla.

Al otro lado de la ciudad, alguien observaba una fotografía antigua de Clara.

Y, junto a ella, había otra fotografía.

Mucho más vieja.

Un hombre joven.

El apellido Wexler.

Y las mismas iniciales.

M.W.

La guerra había comenzado.

Pero Clara todavía no sabía que llevaba meses luchando contra un hombre que llevaba años esperándola.