La sangre heredada Capítulo 50
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Capítulo 50

Ecos bajo la piel

Ginebra, Sede de la OMS

En una sala reservada del octavo piso, el Comité de Revisión Ética Internacional examinaba un expediente clasificado bajo el código AEGIS/BLACKROOT.

Cuatro funcionarios intercambiaban frases breves y técnicas, aunque el tono denotaba una alarma inequívoca: se hallaban ante algo que no sabían exactamente cómo catalogar.

—¿De dónde procede exactamente este archivo? —preguntó la presidenta del comité, una epidemióloga noruega de rostro severo.

—Se trata de una filtración anónima efectuada desde Lausana —respondió un técnico con la voz en tensión—. A través de un servidor cifrado de alta seguridad. La firma digital es antigua, pero totalmente rastreable hasta Malik Wexler.

Se hizo un silencio espeso. Uno de los presentes, de acento eslavo, exclamó en voz baja:

—¿Y si esto forma parte de un protocolo mayor?

—Contacten de inmediato con el Comité de Bioética de Viena. Y con Interpol —ordenó la presidenta—. No toquen nada más. Y eviten mencionar ese término en público.

—¿Qué término?

—Blackroot. Lo que quiera que sea esto… fue concebido para penetrar a través de generaciones.

Zúrich, esa misma tarde

En el piso de Clara, Ada jugaba con bloques de madera sobre una alfombra multicolor. Tenía rizos castaños, ojos atentos y una risa transparente que desarmaba a Luc cada vez que la escuchaba.

—¿Por qué la llamaste Ada? —preguntó Luc en un susurro, observándola desde la barra de la cocina.

Clara no respondió de inmediato. Contemplaba a la niña con una mezcla de infinita ternura y cierta distancia defensiva, como si aún le costase asimilar su presencia real.

—Porque no podía llamarse de otra manera —dijo al fin—. Cualquier otro nombre me sonaba ajeno. Y cuando pronuncié «Ada» en voz alta, supe que era ella.

Luc no indagó más. Sin embargo, en su mirada comenzaba a abrirse paso una certeza que lo sacudía desde dentro. Y Clara lo percibió: por primera vez, él se atrevía a aceptar esa realidad.

Desde que Clara le había revelado que Ada era su hija, Luc había comenzado a verla cada vez con mayor frecuencia. Al principio con cautela; después, con una naturalidad que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.

Luc se agachó junto a la pequeña y le tendió una pieza de madera azul. La niña se la quitó de las manos de un tirón y dijo sonriendo:

—Papá.

Luc sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.

Berlín, un día después

Un hombre cruzó el vestíbulo del Hotel Adlon con paso medido. Vestía gabardina, portaba un maletín de cuero gastado y lucía una antigua cicatriz en la comisura del labio. El recepcionista lo reconoció al instante, pero optó por mantener la discreción: era preferible no saber demasiado.

Se llamaba Mathias Erhardt. Antiguo directivo de inteligencia comercial de la República Federal, en su momento fue socio silencioso de Malik Wexler en operaciones bioindustriales durante la Guerra Fría.

En la actualidad trabajaba como consultor independiente y acababa de recibir un encargo sumamente específico: monitorizar los pasos de Clara Wexler y Luc Bächtiger.

Mathias Erhardt no trabajaba por iniciativa propia.

Durante décadas había sido uno de los hombres de confianza de Malik Wexler en Alemania, un operador discreto acostumbrado a moverse en esa zona gris donde la inteligencia comercial, la política y los intereses corporativos dejaban de distinguirse.

Ahora había recibido una orden concreta: vigilar a Clara Wexler y a Luc Bächtiger.

Erhardt encendió un cigarrillo junto a la ventana del salón principal, contempló la silueta del Reichstag y murmuró para sí:

—De modo que la hija ha vuelto al tablero.

Hizo una pausa.

—Y él quiere verla jugar.

Sombras en la puerta

En Zúrich, al anochecer, Luc acostaba a Ada en su habitación. Le leía un cuento clásico sobre lobos disfrazados de abuelos mientras la pequeña lo escuchaba maravillada.

—¿Y sabes cómo descubrir si alguien es malo cuando se disfraza de bueno, Ada?

—preguntó Luc con una sonrisa triste—. No, claro que no lo sabes; eres demasiado pequeña para entenderlo.

A veces, Ada, lo único que puedes hacer es mirarle fijamente a los ojos.

El disfraz siempre cambia, pero la mirada no engaña.

Clara los observaba en silencio desde el quicio de la puerta.

Sostenía en la mano la pantalla de su teléfono con un informe recién actualizado: la OMS había iniciado formalmente una auditoría de emergencia y alguien, desde una dirección IP en Berlín, acababa de forzar los cortafuegos de la Fundación.

El castillo sin puertas ya tenía visitantes. Y esta vez no acudían para negociar.