Capítulo 49
Entre la herida y el fuego
Zúrich, al día siguiente
Clara despertó antes del amanecer, con la frente apoyada en el pecho de Luc.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Había conocido aquella sensación muchos años atrás, cuando todavía no sabía cuánto podía pesar un apellido. Antes de AEGIS. Antes de BLACKROOT. Antes de que Alexander dejara una llave, un testamento y una condena escondida dentro de una caja.
Luc ya había formado parte de su vida.
Lo que ahora resultaba insoportable era descubrir que, después de todos aquellos años, seguía siendo el único lugar donde Clara podía bajar la guardia.
A través de las cortinas, Zúrich continuaba dormida. La ciudad ignoraba que, en aquel apartamento, dos personas que habían intentado mantenerse alejadas del pasado acababan de regresar a él.
Luc dormía.
Clara lo observó durante un largo rato. No era un amor adolescente ni una pasión sin rumbo. Era algo más peligroso: la certeza de que lo necesitaba precisamente cuando más razones tenía para no necesitar a nadie.
Cuando Luc abrió los ojos, la encontró sentada frente a la ventana, sosteniendo una taza de café intacta.
—¿Te arrepientes? —preguntó él, con la voz aún ronca.
Clara tardó unos segundos en responder.
—Tengo miedo.
—¿De mí?
Ella negó lentamente.
—De lo que despiertas en mí.
Luc se incorporó.
—¿Y qué despierto?
Clara bajó la mirada.
—A la mujer que era antes de convertirme en esto.
Luc permaneció en silencio.
No necesitaba preguntarle a qué se refería.
Él la había conocido antes.
Antes del apellido convertido en escudo. Antes del poder. Antes de que Clara aprendiera a administrar la verdad como había hecho su padre con el miedo.
Se acercó despacio y se arrodilló frente a ella.
—Todavía está ahí —dijo.
Clara cerró los ojos.
—No estoy segura.
—Yo sí.
Entonces ella lloró.
No por el imperio.
No por Alexander.
Ni siquiera por Malik.
Lloró porque, después de tantos años, había encontrado a alguien que todavía recordaba quién había sido antes de empezar a parecerse a ellos.
La deuda antigua
Cuando Clara se marchó, Luc permaneció unos minutos más en aquella habitación en penumbra.
Se vistió despacio. Al sacar el reloj del bolsillo, un pequeño pedazo de papel cayó al suelo: una fotografía doblada por la mitad.
Ada.
La niña aparecía en la terraza del antiguo piso de Berna, riendo con el pelo alborotado por el viento. Luc se agachó y recogió la fotografía con una delicadeza casi sagrada.
Permaneció inmóvil.
Había intentado convencerse de que seguía allí por la verdad, por Clara o por la posibilidad de cambiar el imperio desde dentro.
Pero Ada era otra cosa.
Ada era la consecuencia de aquella historia.
La prueba de que Clara y él habían compartido una vida antes de que el apellido Wexler volviera a interponerse entre ambos.
Y quizá por eso la decisión resultaba todavía más difícil.
No quería que su hija heredara un mundo gobernado por el miedo.
Ni tampoco que creciera sin comprender por qué sus padres habían permitido que los secretos de su familia siguieran decidiendo por ellos.
Guardó la fotografía en el bolsillo.
Esta vez no la miró como una deuda.
La miró como una promesa.
La herencia dominada
Más tarde, Clara llegó a la sede central de la Fundación Wexler exhibiendo una seguridad renovada, aunque arrastrando una sombra más densa sobre los hombros.
Saludó al equipo de dirección, firmó documentos pendientes y esquivó con destreza las preguntas de sus colaboradores.
Después ordenó despejar su agenda.
Cerró la puerta de su despacho con llave y desplegó sobre la mesa los documentos entregados por Herschmann.
Le dolía.
Cada imagen. Cada firma. Cada nombre.
Alexander.
Malik.
Y ahora ella.
Durante unos minutos permaneció inmóvil.
Después reunió los documentos en tres grupos perfectamente ordenados.
Lo que debía desaparecer.
Lo que debía protegerse.
Lo que algún día tendría que salir a la luz.
Clara contempló las tres carpetas.
Por primera vez comprendió la verdadera naturaleza de la herencia que Alexander le había dejado.
No consistía únicamente en dinero, acciones, propiedades o secretos.
Le había heredado una decisión.
Y ahora comprendía por qué el viejo patriarca había escrito que toda estructura imperial terminaba devorándose a sí misma.
No le había dejado una fortuna.
Le había dejado el incendio.
Clara apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces veremos quién arde primero —murmuró.